La herencia de un apellido: ¿Hasta dónde llega el poder?
—¡No puedes hablar así de tu padre en esta casa! —gritó mi madre, con los ojos llenos de lágrimas y la voz rota por la rabia y el cansancio.
Yo temblaba, apretando los puños bajo la mesa del comedor. El olor a cocido aún flotaba en el aire, pero nadie tenía hambre. Mi hermano menor, Sergio, miraba el plato con la cabeza gacha. Sabía que no debía intervenir. Nadie lo hacía nunca.
—Mamá, no es justo —susurré—. Papá ya no es alcalde. No puede seguir decidiendo sobre todo lo que hacemos. Ni sobre lo que decimos.
Ella me miró como si hubiera blasfemado. En mi casa, el apellido Fernández era sagrado. Y mi padre, aunque ya no llevaba la banda tricolor ni salía en las fotos del periódico local, seguía siendo “el señor alcalde” para todos. Incluso para nosotros.
Recuerdo la primera vez que sentí vergüenza de mi apellido. Fue en el instituto, cuando una profesora me preguntó si podía conseguirle un favor con el ayuntamiento. Tenía quince años y ya sabía que la gente esperaba algo de mí solo por ser hija de Antonio Fernández. Pero nadie preguntaba cómo me sentía yo.
Mi padre dejó la alcaldía tras unas elecciones reñidas, pero nunca aceptó su derrota. Seguía paseando por el pueblo con la cabeza alta, saludando a todos como si aún mandara. En casa, las cosas no cambiaron: él decidía qué se veía en la tele, cuándo se cenaba y hasta qué amigos podíamos traer. Mi madre le seguía el juego, repitiendo que “un Fernández nunca pierde”.
Pero yo sí estaba perdiendo algo: mi libertad.
Una tarde de otoño, mientras ayudaba a mi abuela Carmen a pelar patatas en su cocina, le confesé lo que sentía:
—Abuela, ¿por qué papá no puede ser solo papá? ¿Por qué siempre tiene que ser el alcalde?
Ella suspiró y me acarició la mejilla con sus manos arrugadas.
—Porque el poder es como una mancha de aceite, hija. Se mete en todo y no se va nunca.
No entendí del todo sus palabras hasta que cumplí dieciocho años y quise irme a estudiar a Madrid. Mi padre se opuso rotundamente.
—Aquí tienes todo lo que necesitas —me dijo—. ¿Para qué vas a irte a una ciudad llena de desconocidos?
—Porque quiero ser periodista —le respondí, temblando—. Quiero contar historias que importen.
Él se rió con desprecio.
—¿Periodista? Eso no es para ti. Los Fernández no necesitamos buscar problemas donde no los hay.
Esa noche lloré hasta quedarme dormida. Pero al día siguiente, con la ayuda de mi abuela y mi hermano Sergio, presenté la solicitud para la universidad a escondidas.
Cuando llegó la carta de aceptación, mi madre intentó convencerme de quedarme:
—Tu padre no lo va a soportar, Lucía. Ya bastante tiene con lo que dicen en el pueblo desde que perdió las elecciones.
—No puedo vivir toda mi vida bajo su sombra —le respondí—. Quiero ser alguien por mí misma.
El día que hice las maletas, mi padre ni siquiera bajó a despedirse. Mi madre lloró en silencio mientras me abrazaba en la puerta. Sergio me apretó la mano y me susurró al oído:
—Hazlo por todos nosotros.
Madrid era un mundo nuevo y aterrador. Nadie me conocía por mi apellido; nadie esperaba nada de mí salvo lo que yo pudiera dar. Por primera vez sentí que podía respirar.
Pero el pasado no se olvida tan fácilmente. Un día recibí una llamada de Sergio:
—Papá ha montado un escándalo en el bar del pueblo. Dice que todavía es el alcalde y que nadie puede contradecirle.
Sentí una mezcla de rabia y tristeza. ¿Hasta cuándo iba a aferrarse a un título vacío?
Volví al pueblo para enfrentarme a él. Lo encontré solo en su despacho, rodeado de papeles viejos y trofeos polvorientos.
—Papá —dije con voz firme—, tienes que dejarlo ir. Ya no eres el alcalde. Eres mi padre. Eso debería bastar.
Me miró con ojos cansados, como si de repente hubiera envejecido diez años.
—No sé quién soy sin ese título, Lucía —susurró—. Toda mi vida he sido el alcalde… ¿y ahora qué?
Me acerqué y le tomé la mano.
—Ahora puedes ser tú mismo. Puedes ser nuestro padre. Eso es mucho más importante.
No sé si me creyó. Pero esa noche cenamos juntos sin hablar de política ni de poder. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que había esperanza.
Hoy sigo luchando por encontrar mi lugar en el mundo, lejos del peso de un apellido y un título que nunca pedí llevar. A veces me pregunto: ¿cuántas vidas quedan atrapadas bajo la sombra del poder? ¿Cuándo aprenderemos a soltar lo que ya no nos pertenece?