He dado todo por mis hijos, ¿y ahora quién soy yo para ellos?

—¿De verdad vas a vender el piso, mamá? —me preguntó Lucía, mi hija mayor, con esa mezcla de incredulidad y alivio que sólo una hija puede mostrar.

Era una tarde de enero, el cielo plomizo de Madrid se colaba por la ventana del salón. Mi piso de toda la vida, ese que compartí con Antonio hasta que se fue, ese donde mis hijos crecieron, reía y lloraba conmigo. Ahora, las paredes parecían escuchar en silencio la conversación más difícil de mi vida.

—No puedo veros así, Lucía. Vosotros lo necesitáis más que yo —respondí, intentando que mi voz no temblara. Mi hijo Sergio no decía nada, sólo miraba el suelo. Sabía que su negocio iba mal y que la hipoteca de Lucía les ahogaba. Yo tenía ese piso grande, demasiado grande para una sola mujer.

Firmé los papeles dos semanas después. El notario me miró con una sonrisa profesional; yo sentí que me arrancaban una parte del alma. Con el dinero, ayudé a Lucía a pagar la deuda y a Sergio a mantener su tienda abierta unos meses más. Me mudé a un apartamento pequeño en Carabanchel, lejos del bullicio del centro, lejos de mis recuerdos.

Al principio pensé que todo mejoraría. Me repetía: «Lo he hecho por ellos, ahora estarán bien». Pero los días se hicieron largos y los fines de semana eternos. Antes, Lucía venía cada domingo con los niños; Sergio me llamaba cada dos días para contarme cualquier tontería. Ahora, las llamadas se espacian y las visitas son cada vez más breves.

Una tarde de abril, mientras preparaba un café para mí sola, sonó el teléfono.

—Mamá, ¿puedes cuidar a los niños este viernes? —preguntó Lucía sin apenas saludar.

—Claro, hija —contesté—. ¿Vendréis el domingo?

—No sé, tenemos mucho lío… Ya te aviso —y colgó deprisa.

Me quedé mirando la taza humeante. ¿En qué momento pasé de ser el centro de su vida a convertirme en un recurso más? ¿Era esto lo que merecía después de todo?

Un día decidí ir a ver a Sergio a su tienda. Al entrar, lo vi discutiendo con su socio. Cuando me vio, sonrió forzadamente.

—Mamá, ahora no puedo hablar mucho… ¿Te va bien si te llamo luego?

Asentí y salí a la calle sintiéndome invisible.

Las semanas pasaron y la soledad se hizo rutina. En el portal apenas conocía a nadie; los vecinos iban y venían sin saludar. Empecé a ir al centro de mayores del barrio para no pasarme el día mirando la televisión. Allí conocí a Rosario y a Manolo, que también sentían que sus familias los habían dejado atrás.

Una tarde de verano, mientras jugábamos al dominó en el centro, Rosario me preguntó:

—¿Y tus hijos? ¿Vienen mucho?

No supe qué decir. Me limité a encogerme de hombros.

—A veces siento que sólo nos quieren cuando les hacemos falta —dijo Manolo—. Pero cuando somos nosotros los que necesitamos algo…

Esa noche no pude dormir. Recordé todas las veces que me desviví por ellos: los disfraces cosidos a mano, las noches en vela cuando tenían fiebre, los bocadillos para las excursiones… ¿Dónde estaba ahora ese amor incondicional?

Un domingo decidí invitarles a comer. Preparé cocido madrileño como antes y llamé a Lucía y Sergio.

—Mamá, este finde no podemos —dijo Lucía—. Los niños tienen cumpleaños y Sergio está liado con la tienda.

Colgué y sentí una punzada en el pecho. Me senté en la mesa vacía y lloré como hacía años que no lloraba.

Pasaron semanas hasta que Lucía vino a verme. Trajo a los niños y me abrazó deprisa.

—Mamá, ¿estás bien? Te noto rara últimamente.

La miré a los ojos y le dije lo que llevaba meses callando:

—Os echo de menos. Siento que ya no tengo sitio en vuestra vida.

Lucía se quedó callada un momento.

—Mamá… no te imaginas lo agradecidos que estamos por todo lo que has hecho. Pero la vida va tan deprisa…

—La vida va deprisa para todos —le respondí—. Pero yo ya no corro tanto.

Se fue prometiendo venir más seguido. Pero nada cambió realmente.

Ahora paso los días entre paseos por el parque y partidas de cartas en el centro de mayores. A veces me pregunto si hice bien en sacrificar mi hogar por ellos o si debería haber pensado un poco más en mí misma.

¿Es este el destino de las madres en España? ¿Dar todo por los hijos para acabar sintiéndose invisibles? ¿Vosotros también os sentís así alguna vez?