Gritos en la Cocina: La Noche en que Perdí a Mi Hijo

—¡No lo entiendes, mamá! ¡Te está utilizando! —La voz de Sergio retumbó en la cocina, tan afilada como el cuchillo que yo sostenía para cortar cebolla. Me temblaron las manos y el cuchillo cayó al suelo con un estrépito metálico.

—Sergio, por favor, baja la voz. No es momento para esto —susurré, intentando mantener la compostura mientras sentía cómo se me humedecían los ojos.

Él no se inmutó. Su rostro estaba rojo, los puños apretados. Tenía diecisiete años, pero en ese instante parecía mucho mayor, como si hubiera envejecido de golpe por culpa de una verdad que yo me negaba a ver.

—¿No ves que la tía Carmen solo viene cuando necesita dinero? ¿No te das cuenta de que nunca llama para saber cómo estás? —insistió, golpeando la mesa con la palma abierta.

La palabra «dinero» flotó en el aire como una amenaza. Recordé la última vez que Carmen vino a casa: entró con su sonrisa de siempre, me abrazó fuerte y me pidió mil euros para «salir de un apuro». Yo no dudé ni un segundo. Era mi hermana, ¿cómo iba a negarme?

—Carmen es familia, Sergio. No puedo darle la espalda —dije, más para convencerme a mí misma que a él.

Él bufó, se apartó el flequillo de los ojos y me miró como si fuera una extraña.

—¿Y yo qué soy? ¿No soy tu familia también? ¿Por qué nunca me escuchas? —Su voz se quebró al final y sentí una punzada en el pecho.

Me quedé callada. La cocina olía a cebolla y a rabia contenida. Afuera llovía; las gotas golpeaban los cristales como si quisieran entrar y ser testigos de nuestra desgracia.

Mi marido, Luis, estaba en el salón viendo el partido del Real Madrid. Siempre hacía lo mismo: cuando sentía que la tensión subía en casa, subía el volumen de la tele y se refugiaba en el fútbol. Yo sabía que no iba a intervenir. Nunca lo hacía.

Sergio se giró hacia la puerta, pero antes de salir lanzó una última frase:

—Te vas a quedar sola por confiar en quien no debes.

El portazo resonó por todo el piso. Me apoyé en la encimera y dejé que las lágrimas corrieran libres. ¿Y si tenía razón? ¿Y si Carmen realmente me estaba utilizando?

Recordé nuestra infancia en Salamanca. Carmen siempre fue la lista, la que salía airosa de cualquier lío. Yo era la pequeña, la ingenua. Cuando papá murió, mamá nos enseñó que las hermanas debían cuidarse siempre. Pero ahora mamá ya no estaba y yo sentía que me faltaba el suelo bajo los pies.

Esa noche no pude dormir. Escuché a Sergio llorar en su habitación y sentí una culpa tan grande que apenas podía respirar. Al día siguiente intenté hablar con él antes de ir al instituto.

—Sergio, hijo, ¿podemos hablar?

Él ni siquiera me miró. Se puso los cascos y salió sin decir adiós.

Durante días vivimos como fantasmas. Yo evitaba mirar el móvil por miedo a ver un mensaje de Carmen pidiendo más dinero. Luis seguía refugiado en el fútbol y Sergio apenas comía conmigo.

Una tarde, mientras recogía la ropa del tendedero, vi a Carmen llegar sin avisar. Llevaba gafas de sol aunque estaba nublado y un bolso enorme colgando del brazo.

—¡Hermana! —exclamó con su voz cantarina—. ¿Tienes un café?

Le preparé uno mientras ella hablaba sin parar de sus problemas: que si el alquiler subía, que si su jefe era un explotador, que si necesitaba ayuda «solo esta vez más».

—Carmen —la interrumpí—, Sergio dice que solo vienes cuando necesitas algo.

Ella se quedó helada unos segundos y luego sonrió como si nada.

—Ay, los adolescentes… Siempre tan dramáticos —rió—. Pero tú sabes que yo te quiero, ¿verdad?

No respondí. Me sentí pequeña otra vez, como cuando jugábamos en el parque y ella me convencía para darle mi merienda.

Esa noche le conté todo a Luis. Él suspiró y dijo:

—Tienes que poner límites, Ana. No puedes dejar que Carmen te manipule ni perder a Sergio por esto.

Pero poner límites era como aprender a respirar bajo el agua: imposible para alguien como yo.

Pasaron semanas hasta que Sergio volvió a hablarme. Fue una tarde cualquiera; yo estaba fregando los platos cuando él entró en la cocina y se quedó mirándome en silencio.

—Mamá… Lo siento por gritarte —dijo al fin—. Solo quiero protegerte.

Me giré y lo abracé tan fuerte que casi lo asfixio.

—Perdóname tú a mí por no escucharte —susurré entre lágrimas.

Esa noche decidí llamar a Carmen y decirle que no podía seguir ayudándola económicamente. Su reacción fue fría; colgó sin despedirse. Sentí dolor, pero también alivio.

Ahora Sergio y yo hablamos más. A veces discutimos, claro, pero ya no hay gritos ni portazos. He aprendido que confiar no significa dejarse pisotear y que escuchar a los hijos es tan importante como quererlos.

A veces me pregunto: ¿cuántas madres habrán perdido a sus hijos por no saber decir «no» a quienes más quieren? ¿Y vosotros? ¿Habéis tenido que elegir entre la familia y vuestros propios hijos alguna vez?