Lujo en Salamanca, lágrimas en Vallecas: Mi madre nunca aceptó a Manuel
—¿De verdad vas a quedarte aquí, Lucía? ¿En este barrio? —La voz de mi madre retumbó en el pasillo, tan fría como el mármol de su piso en Salamanca.
Me quedé quieta, con las llaves temblando en la mano. Manuel estaba en la cocina, intentando que Lucas comiera algo más que yogur. El eco de la voz de mi madre me perseguía desde que me mudé a Vallecas, desde que decidí que el amor valía más que los metros cuadrados o las vistas al Retiro.
—Mamá, no es tan malo. Aquí la gente es… real —intenté defenderme, aunque sabía que era inútil.
Ella me miró como si acabara de confesar un crimen. Llevaba un abrigo caro, de esos que solo se ven en las tiendas del barrio de Salamanca. Su perfume llenaba el aire, mezclándose con el olor a café barato y detergente de nuestro piso.
—Real, Lucía, es tener seguridad. Es saber que tu hijo va a tener lo mejor. No entiendo cómo puedes conformarte con esto —dijo, señalando el salón pequeño y desordenado.
No respondí. ¿Cómo explicarle que aquí, entre vecinos que se saludan y niños jugando en la calle, yo sentía algo parecido a la felicidad? ¿Cómo decirle que Manuel, con su risa fácil y sus manos siempre dispuestas a ayudar, me daba más paz que todos los lujos del mundo?
Pero mi madre nunca lo aceptó. Desde el principio, miró a Manuel por encima del hombro. «Un buen hombre, sí, pero sin ambición», decía a sus amigas mientras tomaban café en terrazas elegantes. Yo escuchaba sus palabras como cuchillos.
Cuando nació Lucas, todo empeoró. El diagnóstico llegó como una tormenta: síndrome de Down. Recuerdo el silencio en la sala del hospital, la forma en que Manuel me apretó la mano y cómo mi madre se quedó rígida, sin saber qué decir.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella después, cuando estábamos solos en casa.
—Ahora le queremos —respondió Manuel con una firmeza que me hizo llorar.
Pero para mi madre, aquello fue una tragedia doble: una hija viviendo «en la miseria» y un nieto «diferente». Empezó a visitarnos menos. Cuando venía, traía regalos caros para Lucas —ropa de marca, juguetes electrónicos— como si pudiera comprarle una vida distinta. Pero nunca jugaba con él. Nunca le miraba a los ojos.
Una tarde de otoño, mientras Lucas dormía y Manuel fregaba los platos, mi madre me llevó aparte.
—Lucía, aún estás a tiempo de cambiar tu vida. Podrías volver conmigo. Buscar un colegio especial para Lucas en una zona mejor. Dejar este piso… y a Manuel.
Sentí rabia y tristeza al mismo tiempo. ¿Cómo podía pedirme eso? ¿Cómo podía no ver lo que teníamos?
—Mamá, Manuel es mi familia. Lucas es feliz aquí. No necesito nada más —le dije, casi suplicando que entendiera.
Ella suspiró y se marchó sin despedirse.
Los meses pasaron y las visitas se hicieron aún más escasas. En Navidad, insistió en que fuéramos a su casa. Manuel no quería ir, pero yo cedí por Lucas. La cena fue un desfile de silencios incómodos y miradas furtivas. Mi madre apenas habló con Manuel; solo le preguntó si seguía «en ese trabajo de almacén».
Cuando volvimos a casa esa noche, Manuel me abrazó fuerte.
—No tienes que elegir entre ella y yo —susurró—. Pero yo no puedo ser alguien que no soy.
Le besé la frente y sentí una punzada de culpa. ¿Estaba sacrificando demasiado por mantener unida una familia rota?
Un día cualquiera, mientras paseaba con Lucas por el parque, me encontré con Marta, una vecina mayor del bloque.
—Tu niño es un sol —me dijo—. Y tú eres valiente por luchar cada día.
Esas palabras me dieron fuerzas. Empecé a ver lo bueno: los abrazos de Lucas al despertar, las risas con Manuel viendo películas antiguas, los cumpleaños improvisados con los vecinos.
Pero mi madre seguía lejos. Un día recibí una llamada suya:
—Lucía, he estado pensando… Quizá debería conocer mejor a Manuel. ¿Puedo ir a cenar?
Sentí esperanza y miedo al mismo tiempo. Preparé todo con esmero: tortilla de patatas, croquetas caseras y una tarta sencilla que Lucas ayudó a decorar.
La cena empezó bien, pero pronto mi madre volvió a sus viejos hábitos:
—¿No has pensado en buscar algo mejor? Un trabajo más estable… O mudaros a un sitio más seguro.
Manuel apretó los labios y yo sentí cómo la tensión llenaba la habitación.
—Estamos bien aquí —dije—. No todo el mundo necesita lo mismo para ser feliz.
Mi madre se levantó antes del postre. Se despidió de Lucas con un beso frío y salió sin mirar atrás.
Esa noche lloré en silencio mientras Manuel acariciaba mi pelo.
—No podemos cambiarla —me dijo—. Pero podemos elegir cómo vivir nosotros.
Hoy, años después, sigo preguntándome si algún día mi madre entenderá lo que significa amar sin condiciones. Si verá en Lucas algo más que una decepción o en Manuel algo más que un hombre «sin ambición».
A veces me despierto pensando: ¿cuántas familias se rompen por orgullo? ¿Cuántas madres prefieren el lujo al amor verdadero? ¿Y si nunca consigo que ella vea lo afortunada que soy?
¿Vosotros también habéis sentido alguna vez ese dolor de no ser suficiente para quienes más deberían quereros? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?