La traición de mi hermano: el precio de confiar en la familia
—¿Dónde está el dinero, Luis? —Mi voz temblaba, no sabía si era de rabia o de miedo. El salón olía a café frío y a desesperanza. Mi hermano, sentado en el sofá de terciopelo verde que heredamos de mamá, evitaba mirarme. Papá tosía en la habitación contigua, su respiración cada vez más débil desde que el cáncer lo había dejado postrado.
Nunca pensé que acabaría así. Hace seis meses, cuando el médico nos dijo que papá no podía vivir solo en Albacete, tomé la decisión más difícil de mi vida: vender mi piso en Madrid, dejar mi trabajo en la gestoría y mudarme con mi marido y mis hijos a la casa familiar. Luis, mi hermano mayor, prometió encargarse de la parte económica. Él siempre fue el responsable, el que llevaba las cuentas y sabía negociar con los bancos. Yo confié ciegamente.
Vendimos el coche, los muebles, hasta las joyas de la abuela. Todo por reunir suficiente dinero para adaptar la casa y pagar a una enfermera para papá. Mi marido, Sergio, aceptó sin protestar, aunque sé que le dolió dejar su puesto fijo en la fábrica. Mis hijos, Paula y Marcos, lloraron al despedirse de sus amigos y del colegio. Pero todos entendimos que era lo correcto: papá nos necesitaba.
Al principio, todo fue un caos. La mudanza, las cajas apiladas en el pasillo, los gritos de los niños buscando sus juguetes. Pero también hubo momentos bonitos: las cenas juntos, las historias de papá sobre su infancia en Cuenca, las tardes de domingo viendo el fútbol. Luis venía cada semana con sobres llenos de facturas y recibos. Yo firmaba sin mirar demasiado; confiaba en él.
Hasta que una mañana, al ir a pagar a la enfermera, me dijo que llevaba dos meses sin cobrar. Me quedé helada. Revisé las cuentas y vi que faltaban más de 20.000 euros. Llamé a Luis al instante.
—¿Qué has hecho con el dinero? —le pregunté entre lágrimas.
Luis bajó la cabeza. —Lo necesitaba para un negocio… No iba a decírtelo hasta que saliera bien.
—¿Un negocio? ¡Era para papá! —grité tan fuerte que Paula se tapó los oídos desde la cocina.
Luis intentó justificarse: que si era una oportunidad única, que si pronto recuperaríamos todo y más. Pero yo solo veía a papá cada vez más débil, a Sergio buscando trabajo sin éxito, a mis hijos preguntando cuándo volveríamos a Madrid.
Esa noche no dormí. Escuchaba la respiración entrecortada de papá y pensaba en todo lo que habíamos sacrificado. Recordé cuando Luis y yo éramos niños y compartíamos bocadillos en el recreo porque no había para más. Siempre pensé que la familia era lo más importante.
Al día siguiente, enfrenté a Luis delante de papá. Él apenas podía hablar, pero sus ojos se llenaron de lágrimas al escuchar lo ocurrido.
—Hijo… ¿cómo has podido? —susurró papá con voz ronca.
Luis rompió a llorar como un niño pequeño. Yo sentí una mezcla de pena y rabia. ¿Cómo podía perdonarle? ¿Cómo podía mirar a mis hijos y decirles que todo estaría bien?
Los días siguientes fueron un infierno. La enfermera dejó de venir. Sergio tuvo que buscar trabajos esporádicos para pagar las medicinas de papá. Paula empezó a tartamudear por los nervios; Marcos se encerraba en su cuarto horas enteras. Yo apenas comía ni dormía.
Una tarde, mientras cambiaba las sábanas de papá, él me cogió la mano con fuerza.
—No quiero que os destrocéis por mi culpa —me dijo—. Prométeme que no dejarás que esto os separe.
No supe qué contestar. ¿Cómo se repara una traición así? ¿Cómo se sigue adelante cuando quien más quieres te ha fallado?
Luis intentó devolver el dinero vendiendo su coche y pidiendo préstamos, pero no fue suficiente. La familia se dividió: mis tíos dejaron de hablarnos; algunos primos me acusaron de exagerar; otros decían que debía perdonar por el bien de papá.
El día que papá murió, la casa estaba llena de silencios incómodos y miradas esquivas. Nadie sabía cómo actuar. En el entierro, Luis se acercó y me abrazó llorando.
—Lo siento, Ana… No sé cómo arreglarlo —susurró.
No le respondí. Sentí un vacío inmenso, como si todo lo que habíamos construido se hubiera derrumbado por un error imperdonable.
Hoy, meses después, sigo sin saber si podré perdonar a mi hermano algún día. Mis hijos han vuelto al colegio; Sergio ha encontrado un trabajo nuevo; yo intento reconstruir mi vida poco a poco. Pero cada vez que veo una foto de papá sonriente con nosotros dos de niños, me pregunto: ¿vale la pena sacrificarlo todo por la familia? ¿O hay traiciones que nunca sanan?
¿Vosotros qué haríais? ¿Perdonaríais a vuestro hermano o romperíais para siempre los lazos familiares?