Entre mi hijo y mi nuera: El precio del amor de una madre
—¡No puedes seguir así, Alejandro! —le grité aquella noche, con la voz rota y las manos temblorosas mientras el reloj del salón marcaba las dos de la madrugada. Lucía lloraba en la habitación de al lado, abrazando a mi nieto, mientras los gritos de mi hijo llenaban el piso de nuestro modesto barrio en Vallecas.
Nunca imaginé que mi familia acabaría así, dividida por el dolor y el orgullo. Alejandro siempre fue mi niño, el pequeño que se caía en el parque y venía corriendo a mis brazos. Pero desde que perdió el trabajo en la fábrica y empezó a beber más de la cuenta, algo se rompió en él… y en todos nosotros.
Lucía llegó a nuestra vida como un soplo de aire fresco. Era dulce, trabajadora, siempre dispuesta a ayudarme con la compra o a preparar una tortilla de patatas para cenar. Pero tras el nacimiento de Samuel, todo cambió. Alejandro se volvió irascible, celoso, incapaz de soportar que Lucía tuviera una palabra amable para mí o para cualquiera que no fuera él.
—¡No te metas en mi vida, mamá! —me gritó esa noche, con los ojos vidriosos y la voz cargada de rabia y alcohol.
—No me meto, hijo, pero no puedo permitir que sigas tratándola así. Ni a ella ni al niño —le respondí, sintiendo cómo se me partía el alma.
El silencio se hizo espeso. Lucía apareció en el pasillo con Samuel dormido en brazos, las lágrimas surcando su cara. Me miró suplicante, como si yo pudiera salvarla de todo aquello. Y entonces lo supe: tenía que elegir.
Esa noche no dormí. Me senté en la cocina, con una taza de café frío entre las manos, escuchando los sollozos ahogados de Lucía y los pasos furiosos de Alejandro en su cuarto. Recordé a mi madre, cómo siempre decía que una madre debe proteger a sus hijos… pero ¿y si el hijo es quien hace daño?
A la mañana siguiente, cuando Alejandro bajó a desayunar, le pedí que se sentara conmigo.
—Hijo, tienes que irte —le dije con voz firme, aunque por dentro me estaba desmoronando—. No puedo permitir que esto siga así. Lucía y Samuel necesitan paz.
Alejandro me miró como si le hubiera apuñalado. Vi en sus ojos al niño asustado que fue, pero también al hombre perdido en el que se había convertido.
—¿Me estás echando de mi propia casa? —susurró.
—Te estoy pidiendo que te vayas hasta que puedas estar bien contigo mismo… y con ellos —le respondí.
Se levantó bruscamente, tirando la silla al suelo. Salió dando un portazo. Lucía apareció poco después, abrazándome entre lágrimas.
—Gracias, Carmen… No sé qué habría hecho sin ti —me dijo.
Pero yo no sentí alivio. Sentí culpa. Culpa por haber elegido entre mi sangre y la familia que habíamos construido juntos. Culpa por no haber sabido ayudarle antes, por no haber visto las señales.
Los días siguientes fueron un infierno. Alejandro no contestaba mis llamadas. Mi hermana Pilar vino a verme y me dijo:
—Has hecho lo correcto, Carmen. Pero esto te va a doler mucho tiempo.
Y tenía razón. Cada vez que veía a Samuel jugar en el salón sin su padre, cada vez que Lucía sonreía con alivio pero con tristeza en los ojos, sentía una punzada en el pecho.
Una tarde, semanas después, Alejandro apareció en la puerta. Estaba más delgado, ojeroso. Me miró sin rencor, pero con una tristeza infinita.
—Mamá… ¿puedo ver al niño? —me preguntó con voz baja.
Lucía dudó un instante antes de dejarle entrar. Samuel corrió hacia él gritando “¡papá!” y Alejandro se arrodilló para abrazarle. Yo observaba la escena desde la cocina, sintiendo cómo se me llenaban los ojos de lágrimas.
Esa noche hablamos largo y tendido. Alejandro reconoció su problema con la bebida y prometió buscar ayuda. Lucía le escuchaba en silencio, sin promesas pero sin cerrar del todo la puerta.
Ahora vivimos en un equilibrio frágil. Alejandro va a terapia y viene a vernos los fines de semana. Lucía ha vuelto a sonreír poco a poco y Samuel pregunta menos por qué papá ya no duerme en casa.
Pero yo sigo preguntándome cada noche si hice lo correcto. ¿Puede una madre dejar de lado a su propio hijo por proteger a los demás? ¿O simplemente elegí el mal menor?
A veces me miro al espejo y me pregunto: ¿cuántas madres españolas han tenido que tomar decisiones así? ¿Qué habríais hecho vosotras? ¿De verdad existe una respuesta correcta cuando el amor duele tanto?