La sombra de la suegra: medio año bajo el mismo techo
—¿Otra vez has dejado los platos sin fregar, Lucía? —La voz de Carmen retumba en la cocina, como cada mañana desde hace seis meses. Me giro, con el estropajo aún en la mano, y la miro. Sus ojos, tan parecidos a los de Luis, me atraviesan con ese juicio silencioso que ya no puedo soportar.
No era así al principio. Cuando Carmen llegó a nuestro piso en Vallecas tras su operación de rodilla, yo misma insistí en que se quedara con nosotros. “Es solo por unas semanas”, le dije a Luis. “Hasta que pueda valerse por sí misma”. Pero las semanas se convirtieron en meses y ahora siento que mi casa ya no me pertenece.
Luis está encantado. “Es mi madre, Lucía. ¿Qué quieres que haga? Además, así no está sola”, repite cada vez que intento hablar del tema. Pero no es solo eso. Desde que Carmen vive con nosotros, todo ha cambiado: la comida sabe diferente, la televisión siempre está puesta en los programas del corazón que ella adora y hasta el olor de la casa es otro, una mezcla de colonia antigua y crema para las piernas.
A veces me pregunto si exagero. Después de todo, Carmen ha sufrido mucho. Su marido murió hace tres años y su hija, Marta, acaba de tener un bebé y no puede ayudarla. Pero cuando entro en el baño y veo sus medias colgadas en mi toallero o cuando escucho cómo le cuenta a Luis lo mal que cocino, siento una rabia sorda que me quema por dentro.
—Lucía, ¿has visto mis pastillas? —grita desde el salón.
—Están en el cajón de la mesilla, Carmen —respondo, conteniendo el suspiro.
Luis entra en la cocina con una sonrisa boba.
—¿Qué tal todo? Mamá dice que hoy te ha ayudado a hacer la compra.
—Sí, claro —respondo—. Me ha dicho qué marcas comprar y cuáles no. Como si no supiera hacer la compra sola.
Luis se encoge de hombros y me besa en la frente. “Es solo una temporada”, repite. Pero yo ya no me lo creo.
Las noches son lo peor. Carmen se acuesta tarde y se levanta varias veces para ir al baño. Cada vez que oigo sus pasos arrastrando las zapatillas por el pasillo, me despierto. Luis duerme como un tronco. Yo apenas pego ojo.
Una tarde, mientras preparo la cena, escucho a Carmen hablando por teléfono con Marta:
—No sé cómo lo hace Lucía, hija. La pobre va siempre corriendo y aún así la casa está hecha un desastre…
Me muerdo el labio hasta hacerme daño. ¿Desastre? Desde que ella está aquí limpio más que nunca. Pero nada es suficiente para Carmen.
Un sábado por la mañana decido hablarlo con Luis en serio.
—Luis, esto no puede seguir así. Necesito mi espacio. Nuestra vida de pareja…
Él me interrumpe:
—¿Nuestra vida de pareja? ¿Te molesta tanto que mi madre esté aquí? ¿No ves que lo necesita?
—¡Pero también tenemos derecho a vivir tranquilos! —le grito sin querer—. ¡No puedo más!
Luis se queda callado. Por primera vez veo en sus ojos algo parecido a la duda.
Esa noche apenas hablamos. Carmen cena sola viendo la televisión y yo me encierro en el dormitorio fingiendo dolor de cabeza.
Los días pasan y la tensión crece. Carmen empieza a hacer comentarios más directos:
—En mi época las mujeres sabían cuidar de su casa…
O:
—Marta sí que sabe organizarse con el bebé y todo…
Un domingo por la tarde, mientras recojo la mesa, exploto:
—¡Basta ya, Carmen! ¡Estoy harta de tus comentarios! Esta es mi casa también y hago lo que puedo.
Carmen se queda helada. Luis entra justo en ese momento y nos mira a las dos como si fuéramos dos niñas peleando por una muñeca.
—¿Qué pasa aquí?
—Nada —respondo yo, temblando de rabia.
—Solo que parece que sobro —dice Carmen con voz temblorosa.
Luis suspira y se sienta entre las dos.
—Mamá, Lucía tiene razón. Esto no puede seguir así. Tenemos que buscar una solución.
Por primera vez en meses siento un pequeño alivio. Hablamos largo rato esa noche. Carmen llora y dice que no quiere ser una carga. Luis promete buscar ayuda para ella: una asistenta unas horas al día o incluso una residencia cerca de Marta para que pueda ver a su nieto.
No es fácil. La culpa me corroe por dentro, pero también sé que he hecho lo correcto. Mi matrimonio estaba al borde del abismo y yo al borde de perderme a mí misma.
Hoy Carmen ya no vive con nosotros. La casa vuelve a oler a café recién hecho por las mañanas y Luis y yo hemos recuperado algo de nuestra intimidad perdida. Pero a veces me despierto pensando si fui demasiado dura, si podría haber aguantado un poco más.
¿Dónde está el límite entre ayudar a la familia y perder tu propia vida? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?