«Mamá, te has olvidado de la mancha»: Mi vida como suegra en España. ¿De verdad la familia lo es todo?
—¡Mamá, te has olvidado de la mancha!—. La voz de Lucía, mi nuera, retumbó en la cocina como un portazo. Me giré, trapo en mano, y vi cómo señalaba el mantel, justo donde el café había dejado su huella marrón. Su tono no era de reproche abierto, pero tampoco de cariño. Era ese tono neutro, casi administrativo, que me reservaba desde que entré en su vida hace ya cinco años.
Me llamo Carmen y tengo sesenta y ocho años. Vivo en un piso antiguo del barrio de Chamberí, en Madrid, con mi hijo Álvaro y su mujer Lucía. Desde que falleció mi marido, hace tres años, ellos insistieron en que me mudara con ellos para no estar sola. Al principio pensé que sería temporal, pero el tiempo se ha ido deslizando como agua entre los dedos y aquí sigo, atrapada entre las paredes de una casa que no siento mía.
—No pasa nada, Lucía, ahora mismo lo limpio— respondí, intentando sonreír. Ella ni siquiera me miró; ya estaba revisando el móvil mientras removía el café con desgana. Álvaro entró en la cocina justo entonces, con su eterna prisa de abogado joven y exitoso.
—¿Todo bien aquí?— preguntó sin esperar respuesta.
—Sí, cariño— contesté yo, mientras Lucía soltaba un suspiro apenas audible.
No sé cuándo empezó esta distancia. Recuerdo cuando Lucía venía a casa los domingos antes de casarse con Álvaro. Traía flores y me ayudaba a preparar la paella. Reíamos juntas. Pero desde que compartimos techo, todo cambió. Cada gesto mío parece molestarle: si cocino lo que le gusta a Álvaro, es porque no pienso en ella; si limpio demasiado, es porque invado su espacio; si no hago nada, es porque soy una carga.
A veces me pregunto si esto es lo que significa ser suegra en España hoy en día: ser invisible y, al mismo tiempo, culpable de todo lo que no funciona en la casa.
El otro día, mientras doblaba la ropa en el salón, escuché a Lucía hablar por teléfono con su madre:
—No sé cuánto más voy a aguantar así. Es como tener una sombra todo el día detrás de mí. Y Álvaro ni se entera…
Sentí un nudo en el estómago. No era la primera vez que escuchaba algo así. Mi nuera no me odia, pero tampoco me quiere aquí. Y mi hijo… Mi hijo parece vivir en otro mundo, uno donde las madres no sienten ni sufren.
Esa noche, durante la cena, intenté sacar el tema con Álvaro:
—Hijo, ¿estás seguro de que estoy bien aquí? Si queréis más intimidad, puedo buscarme un piso compartido…
Él ni levantó la vista del plato:
—Mamá, no digas tonterías. Aquí estás mejor que sola.
Lucía apretó los labios y siguió comiendo en silencio. Nadie dijo nada más.
La soledad no siempre es cuestión de estar sola; a veces es cuestión de sentirse sola rodeada de gente. Echo de menos a mi marido, a mis amigas del barrio que ya casi no veo porque «no quiero molestar» o porque «tengo que ayudar en casa». Echo de menos sentirme útil y querida.
El domingo pasado fue el cumpleaños de Lucía. Me levanté temprano para prepararle una tarta de limón, su favorita (o eso creía). Cuando la saqué del horno y la puse sobre la mesa del desayuno, ella apenas la miró.
—Gracias… pero estoy a dieta— dijo sin sonreír.
Álvaro ni siquiera probó la tarta. Me senté a su lado y fingí que no me importaba. Pero esa tarde lloré en silencio en mi habitación.
A veces pienso que mi único error fue querer ayudar demasiado. En España siempre nos han enseñado que la familia es lo más importante; que una madre debe sacrificarse por sus hijos hasta el final. Pero ¿qué pasa cuando ese sacrificio se convierte en una condena?
Hace unos días, mientras regaba las plantas del balcón, escuché a Lucía discutir con Álvaro:
—¡No puedo más! Tu madre está siempre en medio. No tengo espacio para mí…
—¿Qué quieres que haga? Es mi madre…
—¡Pues que se vaya!— gritó ella al borde del llanto.
Me sentí como una intrusa en mi propia vida. Esa noche apenas dormí. Pensé en hacer las maletas e irme sin avisar. Pero ¿a dónde? Mi pensión apenas me da para un alquiler pequeño y los precios en Madrid están por las nubes.
Al día siguiente intenté hablar con Lucía:
—Lucía, sé que no es fácil tenerme aquí. Si quieres que busque otra solución…
Ella me miró por primera vez en mucho tiempo:
—No es eso, Carmen… Solo necesito sentirme dueña de mi casa otra vez.
Asentí en silencio. ¿Cómo explicarle que yo también necesito sentirme dueña de algo? Que yo también tengo miedo al futuro, a la soledad, al olvido.
Hoy he salido a pasear por el Retiro sola. He visto a otras mujeres mayores charlando animadamente en los bancos y he sentido una punzada de envidia. ¿En qué momento dejé de tener vida propia para convertirme solo en «la suegra»?
Esta noche he decidido escribir estas líneas porque necesito desahogarme. Porque sé que hay muchas mujeres como yo: madres entregadas, suegras invisibles, abuelas silenciadas por el ruido de una familia que ya no nos necesita pero tampoco sabe cómo dejarnos ir.
¿De verdad la familia lo es todo? ¿O solo nos enseñaron a creerlo para que aceptáramos cualquier sacrificio sin rechistar?
¿Y vosotras? ¿Hasta dónde estaríais dispuestas a llegar por vuestra familia?