Entre las paredes del juicio: Mi vida bajo la sombra de las expectativas

—¿Otra vez has dejado los platos sin fregar, Carmen? —la voz de mi suegra retumbó en la cocina como una campana rota. Era martes, el reloj marcaba las siete y media, y yo apenas había terminado de recoger los juguetes de Lucía y Mateo. Mi marido, Andrés, ni siquiera levantó la vista del móvil.

Sentí el calor subiéndome por el cuello. No era la primera vez que escuchaba ese reproche, ni sería la última. Desde que nos mudamos a casa de mis suegros en Triana, tras el ERTE de Andrés, mi vida se convirtió en una sucesión de exámenes diarios. ¿La comida? Sosa. ¿La ropa? Mal planchada. ¿Los niños? Demasiado revoltosos. Y yo… yo siempre insuficiente.

—Lo haré en cuanto acueste a los niños —respondí, intentando que mi voz no temblara.

—En mis tiempos, una mujer sabía priorizar —añadió ella, cruzando los brazos con esa mirada de superioridad que tanto me hería.

Andrés suspiró, pero no dijo nada. Me pregunté si alguna vez lo haría. Si alguna vez me defendería.

Esa noche, mientras arropaba a Lucía, ella me preguntó:

—Mamá, ¿por qué la abuela siempre te regaña?

No supe qué contestar. Le di un beso en la frente y apagué la luz. Cuando volví a la cocina, mi suegra ya había fregado los platos. Me miró de reojo y murmuró:

—Al final, si quieres algo bien hecho…

Me encerré en el baño y lloré en silencio. Me sentía invisible, como si todo lo que hacía estuviera mal. Recordé a mi madre, que siempre decía: “Carmen, no dejes que nadie te haga sentir menos”. Pero aquí estaba yo, tragándome las palabras y los sueños.

Al día siguiente, mientras preparaba el desayuno, Andrés entró con cara de pocos amigos.

—Mi madre dice que deberías buscar trabajo. Que así al menos aportarías algo —dijo sin mirarme.

—¿Y tú qué piensas? —pregunté con voz baja.

Se encogió de hombros.

—No sé… Quizá tenga razón.

Sentí un nudo en el estómago. Antes del ERTE trabajaba en una tienda de ropa en el centro, pero ahora todo estaba más difícil. Además, ¿quién cuidaría de los niños? ¿Quién haría todo lo que se esperaba de mí?

Esa tarde llevé a Lucía al parque. Allí estaba Pilar, una vecina del barrio.

—Tienes mala cara, Carmen —me dijo con sinceridad andaluza—. ¿Todo bien en casa?

No pude evitarlo y le conté todo: las críticas, la presión, el miedo a no ser suficiente.

—Mira, guapa —me dijo Pilar—, aquí todas tenemos una suegra que nos amarga la vida. Pero tú tienes que poner límites. Si no lo haces tú, nadie lo hará por ti.

Sus palabras me dieron vueltas toda la noche. ¿Poner límites? ¿Cómo? ¿Y si Andrés no me apoyaba?

El jueves por la tarde exploté. Mi suegra criticó cómo vestía a Lucía para ir al colegio.

—¡Ya está bien! —grité sin poder contenerme—. ¡Estoy harta de que todo lo que hago esté mal! ¡No soy perfecta, pero hago lo mejor que puedo!

El silencio fue absoluto. Andrés me miró sorprendido; Lucía y Mateo se quedaron quietos como estatuas.

Mi suegra frunció el ceño.

—No hace falta ponerse así…

—Sí hace falta —dije con voz firme—. Porque ya no puedo más.

Esa noche dormí poco. Andrés vino a hablar conmigo cuando todos dormían.

—No sabía que te sentías así —me dijo en voz baja.

—Nunca preguntas —le respondí—. Solo escuchas a tu madre.

Se quedó callado un rato.

—Quizá deberíamos buscar un piso para nosotros —sugirió al fin.

Lloré otra vez, pero esta vez de alivio. Por primera vez en meses sentí que alguien me escuchaba.

No fue fácil. Tardamos semanas en encontrar algo asequible y pequeño en Los Remedios. Pero cuando por fin cerré la puerta de nuestro nuevo piso, sentí que podía respirar otra vez.

A veces todavía dudo de mí misma. A veces escucho la voz de mi suegra en mi cabeza. Pero ahora sé que tengo derecho a equivocarme, a descansar y a pedir ayuda.

¿De verdad tenemos que cargar siempre con las expectativas ajenas? ¿Cuándo aprenderemos a decir basta y a cuidar también de nosotras mismas?