La llamada que rompió mi vida: historia de Magda en Pozuelo
—¿Magda? ¿Eres tú?— La voz al otro lado del teléfono temblaba, como si supiera que estaba a punto de destruirme. Era una tarde cualquiera en Pozuelo, el sol caía tras los tejados y yo preparaba la cena para mis hijos, Lucía y Álvaro. Mi marido, Sergio, aún no había llegado del trabajo.
—Sí, soy yo. ¿Quién habla?— respondí, inquieta por el tono urgente.
—No sé cómo decirte esto… pero creo que tienes derecho a saberlo. Sergio… Sergio está conmigo ahora mismo. No es la primera vez. Lo siento.—
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. El cuchillo resbaló de mis manos y cayó al suelo con un estrépito que hizo correr a Lucía a la cocina.
—¿Mamá? ¿Estás bien?—
No supe qué contestar. Solo pude abrazarla, apretando fuerte, como si así pudiera protegerla del dolor que se avecinaba. Esa noche, mientras Sergio llegaba tarde como tantas otras veces, mi cabeza era un torbellino de preguntas y recuerdos: las reuniones interminables, los mensajes que nunca contestaba delante de mí, las miradas esquivas.
Cuando por fin entró en casa, le miré a los ojos y supe que todo era verdad. No hizo falta que dijera nada. Él bajó la mirada, derrotado.
—¿Quién era?— pregunté con voz quebrada.
Sergio no respondió al principio. Se sentó en el sofá, se tapó la cara con las manos y empezó a llorar. Nunca le había visto así.
—Magda… no sé cómo hemos llegado hasta aquí. No quería hacerte daño.—
La rabia me recorrió el cuerpo como un latigazo.
—¡Pues lo has hecho! ¡Nos has destrozado a todos! ¿Y los niños? ¿Qué les digo?—
Él solo repetía «lo siento», pero yo ya no podía escucharle. Esa noche dormí en la habitación de Lucía, abrazada a mis hijos, mientras Sergio se quedaba solo en nuestro dormitorio. El silencio era tan denso que dolía.
Los días siguientes fueron un infierno. Mi madre, Carmen, vino desde Salamanca para ayudarme. Ella siempre había desconfiado de Sergio, pero nunca me lo dijo abiertamente. Ahora me miraba con tristeza y rabia contenida.
—Hija, tienes que ser fuerte por los niños. No permitas que te humille más.—
Pero yo no sabía ni por dónde empezar. Los amigos comunes evitaban llamarme; algunos incluso me miraban con lástima en el supermercado. En Pozuelo todos se enteran de todo demasiado rápido.
Una tarde, mientras recogía a Álvaro del colegio, me crucé con Marta, la madre de uno de sus compañeros. Me abrazó sin decir palabra y supe que ella también lo sabía. Me sentí desnuda ante el mundo.
Sergio intentó arreglarlo. Me escribió cartas, me llevó flores, incluso pidió cita con un psicólogo de pareja. Pero cada vez que le miraba veía la traición reflejada en sus ojos.
Una noche, después de acostar a los niños, le enfrenté:
—¿La amas?—
Él dudó un segundo demasiado largo.
—No lo sé… Me sentía solo, Magda. Tú siempre estabas ocupada con los niños, con tu trabajo en la biblioteca… Yo necesitaba sentirme importante.—
Sentí una mezcla de rabia y culpa. ¿Era yo responsable de su infidelidad? ¿Por haberme volcado en mis hijos y mi trabajo?
Mi padre, Antonio, vino a verme una tarde lluviosa. Nos sentamos en la terraza mientras el agua golpeaba los cristales.
—Magda, tu madre y yo hemos pasado por momentos difíciles también. Pero nunca dejamos de hablarnos. Si decides perdonarle, hazlo por ti, no por lo que digan los demás.—
Pero yo no podía perdonar algo así. No después de tantas mentiras.
El divorcio fue un proceso largo y doloroso. Los niños lloraban cada vez que Sergio venía a recogerlos los fines de semana. Lucía se volvió más callada; Álvaro empezó a tener pesadillas.
Me sentí sola como nunca antes. Algunas noches me sorprendía llorando en silencio para no preocupar a mis padres ni a los niños. Pero poco a poco fui reconstruyendo mi vida: volví a salir con amigas, retomé mis clases de yoga y hasta me atreví a viajar sola a Granada durante un puente.
Un día, mientras paseaba por el Retiro durante una visita a Madrid, me encontré con Laura, una antigua compañera de universidad. Me invitó a tomar un café y hablamos durante horas sobre la vida, el amor y las segundas oportunidades.
—¿Crees que podré volver a confiar en alguien algún día?— le pregunté al despedirnos.
Laura sonrió con ternura:
—Claro que sí, Magda. Pero primero tienes que volver a confiar en ti misma.—
Hoy han pasado dos años desde aquella llamada que cambió mi vida para siempre. Sergio tiene otra pareja; los niños se han acostumbrado a la nueva rutina y yo he aprendido a vivir sola… y hasta a disfrutarlo.
A veces me pregunto si algún día podré mirar a alguien a los ojos sin miedo a ser traicionada otra vez. ¿Es posible volver a confiar después de tanto dolor? ¿O la traición deja una herida imposible de cerrar?
¿Vosotros qué pensáis? ¿Se puede volver a confiar después de una traición así?