La sombra de mi padre: El día que tuve que elegir entre mi vida y la suya
—Aurora, ven aquí ahora mismo. —La voz de mi padre retumbó en el pasillo, seca y autoritaria, como siempre. Tenía diecisiete años y aún me temblaban las manos cada vez que le oía gritar mi nombre. Bajé la mirada, apreté los puños y crucé el salón, sintiendo el frío del suelo bajo mis pies descalzos. Mi madre, Carmen, se encogió en la cocina, fingiendo estar ocupada con la cena. Nadie se atrevía a desafiarle.
Así crecí: en un piso pequeño de Vallecas, con las paredes impregnadas del eco de los portazos y los insultos. Mi hermano mayor, Rubén, se marchó a los diecinueve, harto de los golpes y las amenazas. Yo me quedé por miedo, por mi madre, por esa absurda esperanza de que algún día todo cambiaría.
Pero no cambió. Mi padre, Antonio, era un hombre duro, criado en la posguerra, incapaz de mostrar ternura. Trabajaba en la construcción y llegaba a casa oliendo a sudor y cemento, con las manos llenas de grietas y el corazón lleno de rencor. Nunca supe exactamente qué le dolía tanto como para descargarlo sobre nosotros.
Los años pasaron y yo logré escapar: estudié enfermería en la Complutense y me mudé a un piso compartido en Lavapiés. Allí aprendí a respirar sin miedo, a dormir sin sobresaltos. Mi madre me llamaba cada semana, siempre con la voz baja, como si temiera que él escuchara incluso a través del teléfono.
Un día de enero, cuando el frío calaba hasta los huesos y Madrid parecía más gris que nunca, recibí la llamada que lo cambió todo.
—Aurora, tu padre está en el hospital. —La voz de mi madre era apenas un susurro—. Le han diagnosticado insuficiencia renal. Necesita diálisis… o un trasplante.
Sentí una punzada en el pecho. No por él, sino por ella. Sabía lo que vendría después: la presión, las miradas, el peso del deber familiar.
No tardó en llegar la petición. Una tarde, mientras visitaba a mi madre en el hospital Gregorio Marañón, él me miró con esos ojos duros que nunca supieron pedir perdón.
—Aurora —dijo—, eres compatible. Los médicos lo han comprobado. Necesito ese riñón.
No hubo un «por favor», ni una disculpa por los años de miedo y dolor. Solo una exigencia más.
Me quedé helada. Miré a mi madre buscando apoyo, pero ella solo bajó la cabeza.
—Papá… —intenté decir algo, cualquier cosa—. Esto no es tan sencillo…
Él golpeó la mesa con el puño.
—¡No me vengas con tonterías! Eres mi hija. Es tu obligación.
Esa noche no dormí. Me debatía entre la culpa y la rabia. ¿Hasta dónde llega el deber de una hija? ¿Hasta dónde tengo que sacrificarme por alguien que nunca me protegió?
Llamé a Rubén al día siguiente. Hacía años que no hablábamos más allá de mensajes cortos en Navidad.
—No tienes por qué hacerlo —me dijo él—. Ya le diste suficiente.
Pero la presión era insoportable. Mi madre lloraba cada vez que hablábamos; mis tías llamaban para recordarme lo mucho que le debía a mi padre «por haberte dado la vida».
En el trabajo no podía concentrarme. Mis compañeras notaron mi tristeza.
—Aurora —me dijo Lucía, mi amiga del hospital—, si lo haces, hazlo por ti. No por ellos.
Pero ¿cómo hacerlo por mí? ¿Cómo perdonar lo imperdonable? ¿Cómo salvar a quien te rompió tantas veces?
Pasaron semanas entre análisis médicos y silencios incómodos en casa de mi madre. Mi padre se volvía más irritable con cada sesión de diálisis; su cuerpo se marchitaba y su carácter se agriaba aún más.
Una tarde de marzo, mientras le ayudaba a levantarse de la cama del hospital, me miró fijamente.
—¿Vas a hacerlo o no? —preguntó sin rodeos.
Sentí un nudo en la garganta. Pensé en todas las veces que deseé huir, en las noches en las que soñaba con una familia diferente.
—No lo sé —respondí al fin—. No sé si puedo.
Él bufó y apartó la mirada. Por primera vez vi miedo en sus ojos.
Esa noche hablé largo rato con mi madre. Lloramos juntas en la cocina del piso donde crecí.
—Mamá… yo también tengo derecho a vivir tranquila —le dije entre sollozos—. No puedo seguir cargando con esto toda la vida.
Ella asintió, derrotada.
Al final tomé una decisión: no donaría el riñón. No podía hacerlo sin traicionarme a mí misma. Llamé al hospital y lo comuniqué oficialmente.
Mi padre no volvió a dirigirme la palabra. Mi familia me tachó de egoísta; algunos amigos me felicitaron por ser valiente. Yo solo sentí un vacío enorme y una extraña paz al mismo tiempo.
Hoy, años después, sigo preguntándome si hice lo correcto. Mi padre falleció meses después; mi madre vive conmigo ahora y poco a poco hemos aprendido a hablarnos sin miedo.
A veces me despierto pensando: ¿Dónde termina el deber hacia los padres? ¿Cuándo empieza nuestro derecho a ser felices? ¿Vosotros qué habríais hecho?