Mi hijo quiere casarse y volver a casa: ¿debo sacrificar mi tranquilidad por su felicidad?

—Mamá, necesito hablar contigo —dijo Sergio, mi hijo mayor, con esa voz grave que sólo usa cuando algo importante le quema por dentro.

Era domingo por la tarde y el olor a lentejas aún flotaba en el aire del pequeño piso de Carabanchel. Mi otro hijo, Luis, estaba encerrado en su cuarto, como siempre desde que empezó la universidad. Yo fregaba los platos, intentando no pensar en la factura de la luz que había llegado esa mañana.

—Dime, hijo —respondí, sin dejar de frotar la olla.

Sergio se sentó a la mesa, nervioso. Se pasó la mano por el pelo, igual que hacía su padre antes de marcharse para siempre. Me miró con esos ojos oscuros que heredó de mí.

—Mamá… quiero casarme con Marta. Y… bueno, hemos pensado que podríamos vivir aquí, al menos hasta que ahorremos para un alquiler.

El plato se me resbaló de las manos y cayó al fregadero con un golpe sordo. Sentí cómo el corazón me latía en la garganta. ¿Aquí? ¿En este piso de sesenta metros cuadrados donde ya apenas cabemos tres?

—¿Aquí? —repetí, intentando no sonar tan asustada como me sentía.

—Sí, mamá. Marta y yo no tenemos dinero para irnos a otro sitio. Su madre no la acepta y… bueno, aquí estaríamos juntos. Sólo sería un tiempo —me aseguró, bajando la mirada.

Me apoyé en la encimera. Recordé los años de sacrificios: las noches cosiendo uniformes escolares para pagar el alquiler, las discusiones con Luis por el ruido, los domingos en los que sólo había sopa y pan duro. Todo para que mis hijos tuvieran una vida mejor que la mía.

—¿Y Luis? —pregunté, buscando una excusa para ganar tiempo.

—Luis no tiene problema —mintió Sergio. Lo sabía porque Luis llevaba meses quejándose del poco espacio, de no poder estudiar tranquilo, de soñar con independizarse algún día.

Esa noche no dormí. Me levanté varias veces a mirar el pasillo oscuro, imaginando a Marta entrando y saliendo del baño, a Sergio y ella compartiendo el sofá donde yo veía las noticias cada noche. Pensé en mi rincón de paz desapareciendo bajo el peso de una nueva familia.

Al día siguiente, llamé a mi hermana Carmen. Siempre ha sido mi confidente desde que éramos niñas en Toledo.

—¿Y qué vas a hacer? —me preguntó Carmen al teléfono—. Si le dices que no, te lo echará en cara toda la vida. Si le dices que sí… te vas a volver loca.

—No sé qué hacer —le confesé—. Siento que nunca he tenido un espacio propio. Siempre he vivido para ellos… ¿y ahora también para sus parejas?

Carmen suspiró.

—Piensa en ti por una vez, Lucía. No eres egoísta por querer tranquilidad.

Pero ¿cómo explicarle eso a Sergio? ¿Cómo decirle que después de tantos años luchando sola, ahora necesitaba silencio y orden?

Esa tarde, cuando Sergio volvió del trabajo, le esperé sentada en el sofá.

—Hijo —empecé—, quiero que seas feliz con Marta. Pero este piso es muy pequeño. No sé si podríamos vivir todos aquí sin acabar peleándonos cada día…

Sergio frunció el ceño.

—¿Prefieres quedarte sola antes que ayudarme?

Sentí un nudo en el estómago. No era eso… o sí. Tal vez sí quería estar sola por primera vez en mi vida. Tal vez quería leer tranquila sin escuchar discusiones o risas ajenas detrás de la puerta del baño.

—No es eso, Sergio. Pero también tengo derecho a descansar…

Él se levantó bruscamente.

—Siempre igual. Cuando papá se fue, dijiste que harías todo por nosotros. Ahora que te necesito, me das la espalda.

Me quedé callada mientras él salía dando un portazo. Luis asomó la cabeza desde su cuarto.

—¿Qué pasa?

Le expliqué la situación y él se encogió de hombros.

—Mamá, si Sergio y Marta vienen aquí, yo me voy. No aguanto más gente en este piso.

Me sentí atrapada entre dos fuegos: el deseo de ayudar a mi hijo mayor y la necesidad de proteger mi propio bienestar y el de Luis.

Pasaron los días y Sergio apenas me hablaba. Marta vino una tarde a buscarle y me miró con una mezcla de miedo y esperanza.

—Señora Lucía —me dijo con voz temblorosa—, yo sólo quiero estar con Sergio. No queremos molestarla…

La miré y vi a una chica joven, asustada, buscando un lugar en el mundo igual que yo lo busqué hace años cuando llegué a Madrid con una maleta y dos niños pequeños.

Esa noche lloré en silencio. Recordé cómo era amar sin tener nada y cómo duele pedir ayuda cuando sabes que puedes ser una carga.

Al final, reuní a mis hijos en el salón.

—He pensado mucho —dije—. Este piso es pequeño, pero si todos ponemos de nuestra parte podemos intentarlo unos meses. Pero necesito respeto: horarios, turnos para el baño, silencio cuando Luis estudie… Y si veo que no funciona, tendréis que buscar otra solución.

Sergio me abrazó fuerte. Marta lloró de alivio. Luis resopló pero aceptó a regañadientes.

Ahora vivimos los cuatro juntos. Hay días buenos y días malos: discusiones por la lavadora, risas compartidas en la cocina, silencios incómodos en el pasillo estrecho. A veces me pregunto si hice bien o si sólo pospuse lo inevitable: que mis hijos aprendan a volar solos.

Pero también me pregunto: ¿cuándo es el momento de pensar en una misma sin sentirse culpable? ¿Alguna vez las madres dejamos realmente de sacrificarnos por los hijos?