La noche en que huí: una madre española frente al abismo
—¡Por favor, Lucía! ¡No sé a dónde ir! —grité, golpeando la puerta con los nudillos helados, mientras mis hijos temblaban a mi lado, abrazados a mis piernas. El eco de mis palabras rebotó en la escalera vacía, mezclándose con los sollozos ahogados de Martina y el silencio resignado de Diego. Era pasada la una de la madrugada y el portal del edificio olía a humedad y desesperanza.
Lucía apareció al otro lado de la mirilla. Vi su silueta temblorosa, dudando. Escuché la voz grave de Fernando desde dentro:
—No podemos meternos en líos, Lucía. No esta vez. ¿Y si viene su marido? ¿Y si nos busca aquí?
Sentí cómo se me rompía algo por dentro. Lucía abrió apenas unos centímetros, lo justo para susurrar:
—Lo siento, Carmen. No puedo… Fernando…
No la dejé terminar. Bajé la mirada y apreté los labios para no llorar delante de los niños. Martina me miró con esos ojos grandes y asustados que ya no deberían conocer el miedo. Diego, con solo seis años, intentaba ser valiente, pero su manita apretaba la mía con fuerza.
Bajé las escaleras despacio, cada peldaño pesando como una losa. Salimos al portal y el frío de la madrugada madrileña nos envolvió. No sabía qué hacer. No tenía a nadie más. Mi madre murió hace años y mi hermana vive en Valencia, demasiado lejos para pedirle ayuda ahora. Pensé en llamar a algún refugio, pero el móvil tenía apenas un 7% de batería y no quería quedarme incomunicada.
Me senté en un escalón y abracé a mis hijos. Martina lloraba en silencio. Diego preguntó:
—¿Mamá, vamos a dormir aquí?
No supe qué responderle. Cerré los ojos y recordé la última discusión con Sergio, mi marido. Cómo me gritó delante de los niños porque la cena no estaba lista a su hora. Cómo lanzó el plato contra la pared y después me empujó hasta que caí al suelo. Cómo Martina se puso a llorar y él le gritó también a ella.
No era la primera vez. Llevaba meses soportando insultos, amenazas y golpes que intentaba ocultar bajo mangas largas y sonrisas falsas en el colegio de los niños. Pero esa noche fue diferente. Vi en los ojos de Sergio algo que nunca había visto antes: un odio frío, calculador. Supe que si no me iba esa noche, quizá no tendría otra oportunidad.
Cogí una mochila con lo imprescindible: dos mudas para cada uno, algo de dinero que había ido guardando en secreto y los documentos. Salimos cuando él se quedó dormido borracho en el sofá.
Ahora estábamos aquí, en medio de Madrid, sin saber a dónde ir.
Pasó una patrulla de policía por la calle y dudé si acercarme. ¿Y si no me creían? ¿Y si llamaban a Sergio? Pero entonces Martina empezó a toser fuerte y decidí que no podía quedarme allí esperando a que amaneciera.
Me acerqué a los agentes con paso tembloroso.
—Perdón… necesito ayuda —dije casi sin voz—. He huido de casa con mis hijos… mi marido…
Uno de los policías, una mujer joven llamada Elena, me miró a los ojos y asintió despacio.
—Tranquila, Carmen. Ahora estáis seguras —me dijo—. Venid conmigo.
Nos subieron al coche patrulla y nos llevaron a comisaría. Allí me ofrecieron una manta para los niños y un café caliente para mí. Elena me ayudó a poner la denuncia y llamó a un centro de acogida para mujeres maltratadas.
Mientras esperaba sentada en una silla dura, vi cómo Diego se quedaba dormido apoyado en mi regazo y Martina jugaba con una muñeca que le prestó una funcionaria.
Pensé en Lucía. ¿Me habría ayudado si Fernando no hubiera estado? ¿O quizá nunca fue realmente mi amiga? Recordé todas las veces que habíamos compartido confidencias en el parque mientras los niños jugaban juntos, las tardes de café y risas que ahora parecían tan lejanas.
Amanecía cuando llegó una trabajadora social llamada Mercedes. Me habló con dulzura:
—Carmen, vamos a llevarte a un sitio seguro con tus hijos. Allí podrás descansar y pensar con calma qué hacer.
Subimos a su coche y recorrimos las calles aún vacías de Madrid hasta llegar a un edificio discreto en Carabanchel. Nos dieron una habitación pequeña pero limpia, con dos camas y una cuna improvisada para Diego.
Esa primera noche dormí poco. Cada ruido me sobresaltaba. Soñé que Sergio nos encontraba y volvía a gritarme delante de los niños. Me desperté sudando y con el corazón desbocado.
Los días siguientes fueron una mezcla de miedo e incertidumbre. Mercedes me ayudó a tramitar ayudas económicas y buscar colegio para los niños cerca del centro. Conocí a otras mujeres como yo: Ana, que había huido con su hija desde Toledo; Pilar, embarazada de siete meses; Rosario, que llevaba años soportando palizas antes de atreverse a denunciar.
Entre todas nos apoyábamos como podíamos. Compartíamos historias, lágrimas y alguna risa tímida cuando los niños jugaban juntos en el patio del centro.
Un día recibí un mensaje de Lucía:
“Lo siento mucho, Carmen. No sabes cuánto me duele no haberte abierto la puerta esa noche. Fernando tenía miedo… Yo también lo tuve. Pero pienso en ti cada día.”
No supe qué contestar. ¿Podía perdonarla? ¿O era demasiado tarde?
A veces pienso en Sergio y siento rabia por todo lo que nos hizo pasar. Otras veces siento miedo por el futuro: ¿podré salir adelante sola con dos hijos? ¿Encontraré trabajo? ¿Tendrán mis hijos una infancia feliz después de todo esto?
Pero cada mañana, cuando veo a Martina sonreír tímidamente o a Diego correr por el pasillo del centro, sé que hice lo correcto.
¿De verdad estamos tan solas las mujeres que huimos? ¿Por qué tantas puertas se cierran cuando más necesitamos ayuda? ¿Qué harías tú si tu mejor amiga llamara a tu puerta en mitad de la noche?