La llamada que cambió mi vida: Cómo mi hijo Diego me salvó cuando todo parecía perdido
—¡Papá! ¡Papá, despierta! —La voz de Diego retumbaba en mis oídos como si viniera de muy lejos, ahogada por el zumbido que llenaba mi cabeza. Notaba el frío del suelo de la cocina bajo mi mejilla y el olor a café derramado. Intenté moverme, pero el brazo izquierdo no respondía. El miedo me paralizó más que la propia parálisis.
No sé cuánto tiempo pasó desde que sentí aquel pinchazo en el pecho hasta que caí al suelo. Recuerdo haberme apoyado en la encimera, intentando respirar hondo, pensando que sería una indigestión o el estrés del trabajo en la oficina de correos. Pero cuando vi la cara de Diego, pálida y asustada, supe que era algo mucho más grave.
—¡Mamá! ¡Ven rápido! —gritó Diego, corriendo hacia el salón donde Lucía, mi mujer, planchaba la ropa del colegio.
—¿Qué pasa? —escuché su voz temblorosa acercándose, y luego el silencio denso cuando me vio en el suelo.
—¡Llama al 112! —ordenó Diego con una determinación que jamás le había visto. Lucía, presa del pánico, buscaba el móvil con manos temblorosas. Diego se arrodilló junto a mí, me cogió la mano buena y me miró a los ojos.
—Papá, aguanta. No te duermas, ¿vale? —me decía mientras yo luchaba por mantener los ojos abiertos. Sentí una lágrima caer sobre mi mejilla. Era suya.
En ese momento, mientras escuchaba a Lucía tartamudear al teléfono y a Diego susurrarme palabras de ánimo, pensé en todo lo que no había dicho, en las veces que había llegado tarde a casa por el trabajo, en las promesas rotas de ir al parque o ver juntos un partido del Real Madrid. Me invadió una culpa feroz.
La ambulancia llegó en menos de diez minutos, aunque para mí fue una eternidad. Los sanitarios entraron corriendo y Diego les abrió la puerta con una rapidez asombrosa. Uno de ellos, una mujer llamada Carmen, me preguntó si podía mover los dedos de los pies. Negué con la cabeza.
—¿Cuánto tiempo lleva así? —preguntó Carmen a Lucía.
—No lo sé… unos minutos…
—Diego fue quien nos avisó —dijo Lucía entre sollozos.
—Muy bien hecho, campeón —le dijo Carmen a mi hijo, mientras me colocaban en la camilla.
Recuerdo ver a Diego parado en el umbral de la puerta, con los ojos llenos de lágrimas pero sin dejar de mirarme. Intenté sonreírle para tranquilizarle, pero sólo conseguí un gesto torcido.
En el hospital de La Paz, todo fue un torbellino: luces blancas, médicos hablando rápido, pruebas y más pruebas. Me diagnosticaron un ictus isquémico. Los médicos dijeron que cada minuto contaba y que gracias a la rapidez con la que Diego había actuado, las secuelas serían mínimas.
Pasé semanas en rehabilitación. Al principio no podía ni sostener un vaso de agua. Lucía venía todos los días con Diego y mi hija pequeña, Marta. Pero era Diego quien se sentaba a mi lado y me leía cuentos o me contaba cómo le iba en el colegio.
Una tarde, mientras intentaba escribir mi nombre con la mano derecha —la izquierda seguía dormida—, Diego se acercó y me dijo:
—¿Te vas a poner bien pronto?
—Eso espero, hijo —le respondí con voz ronca.
—No quiero que te mueras nunca —susurró abrazándome fuerte.
Sentí cómo se me rompía algo por dentro. ¿Cómo explicarle a un niño de diez años que la vida es frágil y que a veces no tenemos el control? ¿Cómo pedirle perdón por todas las veces que no estuve presente?
Las semanas pasaron y poco a poco recuperé fuerzas. Volví a casa justo antes de Navidad. La familia organizó una pequeña fiesta: tortilla de patatas, jamón serrano y turrón blando. Mi madre lloraba al verme entrar por la puerta; mi padre me abrazó como cuando era niño.
Pero fue Diego quien me hizo prometerle algo esa noche:
—¿Me prometes que vamos a ir juntos al Bernabéu cuando te pongas bien?
—Te lo prometo —le dije, sintiendo cómo la emoción me ahogaba.
Desde entonces, cada día es un regalo. He aprendido a valorar los pequeños momentos: desayunar juntos los domingos, ver una película en familia o simplemente escuchar a mis hijos reírse desde su habitación.
A veces me despierto sudando por las noches, recordando aquel día en la cocina. Otras veces me sorprendo mirando a Diego y preguntándome cómo un niño tan pequeño pudo tener tanta sangre fría mientras los adultos nos desmoronábamos.
En España estamos acostumbrados a pensar que los niños no entienden lo que pasa a su alrededor. Pero yo sé que mi hijo fue más valiente que nadie aquel día.
Ahora intento ser mejor padre: menos horas en la oficina y más tiempo en casa. He aprendido que la vida puede cambiar en un segundo y que no hay nada más importante que estar presente para quienes amas.
A veces me pregunto: ¿Cuántos padres como yo se han dado cuenta demasiado tarde de lo que realmente importa? ¿Cuántos hijos han tenido que ser héroes porque nosotros no supimos ver las señales?
¿Y tú? ¿Has vivido alguna vez algo parecido? ¿Qué harías si tu hijo tuviera que salvarte la vida?