Mi hija solo quiere a una nieta: ¿Pude haberlo evitado?

—¿Por qué siempre es Marta la que recibe los abrazos primero? —La voz de Álvaro, mi nieto pequeño, retumba en mi cabeza como un eco doloroso. Estoy sentada en la mesa del comedor, con las manos temblorosas sobre el mantel de cuadros que lleva años acompañándonos. Lucía, mi hija, ni siquiera levanta la vista del móvil mientras Marta le cuenta, por enésima vez, cómo ha sacado un sobresaliente en matemáticas. Álvaro juega con una servilleta, la retuerce entre los dedos como si quisiera desaparecer.

Me llamo Carmen y tengo setenta y dos años. Vivo en un piso antiguo en Chamberí y, aunque siempre soñé con una familia unida, ahora veo cómo se resquebraja delante de mis ojos. Lucía, mi única hija, fue una niña risueña y cariñosa. Pero desde que tuvo a sus hijos, algo cambió. Siempre ha sentido una conexión especial con Marta, la mayor: la niña perfecta, la que nunca da problemas, la que se parece tanto a ella. Álvaro, en cambio, es más callado, más sensible; le cuesta encontrar su sitio.

Recuerdo una tarde de otoño en el Retiro. Los niños corrían entre las hojas secas y Lucía reía con Marta mientras le hacía fotos con el móvil. Álvaro se acercó a mí y me susurró: —Abuela, ¿crees que mamá me quiere?—. Sentí un nudo en el estómago. Le abracé fuerte y le dije que sí, claro que sí. Pero en ese momento supe que no era verdad. No como debería ser.

Las Navidades son especialmente duras. Lucía compra regalos caros para Marta: libros de moda, ropa de marca, entradas para conciertos. Para Álvaro, siempre algo práctico: calcetines, una agenda escolar. El año pasado vi cómo los ojos de Álvaro se llenaban de lágrimas cuando abrió su paquete. Nadie lo notó. Nadie excepto yo.

He intentado hablar con Lucía muchas veces. —Hija, deberías pasar más tiempo con Álvaro— le dije una tarde mientras preparábamos la cena. Ella suspiró y me contestó: —Mamá, no exageres. Álvaro es feliz así, es más independiente.— Pero yo sé que no es cierto. Lo veo en la forma en que baja la cabeza cuando Marta recibe un cumplido o cuando Lucía le pide que deje de interrumpir.

A veces me pregunto si la culpa es mía. Quizá fui yo quien enseñó a Lucía a querer de esa manera desigual. Quizá fui demasiado dura con ella cuando era pequeña o tal vez no supe enseñarle a repartir el amor entre sus hijos. Me atormenta pensar que este dolor viene de generaciones atrás.

El domingo pasado hubo una discusión terrible en casa. Marta había ganado un premio en el colegio y Lucía organizó una comida para celebrarlo. Álvaro intentó contar que había hecho un dibujo para un concurso, pero nadie le escuchó. De repente gritó: —¡Siempre es Marta! ¡Nunca me escucháis!— y salió corriendo al pasillo. El silencio fue tan denso que casi podía cortarse con un cuchillo.

Me levanté y fui tras él. Le encontré sentado en las escaleras, con las rodillas abrazadas al pecho y los ojos rojos de rabia y tristeza.
—Álvaro, cariño…
—¿Por qué mamá no me quiere igual que a Marta? ¿He hecho algo mal?
No supe qué decirle. Solo le abracé y lloré con él.

Esa noche no pude dormir. Di vueltas en la cama pensando en todo lo que había callado por miedo a romper la paz familiar. Pensé en mi propia madre y en cómo ella también tenía favoritos entre sus hijos. ¿Estamos condenados a repetir los mismos errores?

Al día siguiente llamé a Lucía. Le pedí que viniera sola a casa.
—Hija, tenemos que hablar —le dije con voz firme cuando llegó.
Se sentó frente a mí, cruzando los brazos como si quisiera protegerse.
—¿Otra vez con lo mismo, mamá?
—Lucía, Álvaro está sufriendo. No puedes seguir ignorándolo así.
Ella bajó la mirada y murmuró:
—No sé qué hacer… Con Marta todo es fácil. Con Álvaro… siento que no le entiendo.
—No tienes que entenderle para quererle —le respondí—. Solo tienes que estar ahí.

Lucía rompió a llorar. Por primera vez vi a mi hija vulnerable, perdida.
—Tengo miedo de fallar como madre —me confesó—. A veces siento que no soy suficiente para él.
Le cogí las manos y le dije:
—El amor no se mide ni se reparte por méritos. Solo se da.

Desde entonces intento estar más cerca de Álvaro. Le recojo del colegio cuando puedo, le llevo al parque o le ayudo con los deberes. Pero sé que mi amor de abuela no puede sustituir el cariño de una madre.

A veces veo a Lucía esforzándose por acercarse a su hijo pequeño: le pregunta por sus dibujos, intenta escucharle más… Pero el daño ya está hecho y la herida tarda en cerrarse.

Me pregunto cada día si pude haber hecho algo diferente cuando Lucía era niña; si debí haber hablado antes o haber sido más valiente para enfrentarme a ella cuando empezó a mostrar favoritismo por Marta.

Ahora solo me queda acompañar a mis nietos y esperar que algún día puedan sanar juntos como familia.

¿Vosotros también habéis visto cómo el favoritismo puede romper una familia? ¿Creéis que es posible reparar el daño o es demasiado tarde cuando ya hay heridas tan profundas?