Herencia de Sombras: El Precio de la Sangre

—¡No tienes derecho a quedarte con todo, Aurora!—. La voz de Scarlett retumbó en el salón, tan fría como el mármol de la mesa donde apoyaba sus manos perfectamente cuidadas. Yo apretaba los puños, sintiendo cómo la rabia y el miedo me subían por la garganta. Mi hija, Lily, dormía en la habitación contigua, ajena a la tormenta que se desataba en nuestra casa de Salamanca.

Nunca imaginé que mi vida llegaría a esto. Desde pequeña aprendí a valerme por mí misma; mis padres murieron jóvenes y mi hermano Nathan y yo nos criamos con nuestra abuela en un piso modesto del centro. Cuando conocí a Sergio, mi marido, sentí que por fin la suerte me sonreía: era cariñoso, trabajador y juntos construimos una vida cómoda. Sergio tenía una pequeña empresa de reformas que prosperó durante los años del boom inmobiliario. No nos faltaba de nada, y cuando nació Lily, creímos que éramos invencibles.

Pero la vida no respeta los planes. Lily nació con una cardiopatía congénita. Los médicos del Hospital Clínico Universitario nos hablaron de operaciones, listas de espera y tratamientos costosos. Sergio se volcó en el trabajo para cubrir los gastos, pero el estrés lo devoró por dentro. Una tarde de noviembre, mientras yo preparaba la merienda para Lily, recibí la llamada: Sergio había sufrido un infarto fulminante en plena obra. Me quedé viuda a los 34 años, con una niña enferma y una montaña de facturas.

Nathan fue mi apoyo entonces. Aunque vivía en Madrid y apenas nos veíamos, siempre me mandaba mensajes y algo de dinero cuando podía. Pero Nathan también tenía sus propios demonios: se casó con Scarlett, una mujer ambiciosa y distante, que nunca aceptó del todo a nuestra familia. Cuando Nathan murió en un accidente de tráfico el año pasado, apenas tuve tiempo de llorarle; Scarlett apareció en el funeral vestida de negro riguroso, con gafas oscuras y un aire de superioridad que helaba la sangre.

—Como esposa legal de Nathan, me corresponde una parte de su herencia —insistió Scarlett aquella tarde—. Sé que él te dejó algo en el testamento, pero no pienso renunciar a lo que es mío por derecho.

La palabra «herencia» me sonaba hueca. Nathan no tenía grandes riquezas: un piso pequeño en Lavapiés y unos ahorros que apenas cubrían las deudas del coche. Pero para Scarlett era cuestión de orgullo; para mí, era cuestión de supervivencia. Los gastos médicos de Lily me ahogaban cada mes y el seguro apenas cubría lo básico. Había vendido las joyas de mi abuela y hasta los muebles antiguos del salón para pagar la última operación.

—Scarlett, por favor… —intenté razonar—. No hay mucho que repartir. Lo poco que dejó Nathan apenas me ayuda a mantener a Lily.

Ella me miró con desprecio.

—Eso no es mi problema. Si no llegamos a un acuerdo, hablaré con mi abogado. Y créeme, Aurora, sé cómo ganar estas cosas.

Me sentí traicionada por todos: por Scarlett, por Nathan que no había dejado las cosas claras, por Sergio que se fue demasiado pronto. Pero sobre todo, me sentí sola. En España, la familia lo es todo… hasta que el dinero entra en juego.

Las semanas siguientes fueron un infierno. Scarlett cumplió su amenaza y recibí una notificación judicial: reclamaba la mitad del piso de Nathan y parte de sus ahorros. Mi abogada —una amiga del colegio llamada Marta— intentó tranquilizarme.

—No te preocupes, Aurora. La ley está de tu parte en cuanto a la legítima, pero Scarlett puede complicarlo todo mucho si quiere pelear.

Mientras tanto, Lily empeoraba. Las noches eran eternas: escuchaba su respiración entrecortada y rezaba para que no tuviera otra crisis antes de la próxima cita con el cardiólogo. A veces me sorprendía llorando en silencio frente al microondas mientras calentaba su cena.

Un día, Marta me llamó con noticias.

—Scarlett ha presentado nuevas pruebas: dice que Nathan le prometió parte del piso en un correo electrónico.

Sentí cómo se me caía el mundo encima.

—¿Y ahora qué hago? —pregunté entre sollozos.

—Luchar —respondió Marta—. No puedes dejarte pisotear.

Pero luchar significaba gastar más dinero en abogados, tiempo que no tenía… y energías que ya no me quedaban.

La familia empezó a murmurar: algunos primos decían que yo era egoísta por no compartir; otros aseguraban que Scarlett solo quería fastidiar porque nunca fue aceptada del todo. Mi abuela —ya muy mayor— me llamó una noche:

—Hija, no te rindas. La sangre pesa más que el oro… pero a veces hay que pelear por lo justo.

Me aferré a esas palabras como a un salvavidas. Empecé a buscar trabajo por las tardes mientras Lily estaba en rehabilitación; limpié casas, ayudé en una panadería del barrio… cualquier cosa para sacar adelante a mi hija sin perder lo poco que nos quedaba.

El juicio llegó en primavera. Scarlett apareció con un abogado caro y una sonrisa falsa; yo llevaba un vestido prestado y las manos sudorosas. Marta defendió mi caso con pasión:

—Mi clienta ha cuidado de Nathan toda su vida; lo poco que dejó es vital para la salud de su hija enferma.

Scarlett ni siquiera me miró durante la vista. Al salir del juzgado, se acercó y susurró:

—Esto no ha terminado, Aurora. No pienso parar hasta conseguir lo mío.

Esa noche apenas dormí. Miré a Lily —tan frágil y valiente— y supe que no podía rendirme. España está llena de historias como la mía: familias rotas por herencias miserables, hermanos enfrentados por pisos viejos y recuerdos amargos.

A veces me pregunto si todo esto merece la pena… ¿Hasta dónde estarías dispuesto a llegar para proteger a los tuyos? ¿Cuánto dolor puede soportar una madre antes de romperse?

¿Y vosotros? ¿Qué haríais si tuvierais que elegir entre la justicia y la paz familiar?