La hija incómoda – Historia de una chica que no encajaba

—¿Otra vez con esas telas, Lucía? —La voz de mi madre retumbó en el pasillo, cortante como las tijeras que yo sostenía entre los dedos. Era domingo por la tarde y el olor a cocido llenaba la casa, pero yo solo podía pensar en el vestido que intentaba terminar a escondidas en mi cuarto.

—Mamá, solo quiero acabar esto antes de cenar —susurré, esperando que no entrara. Pero, como siempre, empujó la puerta y me miró con esa mezcla de cansancio y decepción que tanto dolía.

—¿No ves que eso no te va a dar de comer? Aquí nadie ha sido nunca modista. Deja de perder el tiempo y ayúdame en la cocina —sentenció, sin mirarme a los ojos.

Me quedé sentada en la cama, con el corazón encogido. Afuera, mis hermanos reían viendo el fútbol con papá. Yo era la rara, la que prefería hilos y agujas a los partidos del Real Madrid, la que soñaba con escapar del pueblo y ver su nombre en una etiqueta.

En el colegio tampoco era fácil. Las chicas se reían de mis bocetos y los chicos decían que era una marimandona por no querer salir con ellos. Solo Carmen, mi mejor amiga, me entendía. “Tú vales mucho más que este sitio”, me decía cuando lloraba en el recreo. Pero yo no lo veía tan claro.

Una tarde de invierno, después de una bronca especialmente dura con mi madre —me había pillado usando unas sábanas viejas para hacer un abrigo—, salí corriendo al campo. El aire frío me cortaba la cara y las lágrimas me ardían en los ojos. “¿Por qué no puedo ser como las demás?”, me pregunté. ¿Por qué todo lo que me hacía feliz era motivo de vergüenza para mi familia?

Mi padre nunca decía nada. Solo bajaba la cabeza y seguía leyendo el periódico. A veces pensaba que le daba igual, pero una noche le oí decirle a mi madre: “Déjala, mujer. Mejor eso que andar por ahí sin rumbo”. Ella bufó y siguió pelando patatas.

El día que cumplí dieciocho años, lo tuve claro: tenía que irme. Guardé mis cosas en una maleta vieja y me fui a Madrid, a casa de una tía lejana que apenas conocía. Mi madre ni siquiera salió a despedirse; mi padre me abrazó rápido, como si le diera vergüenza.

Madrid era otro mundo: ruido, gente corriendo, escaparates llenos de ropa preciosa. Conseguí trabajo en una tienda del barrio de Malasaña y por las noches cosía encargos para vecinas. No era fácil; muchas veces cené pan duro y lloré de cansancio. Pero cada vez que una clienta sonreía al probarse uno de mis vestidos, sentía que todo valía la pena.

Un día recibí una llamada inesperada: mi hermano pequeño había tenido un accidente en moto. Volví al pueblo corriendo. Mi madre me recibió fría, pero vi en sus ojos algo distinto: miedo, cansancio… y quizá un poco de orgullo cuando las vecinas le preguntaron si yo era “la hija que hace ropa tan bonita en Madrid”.

Durante esos días en casa, cosí sábanas para el hospital y arreglé batas para las enfermeras. Mi madre me miraba trabajar en silencio. Una noche, mientras cosía junto a la ventana, se sentó a mi lado y dijo:

—No entiendo tus sueños, Lucía. Pero veo que luchas por ellos. Quizá yo también quise algo distinto y no me atreví.

No supe qué decirle. Solo le cogí la mano y seguimos cosiendo juntas en silencio.

Volví a Madrid con el corazón menos pesado. Empecé a estudiar diseño por las noches y poco a poco llegaron más encargos: primero bodas pequeñas, luego algún desfile local… Un día recibí un correo: una diseñadora famosa buscaba asistentes para su taller. Fui a la entrevista temblando y salí con el trabajo bajo el brazo.

Hoy tengo mi propio pequeño taller en Lavapiés. Mi madre aún no entiende del todo lo que hago, pero cuando viene a verme presume ante sus amigas: “Mi hija es diseñadora”. Mis hermanos siguen bromeando, pero ahora lo hacen con cariño.

A veces me pregunto si alguna vez dejaré de sentirme la hija incómoda. ¿O quizá todos somos incómodos para alguien hasta que aprendemos a querernos tal como somos? ¿Vosotros también habéis sentido alguna vez que no encajabais en vuestra propia familia?