La última carta de mi madre: una noche en la Feria de Abril
—¿Por qué no puedes simplemente decirme la verdad, mamá? —grité, con la voz rota, mientras la música de sevillanas se colaba por la ventana abierta. La Feria de Abril bullía a unas calles de distancia, pero en nuestro salón solo había silencio y el eco de mi desesperación.
Mi madre, Carmen, se quedó quieta, con las manos apretadas sobre el delantal manchado de harina. Tenía los ojos rojos, pero no lloraba. Yo sí. Lloraba como una niña pequeña, aunque ya tenía dieciocho años y esa noche debería estar bailando con mis amigas bajo los farolillos, no enfrentándome a la verdad que llevaba meses sospechando.
Todo empezó semanas antes, cuando encontré una carta escondida entre los álbumes de fotos familiares. Era una carta amarillenta, escrita con la letra temblorosa de mi madre. Decía: «Para Lucía, cuando sea el momento». No pude resistirme y la leí. En ella, mi madre confesaba que el hombre al que siempre llamé papá no era mi padre biológico. Mi verdadero padre era un hombre al que ella amó en secreto durante un verano en Cádiz, antes de casarse con mi padre. La carta terminaba con una súplica: «Perdóname por callar tanto tiempo».
Desde entonces, cada vez que miraba a mi madre sentía una mezcla de rabia y compasión. ¿Cómo pudo mentirme toda la vida? ¿Por qué no me lo contó antes? La tensión crecía en casa. Mi padre, Antonio, parecía ajeno a todo, ocupado con su taller de carpintería y sus partidos del Betis. Mi hermano pequeño, Sergio, solo tenía doce años y no entendía nada.
La noche de la Feria llegó y yo no tenía ganas de fiesta. Me puse el vestido de lunares azul que mi madre me había cosido con tanto cariño, pero sentía que me ahogaba dentro de él. Cuando mis amigas vinieron a buscarme —Marina, Rocío y Pilar— les dije que no podía ir. Marina insistió:
—Lucía, no puedes faltar este año. ¡Es nuestra última Feria juntas antes de irnos a la universidad!
Pero yo solo quería respuestas. Bajé al salón y enfrenté a mi madre. De ahí el grito, el silencio y las lágrimas.
—Lucía —dijo ella al fin—, lo hice por protegerte. Por protegernos a todos.
—¿Protegerme de qué? ¿De saber quién soy realmente?
Mi madre se acercó despacio y me abrazó. Sentí su temblor y su miedo. Olía a azahar y a pan recién hecho.
—Tu padre te quiere como si fueras suya. Y lo eres, Lucía. Nadie te ha querido más que él.
—Pero me has mentido —susurré.
Ella asintió, derrotada.
—Sí. Y lo siento cada día desde entonces.
No pude soportarlo más. Salí corriendo a la calle, donde el bullicio de la Feria contrastaba con mi dolor. Caminé sin rumbo hasta llegar al río Guadalquivir. Me senté en un banco y saqué la carta del bolso. La leí una vez más bajo la luz anaranjada de las farolas.
De pronto, escuché pasos detrás de mí.
—¿Lucía? —Era Marina, que me había seguido preocupada—. ¿Qué te pasa?
No pude evitarlo: le conté todo entre sollozos. Marina me abrazó fuerte.
—Tienes derecho a estar enfadada —me dijo—, pero también tienes derecho a saber la verdad y decidir qué hacer con ella.
Volví a casa tarde esa noche. Mi madre me esperaba despierta en la cocina, con dos tazas de manzanilla sobre la mesa.
—¿Quieres hablar? —preguntó con voz suave.
Asentí y nos sentamos juntas. Por primera vez en mi vida sentí que hablábamos como dos mujeres adultas, no como madre e hija. Me contó cómo conoció a mi verdadero padre en una caseta de feria en Cádiz, cómo se enamoraron y cómo él tuvo que marcharse a Barcelona por trabajo. Me habló del miedo al qué dirán en el barrio, del dolor de guardar silencio tantos años.
—¿Y papá? —pregunté—. ¿Lo sabe?
Mi madre negó con la cabeza.
—Nunca tuve valor para decírselo. Pero él te quiere como si fueras suya desde el primer día.
Lloramos juntas hasta que amaneció. Al día siguiente fui a buscar a mi padre al taller. Lo miré trabajar con sus manos grandes y torpes, lijando una mesa para un cliente del barrio Triana. Sentí un nudo en el estómago.
—Papá…
Él levantó la vista y sonrió.
—¿Qué pasa, hija?
Quise decirle todo, pero las palabras se atragantaron en mi garganta. Solo pude abrazarlo fuerte.
Esa noche volví a la Feria con mis amigas. Bailé sevillanas hasta que me dolieron los pies y reí como hacía tiempo no reía. Pero dentro de mí algo había cambiado para siempre: ya no era solo Lucía Ortega, hija de Carmen y Antonio; era también hija de un amor prohibido y de una verdad silenciada por miedo.
Hoy sigo preguntándome si algún día tendré el valor de contarle todo a mi padre o si es mejor dejar las cosas como están para no romperle el corazón. ¿Qué haríais vosotros en mi lugar? ¿Es mejor vivir con una mentira piadosa o arriesgarse a perderlo todo por decir la verdad?