La decisión más difícil: una vida entre cartas y silencios

—¿Qué haces, Lucía? ¿Estás loca? —La voz de mi hermana Marta retumbaba en el pasillo, pero yo apenas podía oírla. El llanto de mi hija, envuelta en la mantita azul que me regaló mi abuela, era lo único que llenaba mi cabeza. Temblaba. No por el frío de la madrugada madrileña, sino por el miedo. Por la culpa. Por la certeza de que estaba a punto de convertirme en la peor madre del mundo.

Apreté la carta contra mi pecho. “No tenemos otra opción”, escribí con manos torpes, manchando el papel con lágrimas. “Por favor, cuídenla. No es por falta de amor, sino por miedo. No puedo protegerla aquí.”

Marta intentó detenerme, pero yo ya había tomado la decisión. La crisis nos había dejado sin nada: sin trabajo, sin casa, sin futuro. Mi pareja, Andrés, llevaba meses desaparecido entre promesas rotas y noches de alcohol. Yo era invisible para los servicios sociales, una más en la cola del paro, una sombra en los pasillos del albergue. Pero mi hija… ella merecía algo mejor.

Esa noche caminé por las calles de Vallecas buscando una casa con luz, con flores en la ventana, con risas detrás de las cortinas. Cuando encontré el portal de la señora Carmen —la vecina que siempre saludaba a los niños— supe que era allí. Dejé a mi hija en el felpudo, besé su frente y metí la carta entre sus manitas.

Corrí. Corrí como si pudiera dejar atrás el dolor. Como si pudiera escapar del eco de su llanto. Me escondí en un portal y esperé. Vi cómo Carmen abría la puerta y gritaba: “¡Dios mío! ¿Pero qué…?”

Los días siguientes fueron un infierno. Marta me miraba con rabia y compasión a partes iguales. —¿Y si te denuncian? ¿Y si nunca vuelves a verla? —me preguntaba cada mañana mientras desayunábamos pan duro y café aguado.

Yo no respondía. Solo miraba la cuna vacía y repasaba cada palabra de la carta en mi cabeza.

La noticia corrió como pólvora por el barrio: “Han dejado un bebé en el portal de Carmen.” Nadie sospechó de mí. Yo era solo Lucía, la chica callada del tercero, la que siempre bajaba la cabeza.

Pero por dentro me moría. Cada vez que oía un coche de policía, pensaba que venían a buscarme. Cada vez que veía a Carmen paseando con mi hija —ahora su hija— sentía que me arrancaban el corazón.

Un día no aguanté más y fui a verla. Me escondí tras los setos del parque mientras Carmen le cantaba nanas y le daba el biberón. Mi hija reía, ajena a todo. Feliz.

—¿Por qué lo hiciste? —me preguntó Marta esa noche—. Podrías haber pedido ayuda…

—¿A quién? —le respondí—. ¿A los mismos que nos dejaron sin casa? ¿A los que dicen que hay ayudas pero nunca llegan?

Marta lloró conmigo. Sabía que tenía razón.

Pasaron los meses. Conseguí un trabajo limpiando oficinas por las noches. Empecé a ahorrar, a soñar con recuperarla algún día. Pero cada vez que veía a Carmen con ella, tan unidas, tan madre e hija, sentía que ya no tenía derecho a reclamar nada.

Una tarde, mientras fregaba los suelos de una oficina en Gran Vía, encontré una foto de una familia sonriente sobre una mesa. Sentí una punzada de rabia y envidia. ¿Por qué unas pueden tenerlo todo y otras tenemos que elegir entre el amor y la supervivencia?

El tiempo pasó y mi hija creció feliz con Carmen. Yo seguía viéndola desde lejos, como un fantasma bueno que vela por ella sin atreverse a tocarla.

Un día recibí una carta anónima en mi buzón: “Gracias por confiar en mí. Ella es feliz y siempre sabrá que su madre la amó tanto como para dejarla ir.”

Lloré durante horas abrazada a la mantita azul que nunca pude devolverle.

Hoy sigo viviendo en el mismo barrio, cruzándome a veces con Carmen y mi hija —que ya va al colegio y me sonríe sin saber quién soy—. Nadie sabe mi secreto salvo Marta y yo.

A veces me pregunto si algún día podré perdonarme. Si hice lo correcto o si fui una cobarde. Si el amor verdadero es capaz de renunciar para salvar al otro.

¿Vosotros qué haríais? ¿Puede una madre dejar ir a su hijo por amor… y seguir llamándose madre?