La voz que nadie escucha: la historia de mi abuela Marta
—¿Por qué nadie me llama? —escuché a mi abuela Marta susurrar desde el salón, mientras yo me escondía tras la puerta, con el corazón encogido. Era un martes cualquiera en Madrid, uno de esos días en los que el cielo parece pesar sobre los hombros y el tráfico ahoga cualquier intento de silencio. Mi madre, Carmen, preparaba la cena sin mirar atrás, y mi padre, Luis, llegaba tarde otra vez, como siempre desde que le ascendieron en el banco.
Yo tenía diecisiete años y sentía que mi abuela era invisible para todos menos para mí. Desde que murió el abuelo Joaquín, Marta se había ido apagando poco a poco. Antes reía fuerte, contaba historias de su infancia en Toledo y cocinaba cocido los domingos. Ahora pasaba las horas mirando por la ventana, esperando una llamada que nunca llegaba.
—Mamá, ¿has hablado hoy con la abuela? —pregunté una noche mientras recogía los platos.
—¿Para qué? Si está bien. Además, siempre está con sus cosas —respondió mi madre sin levantar la vista del móvil.
Me dolía esa indiferencia. Intenté convencerles de que fuéramos a verla más a menudo, pero siempre había excusas: el trabajo, el colegio de mi hermano Pablo, la compra, el cansancio. «Ya iremos el domingo», decían. Pero los domingos se llenaban de fútbol en la tele y siestas eternas.
Una tarde de otoño decidí ir sola a casa de mi abuela. Llevé una tarta de manzana que había aprendido a hacer en YouTube. Marta me abrió la puerta con una sonrisa temblorosa y los ojos húmedos.
—Ay, Julia, qué sorpresa… Pensé que hoy tampoco vendría nadie —me abrazó tan fuerte que sentí cómo temblaba su cuerpo delgado.
Nos sentamos en el sofá y me contó cómo había sido su día: «He visto a los gorriones pelearse por las migas en el balcón. He leído un poco. He pensado en tu abuelo». Hablaba despacio, como si cada palabra le costara un mundo.
—Abuela, ¿quieres que te ayude con algo? —le pregunté.
—No hace falta, cariño. Solo quédate un rato conmigo —me respondió, y sentí un nudo en la garganta.
Esa tarde entendí que lo que más necesitaba era compañía. No grandes gestos ni regalos caros: solo alguien que escuchara su voz.
Intenté hablar con mis padres otra vez:
—Mamá, papá, la abuela está muy sola. No podemos dejarla así.
—Julia, todos estamos ocupados. No podemos estar pendientes de ella todo el tiempo —me contestó mi padre sin mirarme.
—Pero es nuestra familia…
—No dramatices —zanjó mi madre.
Me sentí impotente y enfadada. ¿Por qué era tan difícil para ellos entenderlo? ¿Por qué la soledad de los mayores parecía un problema invisible?
Empecé a ir cada semana a ver a Marta. A veces llevaba a Pablo conmigo; otras veces simplemente nos sentábamos juntas en silencio. Un día encontré una caja llena de cartas antiguas: eran cartas de amor entre ella y el abuelo durante su noviazgo. Marta lloró al leerlas en voz alta.
—¿Sabes? —me dijo— Cuando era joven pensaba que nunca estaría sola. Pero la vida… la vida te deja sola aunque estés rodeada de gente.
Un sábado por la tarde, mientras tomábamos café, Marta me confesó:
—A veces pienso que si desapareciera nadie lo notaría hasta días después. No quiero ser una carga para nadie, pero tampoco quiero ser un fantasma en mi propia casa.
Aquellas palabras me persiguieron durante semanas. Empecé a investigar sobre asociaciones de voluntariado para mayores en Madrid y convencí a Marta para apuntarse a un taller de memoria en el centro cultural del barrio. Al principio se resistió:
—¿Para qué? Si ya soy mayor…
—Abuela, no es tarde para hacer amigos nuevos —le insistí.
Poco a poco fue animándose. Volvía del taller contando anécdotas sobre sus compañeras: «Rosa ha aprendido a usar WhatsApp», «Carmen ha traído bizcocho para todas». Su voz recuperó algo de aquella alegría perdida.
Pero en casa las cosas seguían igual. Mis padres apenas preguntaban por ella y yo sentía una rabia sorda cada vez que veía cómo ignoraban sus llamadas o posponían las visitas.
Una noche exploté:
—¡No podéis seguir así! La abuela os necesita y vosotros hacéis como si no existiera.
Mi madre me miró sorprendida:
—Julia, no sabes lo difícil que es todo esto…
—¿Difícil? ¿Más difícil que estar sola todos los días?
Hubo un silencio incómodo. Mi padre se levantó y se fue al despacho sin decir nada.
A partir de entonces algo cambió. Mis padres empezaron a acompañarme alguna vez al centro cultural o a invitar a Marta los domingos a comer. No era perfecto, pero era un comienzo.
El invierno llegó con sus días cortos y fríos. Un día Marta enfermó y tuvo que quedarse ingresada unos días en el hospital. Estuve con ella todo el tiempo que pude; mis padres también fueron a verla. Cuando volvió a casa, su mirada era distinta: más serena, menos triste.
—Gracias por no rendirte conmigo —me dijo una tarde mientras tejía una bufanda para Pablo.
Ahora Marta ya no está tan sola. Tiene amigas nuevas, mis padres la llaman más seguido y yo sigo visitándola cada semana. Pero sé que hay muchas Martas en España: mujeres y hombres mayores que esperan una llamada, una visita, una voz que les recuerde que siguen aquí.
A veces me pregunto: ¿Cuántas voces como la de mi abuela siguen esperando ser escuchadas? ¿Cuánto tiempo más vamos a mirar hacia otro lado?