Mi hija ya no es la misma: ¿qué queda de una familia cuando el amor se rompe?

—¿De verdad no vas a venir, Lucía? —le pregunté con la voz temblorosa, apretando el móvil como si pudiera retenerla así, aunque fuera solo en palabras.

Al otro lado, mi hija guardó silencio. Escuché un suspiro, uno de esos que anuncian que la conversación va a terminar antes de que empiece.

—Mamá, no puedo. Sergio tiene una reunión importante y… bueno, ya sabes cómo es todo ahora.

No, no lo sabía. No entendía nada desde hacía meses. Desde que Sergio apareció en la vida de Lucía, mi hija se había ido apagando poco a poco, como una vela en una habitación cerrada. Antes me llamaba cada día, venía a casa los domingos y se reía con su padre viendo el fútbol. Ahora, ni siquiera vino al aniversario de sus padres. Treinta años juntos y ni una llamada.

Recuerdo la primera vez que Sergio vino a casa. Era educado, sí, pero frío. Miraba a Lucía como si fuera un trofeo y a nosotros como si fuéramos un trámite incómodo. Mi marido, Antonio, intentó bromear con él sobre el Real Madrid y Sergio solo sonrió por compromiso. Lucía parecía nerviosa, como si temiera que dijéramos algo fuera de lugar.

—¿Te pasa algo, hija? —le pregunté esa noche mientras recogíamos la mesa.

—Nada, mamá. Es solo que Sergio es muy reservado —me respondió, pero sus ojos evitaban los míos.

Con el tiempo, las visitas se hicieron más escasas. Cuando llamaba para invitarla a comer, siempre había una excusa: trabajo, cansancio, compromisos con la familia de Sergio. Antonio intentaba restarle importancia:

—Ya sabes cómo son los jóvenes ahora, siempre ocupados.

Pero yo sentía que algo se rompía por dentro. La casa estaba más silenciosa y cada vez que pasaba por su habitación vacía sentía un nudo en el estómago.

El día del aniversario preparé su plato favorito: tortilla de patatas con cebolla, como le gustaba desde niña. Puse su copa en la mesa y esperé hasta que las velas se consumieron. Antonio intentó animarme:

—No te preocupes, mujer. Seguro que mañana llama.

Pero no llamó. Ni ese día ni el siguiente.

Una tarde decidí ir a buscarla a su piso en Vallecas. Llamé al timbre y fue Sergio quien abrió la puerta.

—¿Está Lucía? —pregunté intentando sonreír.

—Está ocupada —me contestó sin moverse del umbral—. Si quiere le digo que ha venido.

Sentí una rabia sorda. ¿Desde cuándo necesitaba permiso para ver a mi hija?

—Solo quiero hablar con ella un momento —insistí.

Sergio suspiró y desapareció en el pasillo. Escuché voces bajas y luego apareció Lucía, con el rostro pálido y los ojos hinchados.

—Mamá, ahora no puedo —me dijo en voz baja—. Llámame mañana, ¿vale?

Me marché con el corazón encogido. Esa noche no pude dormir. Antonio me abrazó en silencio y yo lloré hasta quedarme sin lágrimas.

Pasaron semanas sin noticias. La familia empezó a murmurar: que si Lucía se había vuelto una estirada, que si Sergio la tenía dominada, que si nosotros habíamos hecho algo mal. Mi hermana Carmen me llamó un día:

—¿Has pensado que igual Lucía necesita espacio? A veces los hijos tienen que equivocarse para aprender.

Pero ¿y si no era un error? ¿Y si la estábamos perdiendo para siempre?

Un domingo cualquiera, mientras recogía la ropa tendida en la terraza, vi a Antonio sentado en el sofá mirando una foto antigua: Lucía de niña subida a sus hombros en la playa de Benidorm.

—¿Te acuerdas de aquel verano? —me preguntó con la voz rota—. Decía que nunca nos dejaría solos.

No supe qué responderle. Solo sentí una rabia amarga hacia ese hombre que había cambiado a mi hija y hacia mí misma por no haberlo visto venir.

Una tarde recibí un mensaje de Lucía: “Mamá, lo siento mucho. No sé cómo arreglar esto”.

La llamé al instante pero no contestó. Pasaron días hasta que finalmente se atrevió a venir a casa. Estaba más delgada y parecía cansada.

—¿Qué te pasa, hija? —le pregunté mientras le servía un café.

Lucía rompió a llorar.

—No sé quién soy ya, mamá. Sergio me dice que mi familia solo me hace daño, que tengo que pensar en nosotros… Pero yo os echo tanto de menos…

La abracé fuerte y sentí cómo temblaba entre mis brazos.

—Hija mía, pase lo que pase aquí tienes tu casa —le susurré—. Nadie puede romper lo que somos.

Desde entonces las cosas siguen siendo difíciles. Lucía intenta venir más a menudo pero siempre parece asustada, como si tuviera miedo de ser descubierta. Antonio apenas habla del tema; creo que le duele demasiado.

A veces me pregunto si la familia puede sobrevivir cuando alguien de fuera entra y lo cambia todo. ¿Hasta dónde debemos luchar por nuestros hijos? ¿Y cuándo debemos dejarles volar aunque nos duela?

¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Se puede recuperar lo perdido o hay heridas que nunca cierran?