Herencia inesperada: El secreto de la casa de la abuela

—¡Lucía! ¡Ven ahora mismo! —La voz de mi madre retumbó por el pasillo, quebrada y furiosa. Dejé caer el libro de historia sobre la mesa y corrí al salón, donde ella sostenía una carta con las manos temblorosas. El aire olía a café frío y a tormenta contenida.

—¿Qué pasa, mamá? —pregunté, aunque ya intuía que algo grave había sucedido.

—Es de tu padre… del notario. —Me miró con los ojos enrojecidos—. Ha dejado parte de la casa de la abuela a una tal Carmen Ruiz. ¿Tú sabes quién es?

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Mi padre, Antonio, había muerto hacía apenas dos semanas. Siempre pensé que lo conocía todo de él: sus bromas malas, su afición por el Atleti, su manera de abrazarme cuando tenía miedo. Pero ese nombre… Carmen Ruiz… no significaba nada para mí.

Mi madre se dejó caer en el sofá, derrotada. —Treinta años juntos y resulta que tenía secretos —susurró.

No supe qué decir. Me senté a su lado y le cogí la mano. El silencio se hizo pesado, solo roto por el tic-tac del reloj heredado de la abuela Pilar.

Esa noche no dormí. Me pasé horas mirando el techo de mi habitación en nuestro piso de Vallecas, repasando cada recuerdo con mi padre. ¿Quién era Carmen Ruiz? ¿Por qué le había dejado parte de la casa familiar en Segovia?

A la mañana siguiente, mientras desayunábamos churros fríos y café recalentado, mi madre me miró con determinación:

—Vamos a Segovia. Quiero respuestas.

El viaje fue silencioso. Los campos castellanos pasaban borrosos por la ventanilla del coche, igual que mis pensamientos. Al llegar a la casa de piedra, nos recibió el olor a madera vieja y humedad. Todo estaba igual que cuando veníamos los veranos de pequeñas: las fotos descoloridas en la pared, el tapiz de ciervos sobre la chimenea.

Llamamos al notario, don Ramón, un hombre seco y meticuloso. Nos recibió en su despacho lleno de papeles amarillentos.

—Señora García, señorita García —nos saludó—. Según el testamento de don Antonio, la señora Carmen Ruiz es beneficiaria del 40% de esta propiedad.

Mi madre apretó los labios.—¿Quién es esa mujer? ¿Por qué?

Don Ramón bajó la mirada.—No puedo revelar detalles personales… pero puedo decirles que don Antonio dejó una carta para usted, Lucía.

Me temblaban las manos al abrir el sobre. La letra de mi padre era inconfundible:

“Querida Lucía,
Si lees esto es porque ya no estoy. Sé que esto te dolerá, pero necesito que sepas la verdad. Carmen Ruiz es tu hermana.”

El mundo se detuvo. Sentí que me faltaba el aire. Miré a mi madre; ella me miraba con horror y lágrimas en los ojos.

—¡No puede ser! —gritó—. ¡Antonio nunca…!

Pero lo era. La carta seguía:

“Hace muchos años cometí un error. Carmen nació antes de que conociera a tu madre. Nunca tuve el valor de decíroslo. Pero ella merece lo mismo que tú.”

Las palabras me atravesaron como cuchillos. ¿Una hermana? ¿Toda mi vida creyendo ser hija única?

Mi madre se encerró en su habitación durante días. Yo salía a caminar por las calles empedradas del pueblo, buscando respuestas en las caras de los vecinos, en los bares donde mi padre jugaba al mus.

Una tarde, mientras paseaba por la plaza mayor, vi a una mujer sentada sola en un banco. Tenía el pelo oscuro como el mío y los mismos ojos tristes que veía cada mañana en el espejo.

—¿Eres Lucía? —preguntó con voz suave.

Asentí sin poder hablar.

—Soy Carmen —dijo—. Siento mucho todo esto.

Nos miramos durante un largo rato. No sabía si abrazarla o salir corriendo. Ella sacó una foto vieja del bolso: mi padre joven, abrazando a una niña pequeña.

—Él venía a verme cada Navidad —susurró—. Nunca quiso hacer daño a nadie.

Sentí rabia, tristeza y una extraña ternura por esa desconocida que compartía mi sangre.

Volví a casa y encontré a mi madre llorando sobre una caja de fotos antiguas.

—¿Cómo pudo hacerme esto? —sollozaba—. ¿Cómo pudo mentirme tantos años?

Me senté a su lado y le mostré la foto que Carmen me había dado.

—Papá no era perfecto —dije—. Pero nos quiso a las dos.

Pasaron semanas antes de que mi madre aceptara hablar con Carmen. La primera vez fue tensa; apenas cruzaron palabras. Pero poco a poco, entre lágrimas y silencios incómodos, empezaron a compartir recuerdos: las navidades en familia, las historias del abuelo Julián, las canciones desafinadas en Nochebuena.

La herencia se repartió como decía el testamento. Carmen decidió vender su parte y volver a Salamanca con su familia. Antes de irse, me abrazó fuerte:

—Gracias por darme una oportunidad —susurró.

Hoy sigo paseando por las calles de Segovia cuando necesito pensar. A veces me pregunto si habría preferido no saber nunca la verdad… pero entonces recuerdo la mirada de Carmen y el abrazo tembloroso de mi madre cuando por fin pudo perdonar.

¿Es posible reconstruir una familia después de una traición tan grande? ¿O hay heridas que nunca terminan de cerrarse? ¿Vosotros qué haríais si descubrierais un secreto así?