La casa que construí para sueños ajenos
—¿Mamá, por qué no te quedas en Madrid? Aquí tienes tu trabajo, tus amigas… —me preguntó Lucía, mi nuera, mientras recogía los platos de la cena. Su tono era suave, pero sentí el filo de sus palabras como una cuchilla.
Me quedé mirando la mesa, las manos temblorosas sobre el mantel de cuadros. Había pasado veinte años limpiando casas ajenas en Madrid, soñando cada noche con volver a mi pueblo en Castilla, a la casa que había empezado a construir con mis ahorros. Cada euro que ganaba era un ladrillo más, una ventana nueva, una esperanza para el futuro. Pero ahora, sentada en la cocina de mi piso de alquiler, sentía que ese futuro se me escapaba entre los dedos.
Mi hijo, Álvaro, apenas levantó la vista del móvil. —Mamá, Lucía tiene razón. Aquí tenemos nuestro trabajo, la niña va al colegio… No podemos dejarlo todo para irnos al pueblo. Además, ¿qué haríamos allí?—
No supe qué contestar. ¿Cómo explicarles que yo no había soñado solo con paredes y tejados? Que cada sacrificio, cada noche sin dormir, era para verlos correr por el jardín, para escuchar risas en el patio y sentir la casa llena de vida. Pero ellos tenían otros sueños: una vida en la ciudad, amigos, trabajo estable, futuro para su hija.
El día que por fin terminé la casa fue uno de los más felices de mi vida. Recuerdo el olor a pintura fresca, el sol entrando por las ventanas grandes que tanto había deseado. Llamé a Álvaro y Lucía para contarles la noticia.
—¡Ya está! ¡La casa está lista!— exclamé por teléfono, conteniendo las lágrimas.
Hubo un silencio incómodo al otro lado.
—Mamá… no sabemos si podremos ir este verano. Lucía tiene mucho trabajo y la niña tiene actividades…
Me aferré a la esperanza durante meses. Cada vez que llamaba, encontraba una excusa nueva: el trabajo, el colegio, los amigos. El pueblo les parecía lejano, aburrido. Yo insistía: «Solo un fin de semana… Venid a ver lo que he construido para vosotros». Pero siempre había algo más importante.
Un día decidí irme sola. Cerré la puerta del piso en Madrid y me subí al tren con dos maletas llenas de recuerdos y promesas rotas. Al llegar al pueblo, todos me recibieron con sonrisas y abrazos: «¡Por fin vuelves a casa, Carmen!» Pero yo sentía un vacío enorme.
La casa era hermosa: paredes blancas, vigas de madera, un jardín pequeño donde planté rosales como los que tenía mi madre. Pero cada rincón estaba lleno de silencio. Cocinaba para tres y comía sola. Ponía la mesa esperando escuchar pasos en el pasillo, risas de mi nieta jugando… pero solo oía el tic-tac del reloj.
Las vecinas venían a visitarme:
—¿Y tu familia? ¿Cuándo vienen?— preguntaba Pilar.
—Pronto… —mentía yo— Pronto vendrán.
Pero los días pasaban y nadie venía. Álvaro llamaba de vez en cuando:
—Mamá, ¿estás bien? ¿No te aburres allí sola?
—No te preocupes por mí —le respondía— Aquí tengo todo lo que necesito.
Pero no era verdad. Lo tenía todo… menos a ellos.
Una tarde de otoño, mientras barría las hojas del jardín, vi llegar a Mercedes, mi vecina de toda la vida.
—Carmen, ¿te puedo decir algo? No te enfades…
—Dime, mujer.
—No puedes vivir esperando que los demás compartan tus sueños. Los hijos vuelan… y uno tiene que aprender a volar solo también.
Me quedé pensando en sus palabras toda la noche. ¿Había construido esa casa para mí… o para un sueño que ya no existía?
Pasaron los meses y aprendí a llenar el silencio con otras cosas: me apunté al coro del pueblo, empecé a dar clases de costura a las niñas del colegio. Pero cada vez que veía una familia reunida en la plaza o escuchaba risas infantiles desde mi ventana, el dolor volvía como una punzada.
Un día recibí una carta de Lucía. Decía que estaban bien, que la niña había ganado un premio en el colegio y que quizá el próximo verano podrían venir unos días. Leí la carta una y otra vez, buscando entre líneas alguna señal de arrepentimiento o nostalgia. No la encontré.
A veces me siento en el porche al atardecer y miro la carretera vacía. Imagino cómo habría sido mi vida si hubiera aceptado sus sueños en vez de imponer los míos. Si hubiera entendido antes que el amor no se mide en metros cuadrados ni en sacrificios silenciosos.
Ahora vivo rodeada de recuerdos y preguntas sin respuesta. ¿Para quién construimos nuestros sueños? ¿Vale la pena sacrificarlo todo si al final nos quedamos solos?
Quizá algún día entiendan lo que quise darles… o quizá sea yo quien tenga que aprender a dejar ir.