La fuerza de la fe: La lucha de Lucía con el abandono y el perdón

—¿De verdad te vas ahora? —le pregunté a Álvaro, con la voz rota, mientras me sujetaba la barriga enorme, sintiendo a mi hija moverse dentro de mí como si también ella supiera que algo se rompía para siempre.

Él no contestó. Solo bajó la mirada, recogió su mochila y salió del piso, dejando tras de sí un silencio tan denso que casi podía tocarlo. El portazo fue como un disparo en mi pecho. Me quedé allí, de pie en el pasillo, con las lágrimas cayendo sin control, preguntándome qué había hecho mal, por qué no era suficiente para él ni para nadie.

Las semanas siguientes fueron un infierno. Mi madre, Carmen, vino desde Salamanca para ayudarme. Ella intentaba ser fuerte por mí, pero la oía llorar por las noches en la habitación de al lado. Mi padre apenas hablaba; se limitaba a mirar la televisión y a suspirar. Mi hermano Diego me llamaba todos los días desde Madrid, pero yo apenas podía hablar. Me sentía vacía, traicionada, humillada.

El parto fue largo y doloroso. Cuando por fin tuve a mi hija en brazos —la llamé Sofía— sentí una mezcla de amor absoluto y miedo paralizante. ¿Cómo iba a criarla sola? ¿Cómo iba a explicarle algún día que su padre nos había dejado antes siquiera de conocerla?

Durante meses viví en automático: dar el pecho, cambiar pañales, intentar dormir cuando Sofía dormía. La casa se llenó de visitas: mis tías, las vecinas del bloque, amigas de la universidad. Todas traían regalos y palabras de ánimo, pero nadie podía llenar el hueco que Álvaro había dejado.

Una tarde de otoño, mientras paseaba con Sofía por el Retiro, me encontré con Marta, una antigua compañera del instituto. Ella también había pasado por un divorcio difícil y me habló de un grupo de apoyo en la parroquia del barrio. Al principio dudé —yo nunca había sido especialmente religiosa— pero algo en su mirada sincera me convenció.

Así fue como empecé a ir los jueves por la tarde a la iglesia de San Isidro. Allí conocí a otras mujeres que habían sufrido pérdidas, abandonos, traiciones. Compartíamos nuestras historias entre lágrimas y risas nerviosas. El párroco, don Manuel, nos animaba a rezar juntas y a buscar consuelo en la fe. Poco a poco, empecé a sentirme menos sola.

Pasaron tres años. Sofía creció sana y feliz; era una niña risueña y curiosa, con los ojos grandes de su padre. Yo conseguí un trabajo como administrativa en una pequeña empresa cerca de casa. Mi vida era sencilla pero estable. Había aprendido a quererme un poco más cada día.

Hasta que una tarde cualquiera, mientras preparaba la cena, sonó el timbre. Al abrir la puerta me encontré con Álvaro. Estaba más delgado, con ojeras profundas y una expresión de arrepentimiento que no le recordaba.

—Lucía… —susurró—. Necesito hablar contigo.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Mi madre salió de la cocina al oír su voz y le lanzó una mirada helada.

—¿Qué haces aquí? —le espetó—. ¿No crees que ya has hecho suficiente daño?

Álvaro bajó la cabeza.

—Solo quiero hablar con Lucía… y ver a mi hija.

Le dejé pasar al salón. Sofía estaba viendo dibujos animados y ni siquiera le reconoció. Me senté frente a él, con las manos temblando.

—¿Por qué has vuelto? —pregunté sin rodeos.

—He estado muy perdido —admitió—. Me asusté… No supe cómo enfrentarme a todo aquello. Pero he cambiado, Lucía. He ido a terapia… He pensado en vosotras cada día.

Sentí rabia, tristeza y una punzada de esperanza que me negué a reconocer.

—¿Y ahora qué quieres? ¿Que te perdone? ¿Que Sofía te acepte como si nada hubiera pasado?

Álvaro empezó a llorar. Nunca le había visto así.

—No espero que me perdones enseguida… Solo quiero intentarlo. Quiero ser parte de la vida de Sofía… Y si tú me dejas… intentar arreglar lo nuestro.

Mi madre intervino:

—Lucía no te debe nada. Si quieres ver a tu hija tendrás que ganártelo.

Esa noche no dormí. Me pasé horas mirando el techo, recordando todo el dolor que había sentido, pero también los momentos felices antes de que todo se torciera. Pensé en lo que había aprendido en el grupo de apoyo: el perdón no es olvidar ni justificar el daño recibido; es liberarse del peso del rencor.

Durante semanas, Álvaro vino a ver a Sofía bajo mi supervisión. Ella al principio era tímida con él, pero poco a poco empezó a preguntarle cosas y a enseñarle sus dibujos. Yo observaba desde la distancia, debatiéndome entre el miedo y la esperanza.

Un domingo después de misa, don Manuel se me acercó:

—Lucía, el perdón es un regalo que te haces a ti misma. No significa que debas volver con él si no lo deseas… Pero sí puedes dejar atrás el dolor para seguir adelante.

Aquella noche invité a Álvaro a cenar con nosotros. Hablamos largo y tendido sobre el pasado y el futuro. Le dije que le perdonaba por lo que hizo, pero que necesitaba tiempo para confiar en él otra vez. Le expliqué que Sofía era mi prioridad y que cualquier paso debía ser pensando en ella.

No sé qué pasará mañana. Quizá algún día pueda volver a amarle; quizá solo podamos ser padres civilizados para nuestra hija. Pero sé que ya no soy la mujer rota que él dejó atrás. He encontrado fuerza en mi fe, en mi familia y en mí misma.

A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres han tenido que reconstruirse desde las cenizas? ¿Cuántos corazones rotos han encontrado en el perdón su única salvación? ¿Y tú… serías capaz de perdonar así?