La verdad tras la sonrisa de Carmen: una madre al límite
—¿Por qué lloras tanto, Alba? —susurré, temblando, mientras la pantalla del móvil iluminaba mi rostro en la penumbra del salón. Eran las 11:47 de la mañana y, desde la oficina, no podía concentrarme en nada. El llanto de mi hija atravesaba los muros de mi mente como un cuchillo. Había dejado a Alba, mi bebé de cinco meses, al cuidado de Carmen, una mujer recomendada por la vecina del tercero. «Es una santa, Lucía, lleva años cuidando niños en el barrio», me había dicho Pilar. Pero algo en su mirada, en ese gesto rígido al despedirse de mí cada mañana, me inquietaba.
La culpa me devoraba. ¿Era mala madre por volver al trabajo tan pronto? ¿Por dejar a mi hija con una desconocida? Mi marido, Sergio, intentaba tranquilizarme: «Cariño, no podemos vivir con miedo. Alba estará bien». Pero yo no podía evitarlo. Así que, sin decirle nada a nadie, instalé dos cámaras diminutas: una en el salón y otra en la habitación de Alba.
Aquella mañana, mientras fingía revisar informes en el ordenador, abrí la aplicación de las cámaras. El corazón me latía tan fuerte que temí que mis compañeros pudieran oírlo. En la pantalla vi a Carmen meciéndola suavemente en brazos. Susurraba canciones de cuna, pero su voz era áspera, casi forzada.
—Duérmete ya, niña pesada… —murmuró Carmen, apretando los labios.
Alba seguía llorando. Carmen la dejó en la cuna con brusquedad y salió del cuarto. Mi hija se quedó sola, berreando. Sentí un nudo en el estómago. ¿Eso era normal? ¿No debía consolarla?
Minutos después, Carmen volvió con el móvil pegado a la oreja.
—Sí, sí… La madre es una histérica. No para de llamarme para ver cómo está la niña… ¡Como si yo no supiera hacer mi trabajo! —decía, mientras paseaba por el salón.
Me quedé helada. ¿Eso pensaba de mí? ¿Así hablaba delante de Alba?
La conversación siguió durante varios minutos. Carmen se sentó en el sofá y encendió la televisión. Alba seguía llorando en la habitación. Nadie acudía a calmarla. Sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas.
No podía soportarlo más. Cogí el bolso y salí corriendo de la oficina sin dar explicaciones. Bajé las escaleras del metro como una loca, tropezando con la gente. Solo quería llegar a casa.
Cuando abrí la puerta, encontré a Carmen en el sofá, viendo un programa del corazón y comiendo galletas. Ni siquiera se inmutó al verme.
—¿Qué haces aquí tan pronto? —preguntó con voz seca.
—¿Dónde está Alba? —le grité.
—En su cuarto… Está dormida —respondió sin mirarme.
Corrí hacia la habitación y encontré a mi hija roja de tanto llorar, con las mejillas húmedas y los puños apretados. La cogí en brazos y sentí que todo mi cuerpo temblaba de rabia y miedo.
—Te vas ahora mismo —le dije a Carmen, con una voz que no reconocí como mía.
Ella recogió sus cosas murmurando insultos por lo bajo. Cuando cerró la puerta tras de sí, me derrumbé en el suelo con Alba entre mis brazos.
Esa tarde llamé a Sergio y le conté todo entre sollozos. Él llegó corriendo a casa y me abrazó fuerte.
—No es tu culpa —me repetía—. Hiciste lo que cualquier madre haría.
Pero yo no podía dejar de pensar en lo que había visto y oído. ¿Cuántas veces habría dejado Carmen sola a mi hija? ¿Cuántas veces habría hablado mal de mí delante de ella?
Los días siguientes fueron un infierno. No podía dormir ni comer. Cada vez que Alba lloraba, sentía que el corazón se me rompía un poco más. Empecé a dudar de todo el mundo: de las vecinas, de las recomendaciones, incluso de mí misma como madre.
Mi madre vino desde Toledo para ayudarme unos días. Me preparaba caldos y me obligaba a salir a pasear con Alba por el Retiro.
—Lucía, tienes que confiar en ti misma —me decía—. No todas las niñeras son como esa mujer.
Pero yo ya no podía confiar en nadie.
Una tarde, Pilar llamó al timbre para preguntar por qué había despedido a Carmen.
—¿Qué ha pasado? —insistió—. Todo el barrio habla…
Le conté lo que había visto en las cámaras. Pilar se quedó blanca.
—No me lo puedo creer… Si hasta cuidó a mis nietos…
A los pocos días, otras madres del barrio empezaron a hablar entre ellas. Algunas reconocieron que sus hijos también lloraban mucho cuando estaban con Carmen, pero nunca se atrevieron a sospechar nada malo.
El tema se convirtió en conversación habitual en el parque y en los grupos de WhatsApp del colegio: ¿Cómo podemos confiar en alguien para cuidar lo más importante que tenemos? ¿Hasta dónde llega nuestra responsabilidad como madres y padres?
Con el tiempo encontré otra niñera, Teresa, una mujer mayor que venía recomendada por una amiga de confianza. Esta vez fui más cauta: entrevistas largas, referencias comprobadas y cámaras instaladas (aunque ahora lo hablé abiertamente con ella).
Pero algo dentro de mí había cambiado para siempre. La herida seguía ahí: la culpa por no haber protegido antes a mi hija; el miedo a volver a equivocarme; la desconfianza hacia quienes parecían tan amables por fuera y tan frías por dentro.
A veces me pregunto si alguna vez podré volver a confiar plenamente en alguien para cuidar de Alba. O si este miedo es ya parte inseparable de ser madre hoy en día.
¿Vosotros qué haríais? ¿Cómo se supera el miedo después de una traición así? ¿Es posible volver a confiar?