“Mi hijo es mi orgullo, pero mi hija… ¿cómo llegamos a esto?”: El efecto boomerang de la vida en mi familia española
—¡No me hables así, Lucía! —grité, con la voz rota por la rabia y el cansancio—. ¡No tienes ni idea de todo lo que he hecho por vosotros!
Lucía me miró con esos ojos oscuros, tan parecidos a los de su padre, llenos de reproche y dolor. Tenía diecisiete años y una rebeldía que no entendía. Siempre fue distinta a su hermano Álvaro: reservada, callada, con una tristeza silenciosa que me sacaba de quicio. Álvaro, en cambio, era mi sol. Siempre atento, cariñoso, el hijo que cualquier madre querría tener.
La discusión retumbó en el piso de Salamanca como tantas otras veces. Mi marido, Antonio, se encerró en la habitación para evitar el conflicto. Yo me quedé sola en el pasillo, temblando de rabia y frustración. ¿Por qué Lucía no podía ser como Álvaro? ¿Por qué todo era tan difícil con ella?
Recuerdo cuando Lucía nació. Fue un parto complicado; casi nos perdemos las dos. Mi madre decía que eso marcaba a los niños, que los traumas del nacimiento se quedaban en el alma. Yo no creía en esas cosas. Pero desde pequeña, Lucía fue diferente: lloraba mucho, no quería estar en brazos y siempre parecía molesta con el mundo.
En cambio, cuando nació Álvaro dos años después, todo fue fácil. Era un bebé risueño, dormía bien y se acurrucaba conmigo como si fuéramos uno solo. No podía evitar compararles. Y aunque nunca lo dije en voz alta, todos sabían que Álvaro era mi favorito.
En el colegio, Lucía tenía problemas para hacer amigos. Las profesoras decían que era inteligente pero demasiado seria. Yo intentaba animarla, pero acababa perdiendo la paciencia:
—¡Sal un poco! ¡Haz amigas! No puedes pasarte la vida leyendo libros —le decía mientras ella bajaba la cabeza y apretaba los labios.
Álvaro era el opuesto: popular, deportista, siempre rodeado de gente. Cuando venían sus amigos a casa, yo les preparaba merienda y me sentía orgullosa de ser la madre del chico más querido del instituto.
Con los años, la distancia con Lucía creció. Empezó a encerrarse en su cuarto, a contestarme mal y a evitar cualquier conversación conmigo. Yo me refugiaba en las reuniones de vecinos y en las tardes de café con mis amigas del barrio. Allí podía desahogarme:
—No sé qué hacer con Lucía —les decía—. Es como si no quisiera formar parte de esta familia.
Ellas asentían, algunas con pena y otras con alivio porque sus hijos no les daban esos problemas. Yo hablaba sin filtro, como siempre lo hice. Nunca me importó demasiado lo que pensaran los demás; prefería decir las cosas a la cara.
Pero la situación empeoró cuando Lucía cumplió dieciséis años. Un día llegó tarde a casa y yo exploté:
—¿Dónde estabas? ¿Sabes la hora que es?
—Estaba estudiando con Marta —respondió sin mirarme.
—¿Estudiando? ¡No me mientas! Seguro que estabas con ese chico raro del instituto.
Lucía me miró con un odio frío que nunca olvidaré.
—Ojalá tuviera otra madre —susurró antes de encerrarse en su cuarto.
Esa noche lloré por primera vez en mucho tiempo. Pero al día siguiente volví a mi rutina: peluquería por la mañana, supermercado por la tarde y cotilleos con las vecinas al caer el sol. Hablar mal de los demás era mi manera de sentirme superior, de olvidar mis propios fracasos.
Álvaro empezó la universidad en Madrid y yo sentí que perdía mi único apoyo. Le llamaba todos los días:
—¿Cómo va todo, hijo?
—Bien, mamá. No te preocupes tanto —me decía con esa voz dulce que me calmaba.
Lucía seguía distante. Un día encontré una carta en su escritorio. Era para mí:
«Mamá,
No sé cómo hablar contigo sin que acabemos discutiendo. Siento que nunca he sido suficiente para ti. Ojalá algún día puedas quererme como quieres a Álvaro.
Lucía»
Me quedé helada. ¿Era posible que mi hija sintiera eso? ¿Tan mala madre había sido?
Intenté acercarme a ella:
—Lucía, ¿quieres ir al cine conmigo este sábado?
Ella me miró sorprendida, pero negó con la cabeza:
—No hace falta que finjas, mamá.
Esa frase me dolió más que cualquier insulto.
Los meses pasaron y Lucía se fue apagando poco a poco. Un día recibí una llamada del instituto: había tenido una crisis de ansiedad durante un examen. Fui corriendo al hospital y la vi tan frágil, tan pequeña en esa camilla blanca…
—Lo siento —le susurré mientras le acariciaba el pelo—. Perdóname por no haber sabido entenderte.
Ella no respondió. Solo cerró los ojos y dejó escapar una lágrima silenciosa.
Desde aquel día todo cambió. Empecé a ir a terapia familiar con Lucía. Descubrí cosas de mí misma que nunca quise ver: mi necesidad de controlarlo todo, mi incapacidad para aceptar lo diferente, mi miedo al rechazo…
Ahora Lucía vive en Barcelona y apenas hablamos. Álvaro viene a verme cada fin de semana y sigue siendo mi alegría, pero hay un vacío imposible de llenar.
A veces me siento frente al espejo y me pregunto: ¿De qué sirve ser admirada por fuera si por dentro estoy rota? ¿Cuántas madres españolas han sentido lo mismo y no se atreven a decirlo?
¿Y tú? ¿Alguna vez has sentido que preferías a un hijo sobre otro? ¿Crees que se puede reparar una relación así?