La última llamada: Cuando la familia no responde
—¿De verdad no va a venir nadie? —pregunté, móvil en mano, mientras miraba a Antonio, tumbado en la cama con la mirada perdida en el techo blanco del hospital.
Antonio parecía un rockero venido a menos: tatuajes descoloridos, pelo largo y enmarañado, una camiseta de Los Secretos que ya no era negra sino gris. Tenía 54 años y había sobrevivido a un ictus, pero su cuerpo y su memoria seguían luchando por volver a ser lo que eran. Llevaba dos meses en la unidad y hoy le dábamos el alta. Pero nadie venía a buscarle.
—No tengo a nadie —me dijo la primera vez que le pregunté por su familia. Pero en su historial figuraba un hermano, Manuel, y una hija, Laura. Así que llamé.
El teléfono sonó largo rato antes de que una voz cansada contestara:
—¿Diga?
—¿Manuel? Soy Lucía, enfermera del Hospital General. Llamo por Antonio, su hermano. Hoy le damos el alta y necesitaríamos que alguien viniera a recogerle.
Silencio. Un silencio tan denso que tuve que mirar el móvil para comprobar que seguía la llamada.
—No puedo ir —dijo al fin Manuel, con voz ronca—. No me pida eso. No después de todo.
—¿Después de qué? —pregunté, aunque sabía que no debía indagar.
—Mire, señora, hace años que no sé nada de él. No puedo ayudarle. Lo siento.
Colgó. Me quedé mirando el teléfono, sintiendo esa mezcla de rabia e impotencia que tantas veces me invade en este trabajo. Volví a mirar a Antonio, que seguía sin mirarme.
—¿Por qué no viene tu hermano? —le pregunté suavemente.
Antonio se encogió de hombros. —No le culpo —susurró—. Yo tampoco iría por mí.
Me senté a su lado. En la unidad nos enseñan a no juzgar, pero es imposible no preguntarse qué historia hay detrás de cada abandono. ¿Qué puede llevar a un hermano a dejar solo al otro en un momento así?
Esa tarde llamé a Laura, su hija. Me contestó una voz joven, tensa:
—¿Sí?
—Hola, Laura. Soy Lucía, enfermera del hospital. Su padre está listo para el alta y necesitamos que alguien venga a recogerle.
Un suspiro al otro lado del teléfono.
—No puedo ir —dijo, casi llorando—. No puedo verle. No después de lo que nos hizo.
—¿Quiere hablar de ello?
—No sirve de nada —respondió—. Mi madre murió sola porque él se fue con otra mujer cuando yo tenía diez años. No le debo nada.
Colgó antes de que pudiera decirle nada más.
Volví junto a Antonio y le conté la verdad: nadie vendría por él. Se quedó callado mucho rato antes de hablar:
—Me lo merezco —dijo al fin—. Fui un cobarde toda mi vida. Pensé que podía empezar de cero lejos de ellos, pero solo conseguí perderlo todo.
Esa noche me quedé pensando en él mientras rellenaba los papeles para derivarlo a una residencia temporal. Pensé en mi propio padre, en cómo discutimos cuando decidí ser enfermera y no abogada como él quería. Pensé en las veces que he sentido ganas de no volver a casa después de una guardia dura, solo por no enfrentarme a sus reproches o su silencio.
Al día siguiente, Antonio me pidió un favor:
—¿Puedes escribirle una carta a mi hija? Yo te dicto.
Asentí y saqué papel y bolígrafo.
—Querida Laura —empezó—: Sé que no merezco tu perdón ni tu cariño. Solo quiero decirte que lo siento. Que si pudiera volver atrás haría todo distinto. Que ojalá algún día puedas recordarme sin odio…
Su voz se quebró y tuve que esperar a que se recompusiera para seguir escribiendo. Cuando terminamos, doblé la carta y prometí enviarla.
Esa tarde, mientras lo acompañaba a la ambulancia que lo llevaría a la residencia, me apretó la mano con fuerza:
—Gracias por tratarme como una persona —me dijo—. Aunque nadie venga por mí.
Vi cómo se alejaba por el pasillo, solo entre desconocidos, y sentí una punzada en el pecho. Pensé en todas las Antonios y Antonias que pasan por aquí cada año, esperando una llamada que nunca llega.
A veces me pregunto si juzgamos demasiado rápido a quienes no vienen a recoger a sus familiares. ¿Y si detrás hay heridas tan profundas que ni el tiempo ni la sangre pueden curar? ¿Y si todos llevamos dentro un Antonio al que tememos volvernos?
¿Vosotros qué haríais? ¿Seríais capaces de perdonar o también dejaríais sonar el teléfono sin contestar?