Me dejó embarazada de nueve meses, pero tres años después volvió suplicando perdón
—¿Así que te vas? —le pregunté, con la voz rota y las manos temblorosas sobre mi vientre enorme.
Sergio no me miró a los ojos. Sus dedos jugaban nerviosos con las llaves del coche. —No puedo más, Lucía. Esto no es lo que quería. No sé ser padre, no sé ser marido. Lo siento.
Recuerdo el eco de la puerta al cerrarse, el silencio denso que se instaló en el piso de Vallecas, y el miedo que me apretaba el pecho. Tenía nueve meses de embarazo y la certeza de que estaba sola. Mi madre, Carmen, llegó esa misma noche, alertada por mi llamada ahogada en lágrimas. Me abrazó fuerte, como cuando era niña y me caía en el parque.
—No llores más, hija. Ahora tienes que ser fuerte por la niña —me susurró mientras me acariciaba el pelo.
El parto fue duro. Sin Sergio, sin ilusión, solo con el apoyo de mi madre y mi hermano pequeño, Álvaro, que se turnaban para estar conmigo en el hospital Gregorio Marañón. Cuando por fin tuve a Sofía en brazos, sentí una mezcla de amor y rabia. ¿Cómo podía alguien abandonar a su hija antes incluso de conocerla?
Los primeros meses fueron un infierno. No dormía, lloraba a escondidas para que mi madre no me viera débil. Volví al trabajo en la panadería del barrio antes de lo previsto porque necesitaba el dinero. La gente murmuraba: «Pobre Lucía, tan joven y ya sola con una niña». Yo apretaba los dientes y seguía adelante.
A veces, por las noches, me preguntaba si había hecho algo mal. ¿Había sido demasiado exigente? ¿Demasiado cariñosa? ¿Demasiado yo? Pero luego miraba a Sofía dormir y me prometía que nunca le faltaría nada.
Pasaron tres años. Tres años de cumpleaños sin padre, de preguntas incómodas en la guardería: «¿Y tu papá?» Tres años de aprender a cambiar bombillas, arreglar grifos y hacer malabares con los horarios para llegar a todo. Mi madre seguía ayudándome, pero yo ya era otra persona: más fuerte, más desconfiada, pero también más libre.
Una tarde de abril, mientras recogía a Sofía del parque, lo vi. Sergio estaba apoyado en la verja, con el pelo más corto y la mirada perdida. Mi corazón se aceleró, pero no por amor: era rabia, miedo y sorpresa todo junto.
—Lucía —dijo él, casi en un susurro—. ¿Podemos hablar?
Me quedé helada. Sofía tiraba de mi mano, ajena al drama que se avecinaba.
—¿Ahora quieres hablar? ¿Después de tres años? —le espeté sin miramientos.
Sergio bajó la cabeza. —He estado en terapia. He cambiado. No dejo de pensar en vosotras… En lo que hice.
—No tienes ni idea de lo que has hecho —le corté—. No sabes lo que es consolar a tu hija cuando pregunta por qué no tiene papá como los demás niños. No sabes lo que es trabajar doce horas y llegar a casa para seguir luchando sola.
Vi lágrimas en sus ojos y por un momento sentí lástima. Pero enseguida recordé todas las noches en vela, todos los cumpleaños vacíos.
—Solo quiero verla —suplicó—. Quiero conocerla… Intentar ser su padre.
No supe qué responder. Mi madre siempre decía que los niños tienen derecho a conocer a sus padres, pero también sabía que Sergio podía volver a rompernos el corazón.
Esa noche hablé con Carmen en la cocina mientras Sofía dormía.
—¿Y si vuelve a irse? —le pregunté—. ¿Y si le hace daño?
Mi madre me miró con ternura y cansancio. —Eso nunca lo sabrás hasta que lo intentes. Pero ahora eres tú quien decide, Lucía. Ya no eres la misma chica asustada de hace tres años.
Pasaron semanas antes de que aceptara un encuentro entre Sergio y Sofía. Fue en una cafetería del barrio, con Álvaro vigilando desde otra mesa por si acaso. Sergio estaba nervioso; Sofía lo miraba con curiosidad infantil.
—Hola, Sofía —dijo él—. Soy Sergio… tu papá.
Ella le sonrió tímida y le enseñó su muñeca favorita. Yo observaba cada gesto, cada palabra, lista para saltar si hacía falta protegerla.
Después de ese día, Sergio empezó a venir cada sábado al parque. Jugaban juntos bajo mi atenta mirada. Poco a poco, Sofía empezó a llamarle «papá» y yo aprendí a soltar un poco el control.
Pero el miedo seguía ahí: ¿y si volvía a desaparecer? ¿Y si todo era una ilusión?
Un domingo por la tarde, Sergio me pidió hablar a solas.
—Sé que no merezco tu perdón —me dijo—. Pero quiero intentarlo… Quiero ser parte de vuestra vida si tú me dejas.
Le miré largo rato antes de responder:
—No sé si puedo perdonarte del todo, Sergio. Pero por Sofía… estoy dispuesta a intentarlo. Solo te pido una cosa: no vuelvas a fallarle nunca más.
Él asintió con lágrimas en los ojos.
Hoy han pasado seis meses desde aquel reencuentro. Sergio sigue viniendo cada semana; Sofía está feliz y yo… yo sigo aprendiendo a confiar otra vez.
A veces me pregunto: ¿es posible reconstruir lo que se rompió tan profundamente? ¿Merece alguien una segunda oportunidad después de tanto dolor? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?