La llamada de mi madre: Entre el deber y las heridas
—Carmen, ¿vas a venir este domingo o también tienes algo más importante que hacer?— La voz de mi madre retumbó en el altavoz del móvil, áspera como siempre, pero con ese deje de súplica que sólo yo sabía reconocer. Era jueves por la noche y yo estaba sentada en el sofá, con la televisión encendida pero sin prestar atención. Mi marido, Álvaro, me miró de reojo, sabiendo que esa llamada me dejaría inquieta durante horas.
—Mamá, tengo mucho trabajo… —empecé a decir, pero ella me interrumpió.
—Claro, claro. Siempre tan ocupada. No te preocupes, ya me las apañaré sola, como siempre.
Colgó antes de que pudiera responder. Sentí el nudo en la garganta, ese que llevaba meses apretando cada vez que hablábamos. Mi madre nunca había sido fácil. Desde pequeña aprendí a medir mis palabras, a no esperar abrazos ni palabras dulces. Cuando papá se fue de casa, yo tenía diez años y ella se volvió aún más dura, más fría. Pero ahora, con setenta y dos años y una pensión ridícula, me necesitaba. Y yo… yo no sabía si podía dárselo todo otra vez.
Esa noche apenas dormí. Álvaro intentó consolarme.
—No puedes cargar siempre con todo, Carmen. Ya has hecho mucho por ella.
Pero la culpa era como una sombra pegajosa. Al día siguiente, en el trabajo, no podía concentrarme. En la pausa del café, Lucía —mi compañera y amiga desde la universidad— se sentó a mi lado.
—¿Otra vez tu madre? —preguntó sin rodeos.
Asentí. Ella suspiró.
—Mira, yo hace meses que dejé de enviarle dinero a la mía. No podía más. Me estaba ahogando. ¿Sabes qué pasó? Nada. Al principio me sentí fatal, pero luego entendí que tenía derecho a vivir mi vida.
La miré con envidia y miedo. ¿Sería capaz yo de hacer lo mismo? ¿O sería una mala hija para siempre?
El sábado por la mañana fui al mercado de Vallecas a comprar fruta. Me crucé con mi tía Pilar, la hermana pequeña de mi madre.
—Carmen, hija, ¿cómo está tu madre? —me preguntó mientras elegía tomates.
—Como siempre —respondí con una sonrisa forzada.
Pilar me miró con compasión.
—No te sientas culpable por no poder con todo. Tu madre siempre fue muy suya… pero tú también tienes derecho a ser feliz.
Me despedí rápido y volví a casa con la cabeza llena de voces contradictorias. ¿Por qué nadie entendía que ayudar a mi madre era como intentar llenar un pozo sin fondo? Cada vez que le daba dinero para la luz o para el alquiler, ella encontraba una nueva razón para necesitar más: una factura inesperada, una vecina que le había pedido prestado y no le devolvía el dinero…
El domingo fui a verla. Vivía en un piso antiguo en Carabanchel, lleno de fotos descoloridas y muebles viejos. Al abrir la puerta, me recibió con su habitual mezcla de reproche y alivio.
—Pensé que no vendrías —dijo sin mirarme a los ojos.
Le llevé unas magdalenas y algo de fruta. Nos sentamos en la cocina mientras ella removía el café con gesto ausente.
—¿Sabes? La vecina del cuarto se ha quedado sin trabajo. Me pidió algo de dinero para comprar medicinas…
Sentí cómo se me encendía la sangre.
—¿Otra vez prestando dinero que no tienes? Mamá, así nunca vas a salir adelante.
Ella me miró con dureza.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Dejarla tirada? Tú no entiendes lo que es estar sola.
Me mordí los labios para no gritarle que sí lo sabía. Que había estado sola toda mi infancia mientras ella trabajaba doble turno o se encerraba en su cuarto a llorar por papá. Que había aprendido a cocinarme sola, a hacer los deberes sin ayuda, a consolarme cuando tenía miedo por las noches.
Pero no dije nada. Saqué un sobre con cien euros y lo dejé sobre la mesa.
—Es lo último que puedo darte este mes —dije en voz baja.
Ella lo cogió sin mirarme.
—Gracias —susurró apenas audible.
Volví a casa sintiéndome vacía. Álvaro me abrazó fuerte cuando llegué.
—¿Hasta cuándo vas a seguir así? —me preguntó.
No supe qué responderle.
Esa noche soñé con mi infancia: yo sentada en el suelo del pasillo, escuchando los gritos detrás de la puerta cerrada; yo esperando un abrazo que nunca llegaba; yo prometiéndome que algún día sería libre.
El lunes recibí un mensaje de Lucía: “¿Has pensado en ir a terapia? A mí me ayudó mucho”.
Me quedé mirando el móvil largo rato. ¿Y si era hora de pedir ayuda? ¿De poner límites? ¿Dejar de ser sólo hija para empezar a ser persona?
Esa tarde llamé a mi madre.
—Mamá, tenemos que hablar —dije firme.— No puedo seguir ayudándote como antes. Necesito cuidar también de mí misma.
Hubo un silencio largo al otro lado del teléfono. Por primera vez en mucho tiempo, no sentí miedo ni culpa al decirlo. Sólo alivio y tristeza mezclados.
No sé qué pasará ahora entre nosotras. Quizá nunca logremos entendernos del todo. Pero por primera vez siento que tengo derecho a elegir.
¿Hasta dónde llega el deber de una hija? ¿Dónde empieza el derecho a vivir tu propia vida? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?