Entre muñecas y dragones: el deseo de mi hija frente a las tradiciones familiares

—¡Pero mamá, ya te lo he dicho mil veces! Lucía no quiere más muñecas. —Mi voz temblaba, pero intentaba mantener la calma mientras veía a mi madre desenvolviendo con entusiasmo otro paquete envuelto en papel rosa.

Mi hija, sentada en el sofá, miraba el suelo. Tenía siete años y una determinación que a veces me asustaba. Su abuela Carmen, con esa sonrisa que mezcla cariño y terquedad, le acercó la caja. —Mira, cariño, esta es una Nancy preciosa. ¡Como las que tenía yo de pequeña!

Lucía ni siquiera levantó la vista. —Gracias, abuela —susurró, pero yo noté el temblor en su voz. Mi suegra, Pilar, se sumó al coro desde la cocina: —¡Y espera a ver lo que te he traído yo! Seguro que te encanta, Lucía. Es una muñeca flamenca con vestido de lunares.

Sentí cómo la rabia me subía por dentro. ¿Por qué nadie escuchaba a mi hija? Llevaba meses diciendo que prefería dragones, dinosaurios o incluso un balón de fútbol antes que otra muñeca. Pero para ellas, las abuelas, era como si no existiera otra opción. Como si regalarle otra cosa fuera traicionar algo sagrado.

—Mamá, Pilar, ¿por qué no le preguntáis a Lucía qué le gustaría? —intenté mediar, aunque sabía que era inútil.

Mi madre me miró con ese gesto de reproche tan suyo. —Hija, los niños no saben lo que quieren. Nosotras sí sabemos lo que les hace ilusión. Además, ¿qué tiene de malo una muñeca? Todas las niñas han jugado siempre con muñecas.

Lucía se levantó despacio y salió al balcón. La seguí y la encontré sentada en el suelo, abrazando sus rodillas.

—¿Estás bien, cielo? —le pregunté acariciándole el pelo.

—No quiero ser mala hija… pero no me gustan las muñecas. ¿Por qué no pueden entenderlo? —sus ojos brillaban con lágrimas contenidas.

Me senté a su lado y la abracé fuerte. —No eres mala hija por tener tus propios gustos. Lo que pasa es que a veces los mayores se olvidan de escuchar.

Recordé mi propia infancia en Madrid, cuando mi madre insistía en apuntarme a ballet aunque yo soñaba con jugar al baloncesto como mi hermano Álvaro. Me pregunté cuántos sueños se habrían quedado en el camino por culpa de tradiciones ciegas.

La fiesta continuó dentro. Oía las risas forzadas y los comentarios sobre lo “moderna” que era yo por dejar a Lucía elegir sus juguetes. Mi marido, Antonio, intentaba mediar: —Mamá, Carmen, dejad a la niña tranquila. Si quiere un dragón, pues un dragón.

Pero Pilar no cedía: —Eso son tonterías modernas. Las niñas tienen que aprender a ser delicadas y cuidadoras. Por eso existen las muñecas.

—¿Y si Lucía quiere ser veterinaria de dragones? —Antonio bromeó, pero nadie rió.

La tensión se podía cortar con un cuchillo. Mi madre suspiró: —No entiendo esta manía de ir contra lo de siempre. Nosotras solo queremos lo mejor para ella.

—¿Y si lo mejor para ella es ser escuchada? —respondí sin poder evitarlo.

El silencio fue incómodo. Lucía volvió al salón y se acercó a su abuela Carmen.

—Abuela, ¿puedo decirte algo? —preguntó con voz suave.

Carmen asintió, sorprendida.

—Me gustan los dragones porque son fuertes y pueden volar. Las muñecas no me hacen feliz. ¿Podrías regalarme un dragón la próxima vez?

Mi madre se quedó callada unos segundos eternos. Luego sonrió tímidamente y le acarició la mejilla.

—Bueno… quizá pueda buscarte uno bonito —dijo sin mucha convicción.

Pilar bufó desde la mesa: —¡Ay, estos niños de hoy…!

Esa noche, cuando todos se fueron y recogíamos los restos de la merienda —tarta de Santiago y empanada gallega— me senté agotada en la cocina. Antonio me abrazó por detrás.

—¿Crees que algún día lo entenderán? —le pregunté.

—No lo sé… Pero Lucía sabe que tú la entiendes. Eso es lo importante.

Miré las muñecas apiladas en una esquina del salón y pensé en todas las veces que había callado mis propios deseos para no decepcionar a los mayores. No quería eso para mi hija.

Al día siguiente, Lucía apareció con un dibujo: un dragón enorme volando sobre Madrid y una niña montada en su lomo. Me lo dio con una sonrisa tímida.

—¿Crees que algún día podré tener un dragón de verdad?

La abracé fuerte y le susurré al oído:

—Mientras sigas soñando tan alto, nada podrá detenerte.

Ahora os pregunto: ¿cuántas veces hemos ignorado los deseos de nuestros hijos por miedo a romper tradiciones? ¿No sería mejor escucharles de verdad antes de decidir por ellos?