La herida invisible: El día que mi hermano se marchó de mi boda

—¿Pero cómo es posible, mamá? ¿Cómo puedes permitir esto? —La voz de Luis retumbó en el salón del restaurante, justo cuando los camareros retiraban los platos del segundo. El murmullo de los invitados se apagó de golpe, como si alguien hubiese bajado el volumen de la vida.

Yo aún tenía la copa en la mano, temblorosa, mientras mi suegra, Carmen, sonreía orgullosa desde la mesa presidencial. Acababa de anunciar, con esa teatralidad que tanto le gusta, que nos regalaba una casa en el centro de Salamanca como regalo de bodas. «Para que empecéis vuestra vida juntos sin preocupaciones», había dicho, levantando su copa. Los aplausos fueron tímidos, y enseguida sentí la mirada de mi hermano clavada en mí, como un reproche silencioso.

Luis se levantó de la mesa, arrastrando a Marta tras él. Mi madre intentó detenerle, pero él apartó su mano con brusquedad. —Siempre igual, siempre tú el favorito —me gritó, sin importarle el silencio incómodo que se había instalado en la sala. —¿Y nosotros qué? ¿No somos familia también?

Me quedé paralizado. Mi recién estrenada esposa, Lucía, me apretó la mano bajo la mesa. Yo no sabía qué decir. ¿Qué podía decir? No había pedido ese regalo. Ni siquiera sabía que Carmen tenía esa intención. Pero allí estaba yo, con una llave dorada en la mano y el corazón encogido.

Luis y Marta salieron del restaurante sin mirar atrás. Mi madre rompió a llorar. Mi padre se quedó sentado, rígido como una estatua. Los invitados cuchicheaban entre sí, algunos con miradas de lástima, otros con ese brillo morboso de quien disfruta del drama ajeno.

La fiesta siguió, pero ya nada fue igual. El vals sonó hueco, las risas eran forzadas y las fotos salieron con sonrisas tensas. Lucía intentaba animarme: —No es culpa tuya, Sergio. No podías saberlo. Pero yo sentía que todo era culpa mía.

Esa noche, en el hotel, no pude dormir. Repasaba una y otra vez la escena: la cara desencajada de Luis, la decepción de Marta, las lágrimas de mi madre. Recordé nuestra infancia en Valladolid, cuando compartíamos habitación y sueños. Luis siempre había sido el mayor, el responsable, el que cuidaba de mí cuando mis padres discutían por dinero o cuando mamá enfermaba y él me preparaba la cena.

Pero todo cambió cuando conocí a Lucía y empecé a salir más con su familia. Carmen siempre fue generosa conmigo: me invitaba a comer los domingos, me ayudó a encontrar trabajo en su empresa… Y ahora esto: una casa. Un regalo que parecía un premio, pero que se sentía como una condena.

Pasaron los días y nadie me llamaba. Ni Luis ni mis padres. Solo Lucía y Carmen insistían en que disfrutara del regalo, que no hiciera caso a «envidias». Pero yo no podía dejar de pensar en mi hermano.

Una tarde decidí ir a verle a su piso en Parquesol. Llevaba días ensayando lo que iba a decirle. Llamé al timbre y fue Marta quien abrió la puerta.

—No creo que Luis quiera verte —me dijo sin rodeos.

—Solo quiero hablar —le supliqué—. No sabía nada del regalo. No quería hacerle daño.

Marta suspiró y me dejó pasar al salón. Luis estaba sentado en el sofá, mirando la tele sin verla.

—¿Vienes a presumir de casa nueva? —escupió sin mirarme.

—Por favor, Luis…

—Siempre igual contigo —me interrumpió—. Mamá siempre te defendía, papá te daba la razón… Y ahora tu suegra te regala una casa mientras nosotros llevamos años ahorrando para una entrada y ni siquiera podemos permitirnos salir de alquiler.

Sentí un nudo en la garganta.

—No lo pedí…

—¡Pero lo aceptaste! —gritó—. ¿Sabes lo humillante que fue para nosotros? ¿Delante de toda la familia? ¿Delante de Marta?

Marta bajó la mirada. Yo sentí vergüenza y rabia a partes iguales.

—No quiero perderte por esto —le dije—. Si quieres, vendo la casa…

Luis se rió amargamente.

—¿Y luego qué? ¿Nos das el dinero? ¿Nos compras también?

Me quedé sin palabras. Marta intervino entonces:

—Sergio, lo que duele no es el regalo en sí… Es sentirnos menospreciados. Es ver cómo todo el mundo te felicita mientras nosotros somos invisibles.

Me fui de allí con el alma hecha trizas.

Los meses pasaron y las heridas no sanaban. Las Navidades fueron un suplicio: cenas separadas, llamadas frías, mensajes impersonales en WhatsApp. Mi madre intentaba mediar, pero solo conseguía empeorar las cosas: «Tenéis que perdonaros», decía entre sollozos.

Mientras tanto, Lucía disfrutaba decorando nuestra nueva casa. Yo fingía entusiasmo, pero cada cuadro colgado era un recordatorio del precio que había pagado por ese regalo.

Una tarde de primavera recibí una llamada inesperada: mi padre había sufrido un infarto leve. Corrí al hospital y allí estaban todos: mi madre abrazada a Luis, Marta llorando en silencio. Nadie me miraba a los ojos.

Cuando por fin pude hablar con Luis a solas en el pasillo del hospital, le dije:

—No quiero seguir así. Somos hermanos. Lo siento por todo…

Luis me miró largo rato antes de responder:

—A veces los regalos más caros son los que más caro se pagan.

No sé si algún día volveremos a ser los mismos. La herida sigue ahí, invisible pero profunda.

Ahora me pregunto cada noche: ¿De verdad merecía la pena aceptar ese regalo? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?