Entre el deber y el amor: La historia de Lucía
—¿Otra vez llegas tarde, Lucía? —La voz de mi madre retumbó en el pasillo, tan fría como las baldosas bajo mis pies. Dejé las bolsas en la encimera, temblando. Eran las ocho de la tarde y aún no había dado de cenar a mis hijos.
—Mamá, he tenido un día complicado en el trabajo y luego he tenido que recoger a los niños… —intenté explicar, pero ella me interrumpió con un gesto seco.
—Siempre tienes excusas. Si tu padre viviera, no permitiría este abandono. Mira cómo está la casa, llena de polvo. ¿No te da vergüenza?
Sentí la culpa apretándome el pecho. Tenía cuarenta años y aún me sentía como una niña regañada. Mi madre, Carmen, nunca había sabido estar sola desde que papá murió. Yo era su única hija y, según ella, su única compañía. Pero yo tenía mi propia familia: mi marido, Álvaro, y nuestros dos hijos pequeños, Sofía y Marcos.
Cada día era igual. Salía del trabajo corriendo, recogía a los niños del colegio y los dejaba con Álvaro, que llegaba antes a casa. Luego iba directa al piso de mi madre en Chamberí para limpiar, hacerle la compra o simplemente escuchar sus quejas sobre la vida. A veces me preguntaba si alguna vez había sido feliz.
Esa noche, mientras fregaba los platos de mi madre, sentí que algo dentro de mí se rompía. Recordé la cara de Sofía cuando le dije que no podía leerle el cuento porque tenía que ir a casa de la abuela. Recordé la mirada cansada de Álvaro cuando llegaba tarde otra vez.
Al volver a casa, encontré a Álvaro sentado en el sofá, con los niños dormidos a su lado. Me miró con tristeza.
—Lucía, esto no puede seguir así. Los niños te echan de menos… Yo también.
Me senté a su lado y rompí a llorar. No sabía cómo salir de esa cárcel invisible que era el deber hacia mi madre.
Al día siguiente, en el trabajo, apenas podía concentrarme. Mi jefa, Pilar, me llamó a su despacho.
—Lucía, ¿estás bien? Has cometido varios errores esta semana… Si necesitas unos días libres, dímelo.
Sentí vergüenza. No podía fallar también en el trabajo. Pero no podía más.
Esa tarde, mientras limpiaba el polvo del salón de mi madre, ella empezó otra vez:
—No entiendo cómo puedes tener la casa tan sucia con lo poco que trabajas…
Me giré hacia ella y por primera vez en mi vida le grité:
—¡Basta ya, mamá! ¡Tengo mi propia vida! ¡Tengo una familia que me necesita! ¡No soy tu criada!
El silencio fue absoluto. Mi madre me miró como si no me reconociera. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Eso es lo que piensas de mí? ¿Que soy una carga?
Me sentí cruel y egoísta al instante. Pero también sentí alivio. Por fin había dicho lo que llevaba años callando.
Esa noche no pude dormir. Me debatía entre la culpa y el deseo de ser libre. Álvaro me abrazó fuerte.
—Tienes derecho a ser feliz, Lucía. No puedes vivir solo para tu madre.
Pasaron días sin que mi madre me llamara. Me sentía vacía y asustada. ¿Y si le pasaba algo? ¿Y si era una mala hija?
Un domingo por la tarde, mientras jugaba con mis hijos en el parque del Retiro, recibí un mensaje suyo: “Ven cuando puedas”.
Fui temblando a su casa. Me abrió la puerta con los ojos hinchados.
—He estado pensando —dijo en voz baja—. Quizá tienes razón. Me he apoyado demasiado en ti… Pero es que tengo miedo de estar sola.
La abracé fuerte. Lloramos juntas mucho rato.
Desde entonces las cosas cambiaron poco a poco. Empecé a ir solo una vez por semana y le busqué una vecina simpática, Rosario, para que le hiciera compañía algunos días. Mi madre aprendió a pedir ayuda sin exigirme tanto y yo aprendí a decir “no” sin sentirme mala hija.
A veces todavía siento esa punzada de culpa cuando veo a mi madre sola en su sillón favorito. Pero también veo las sonrisas de mis hijos cuando les leo un cuento o ceno con Álvaro sin prisas.
¿Hasta qué punto debemos sacrificar nuestra felicidad por nuestros padres? ¿Dónde está el límite entre el amor y la obligación? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?