Mi padre quiere volver: la herida que nunca cerró
—¿Por qué ahora, papá? —le pregunté, con la voz quebrada, mientras el café se enfriaba entre mis manos temblorosas.
Él bajó la mirada. Sus dedos, manchados de nicotina, jugaban nerviosos con el borde de la servilleta. El bar de la esquina de la calle Toledo estaba casi vacío, pero yo sentía que todos nos miraban. Era la primera vez que veía a mi padre en más de veinte años. Mi madre siempre me dijo que él se fue porque no sabía ser padre, que no supo enfrentarse a la responsabilidad. Yo crecí con esa explicación, y aprendí a no odiarlo. Simplemente, lo borré de mi vida.
Pero ahora estaba allí, frente a mí, con el rostro surcado de arrugas y los ojos apagados. Me pidió perdón. Me dijo que estaba enfermo, que no tenía a dónde ir, que necesitaba ayuda. Y yo… yo sentí una mezcla de rabia y lástima que me revolvía el estómago.
—No sé si puedo hacerlo —le dije—. No sé si puedo dejarte entrar en mi casa después de todo este tiempo.
Él asintió, tragando saliva. —Lo entiendo, hijo. Pero no tengo a nadie más.
Salí del bar sin mirar atrás. Caminé por la Plaza Mayor, entre turistas y madrileños con prisa, sintiendo que el mundo seguía girando mientras mi vida se detenía en seco. Llamé a mi madre. Su voz dulce me calmó un poco.
—¿Qué ha pasado, Diego? —preguntó, preocupada.
—He visto a papá —le confesé. Hubo un silencio largo al otro lado.
—¿Qué quiere?
—Quiere volver. Dice que está enfermo y solo.
Mi madre suspiró. —Tú decides, hijo. Pero recuerda todo lo que pasamos tú y yo solos. No te sientas culpable por protegerte.
Colgué y me senté en un banco. Recordé las noches en las que mi madre llegaba tarde del hospital, agotada pero siempre con una sonrisa para mí. Recordé los cumpleaños sin regalos de padre, los partidos de fútbol en los que solo ella aplaudía desde la grada. Recordé cómo aprendí a afeitarme viendo vídeos en YouTube porque no tenía a nadie que me enseñara.
Esa noche no dormí. Daba vueltas en la cama pensando en lo que significaría dejarle entrar en mi vida ahora, cuando por fin había encontrado cierta estabilidad: un trabajo decente en una gestoría, una novia maravillosa llamada Lucía y una relación sólida con mi madre. ¿Por qué tenía que venir ahora a removerlo todo?
Al día siguiente, Lucía vino a casa y me encontró sentado en el sofá, mirando al vacío.
—¿Te pasa algo? —preguntó, sentándose a mi lado.
Le conté todo. Ella me escuchó en silencio y luego me abrazó.
—No tienes ninguna obligación —me dijo—. Pero si decides ayudarle, hazlo por ti, no por él.
Las semanas pasaron y mi padre insistió. Me llamaba desde teléfonos públicos o me dejaba notas en el buzón del portal. Un día apareció en la puerta de mi trabajo. Mis compañeros le miraban con curiosidad mientras él suplicaba hablar conmigo.
—Por favor, Diego… sólo quiero explicarme —me dijo con voz ronca.
Accedí a tomar un café con él otra vez. Me contó su versión: que se sintió ahogado por la responsabilidad, que se marchó porque pensó que era mejor para nosotros, que intentó rehacer su vida pero nunca pudo olvidar lo que dejó atrás.
—No busco excusas —dijo—. Sé que te fallé. Pero ahora sólo quiero un poco de dignidad antes de irme.
Me habló de su enfermedad: cáncer de pulmón avanzado. No tenía dinero ni casa; vivía en una pensión cutre cerca de Atocha. Me pidió quedarse conmigo unas semanas mientras buscaba una residencia pública.
Volví a casa destrozado. Llamé a mi madre otra vez.
—¿Qué hago? —le pregunté, casi llorando.
Ella guardó silencio unos segundos antes de responder:
—Hijo… yo le odié mucho tiempo. Pero aprendí a perdonarle para poder seguir adelante contigo. Haz lo que te dicte el corazón, pero no sacrifiques tu paz por nadie.
Esa noche soñé con mi infancia: veía a mi padre marchándose por el portal mientras yo lloraba agarrado a la pierna de mi madre. Me desperté sudando y supe que tenía que tomar una decisión.
Al día siguiente fui a buscarle a la pensión. Le encontré sentado en la cama, rodeado de bolsas de plástico y pastillas.
—Puedes venirte conmigo —le dije—. Pero sólo hasta que encuentres un sitio mejor. Y hay condiciones: nada de alcohol ni tabaco en casa, y respeto absoluto por mi vida y por mamá si viene a verme.
Él asintió con lágrimas en los ojos.
Los primeros días fueron incómodos. Apenas hablábamos; compartíamos silencios largos y miradas esquivas durante las comidas. Lucía venía menos a casa porque no soportaba la tensión. Mi madre se negó a visitarnos mientras él estuviera allí.
Pero poco a poco algo cambió. Una tarde le vi llorar viendo una película antigua en la tele; otra noche me preguntó tímidamente por mi trabajo y mis amigos. Empezamos a hablar más: sobre fútbol, sobre política, sobre los años perdidos.
Un día le llevé al hospital para una revisión y le vi tan frágil, tan pequeño bajo la bata blanca, que sentí una punzada de compasión inesperada.
—¿Por qué volviste ahora? —le pregunté mientras esperábamos al médico.
Me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Porque quería pedirte perdón antes de morir… y porque eres lo único bueno que hice en esta vida.
No supe qué decirle. Sólo le apreté la mano.
El tiempo pasó rápido; su salud empeoró y finalmente consiguió plaza en una residencia pública para enfermos terminales. El día que se fue de mi casa sentí alivio… pero también un vacío extraño.
Le visité varias veces antes del final. Murió tranquilo, sabiendo que al menos había intentado arreglar algo antes de irse.
Ahora miro atrás y me pregunto: ¿Hice bien en dejarle volver? ¿Se puede realmente perdonar un abandono tan grande? ¿O simplemente aprendemos a vivir con las heridas abiertas?
¿Vosotros qué haríais? ¿Seríais capaces de abrirle la puerta después de tantos años?