Lo que me confesó una desconocida sobre mi hijo en el parque cambió mi vida para siempre
—¿Eres la madre de Marcos?—La voz de la mujer me sobresaltó. Estaba tan absorta en mis pensamientos, paseando entre los bancos vacíos del parque de El Retiro, que ni siquiera la vi acercarse. El aire frío de noviembre me cortaba las mejillas y el crujido de las hojas secas bajo mis botas era el único sonido hasta ese momento. La mujer llevaba una chaqueta gris, el pelo recogido en un moño descuidado y unos ojos oscuros que no parpadeaban.
—Sí, soy yo—respondí, con un nudo en la garganta. ¿Por qué lo preguntaba? ¿Quién era ella?
Se acercó aún más, bajando la voz como si temiera que alguien pudiera escucharla.
—No quiero asustarte, pero tienes que saberlo. Tu hijo… Marcos… está metido en algo muy peligroso. Lo he visto con mis propios ojos.
Sentí que el mundo se detenía. Mi hijo, mi niño, el mismo que cada mañana me daba un beso antes de irse al instituto San Isidro, ¿en peligro? ¿En qué clase de lío podría estar metido? Mi mente empezó a repasar cada detalle de los últimos meses: sus silencios, sus salidas tardías, las discusiones con su padre, Fernando, cada vez más frecuentes.
—¿Quién eres? ¿Por qué me dices esto?—pregunté, intentando mantener la calma.
La mujer miró alrededor, nerviosa.
—No puedo decirte mi nombre. Solo quiero que le ayudes antes de que sea demasiado tarde. Anoche le vi en la plaza Lavapiés con unos chicos… No eran buena gente. Había drogas. Y él parecía asustado.
Me quedé paralizada. El corazón me latía tan fuerte que apenas podía oír mis propios pensamientos. Quise preguntarle más, pero la mujer ya se alejaba apresuradamente entre los árboles, como si temiera ser descubierta.
Corrí a casa con las manos temblorosas. Fernando estaba en el salón viendo las noticias, como cada tarde.
—¿Dónde está Marcos?—pregunté sin saludar.
—En su cuarto, creo. ¿Por qué? ¿Qué pasa?—me miró extrañado.
Subí las escaleras de dos en dos y abrí la puerta de su habitación sin llamar. Marcos estaba sentado frente al ordenador, los auriculares puestos. Al verme entrar tan alterada, se quitó los cascos.
—¿Mamá? ¿Qué pasa?
Me quedé mirándole largo rato. Tenía ojeras, la mirada perdida y ese aire ausente que últimamente le acompañaba a todas partes.
—¿Dónde estuviste anoche?—le pregunté directamente.
Marcos bajó la mirada.
—Con unos amigos… en casa de Sergio.
Mentía. Lo supe al instante. Siempre había sido un mal mentiroso.
—¿Y no estuviste en Lavapiés?
Levantó la cabeza bruscamente, sorprendido por mi precisión.
—¿Por qué preguntas eso?
No supe qué decirle. No podía contarle lo de la mujer desconocida sin parecer una paranoica. Salí de la habitación sin decir nada más y bajé al salón. Fernando me miraba preocupado.
—¿Qué ha pasado?
Le conté todo lo ocurrido en el parque. Su reacción fue inmediata: negó con la cabeza y se levantó furioso.
—¡Eso son tonterías! Nuestro hijo no es ningún delincuente. Seguro que esa mujer te ha confundido con otra madre.
Pero yo no podía quitarme la imagen de Marcos asustado de la cabeza. Esa noche apenas dormí. Me levanté varias veces para comprobar si seguía en su cuarto. A las tres de la mañana escuché pasos en el pasillo y vi la luz del baño encendida. Me acerqué sigilosamente y le oí llorar en silencio.
Al día siguiente fui a hablar con su tutor en el instituto. La profesora de Lengua, doña Carmen, me recibió con gesto serio.
—Marcos ha bajado mucho el rendimiento este trimestre. Está distraído y ha tenido algún problema con otros chicos… No quería alarmarte, pero ya que has venido…
Sentí que todo encajaba: las malas notas, las mentiras, las noches fuera… ¿Cómo no lo había visto antes?
Esa tarde esperé a Marcos en casa y le enfrenté directamente.
—Marcos, necesito saber la verdad. ¿Estás metido en algo peligroso? ¿Tienes problemas con alguien?
Él negó al principio, pero al ver mis lágrimas rompió a llorar también.
—Mamá… no sé cómo salir de esto. Todo empezó como una tontería… Unos chicos del barrio me ofrecieron vender algo para sacar dinero fácil… Y ahora me amenazan si no sigo haciéndolo.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Fernando entró en ese momento y al vernos abrazados entendió que algo grave pasaba. Por primera vez en mucho tiempo, nos sentamos los tres juntos a hablar durante horas: del miedo, de los errores, de cómo pedir ayuda sin sentir vergüenza.
Llamamos a la policía local y nos pusieron en contacto con una trabajadora social que nos ayudó a denunciar y proteger a Marcos. No fue fácil: hubo amenazas anónimas, noches sin dormir y discusiones constantes entre Fernando y yo sobre cómo habíamos llegado hasta allí. Pero poco a poco fuimos recuperando la confianza y aprendiendo a escucharnos de verdad.
Hoy, meses después, sigo paseando por ese mismo parque cada semana. A veces busco con la mirada a aquella mujer desconocida para darle las gracias por abrirme los ojos antes de que fuera demasiado tarde.
Me pregunto: ¿cuántas madres más caminan por los parques de Madrid sin saber lo que realmente ocurre en la vida de sus hijos? ¿Y cuántos secretos se esconden detrás de una simple mirada preocupada?