Muros Invisibles: Mi Alma Prisionera en un Bloque de Pisos Madrileño
—¡Otra vez has dejado la basura fuera del cubo, Lucía! ¿No te da vergüenza?—. La voz de doña Carmen retumba en el descansillo como una campana rota. Son las siete de la mañana y ya siento el peso del día aplastándome el pecho. Me quedo quieta, con las llaves temblando en la mano, deseando ser invisible. Pero aquí, en este bloque de pisos de Vallecas, nadie es invisible. Todos miran, todos juzgan.
Hace seis meses que mis padres se separaron. Mamá se fue a vivir con su nueva pareja a Alcorcón y papá apenas llama. Me quedé sola en este piso pequeño, rodeada de paredes finas como papel y vecinos que parecen disfrutar espiando cada uno de mis movimientos. Doña Carmen es la peor: siempre está al acecho, siempre tiene algo que reprocharme. A veces me pregunto si su vida sería más vacía sin mí como blanco de sus críticas.
—No le hagas caso, hija —me dice don Antonio, el portero, cuando me ve salir cabizbaja—. Esa mujer lleva amargada desde que tengo memoria.
Pero las palabras de consuelo no llenan el vacío. En el ascensor, los vecinos me esquivan la mirada. En el portal, los niños del tercero cuchichean y se ríen cuando paso. Una vez escuché a la madre de Marta decir: “Esa chica está sola porque algo habrá hecho”.
En el trabajo tampoco encuentro refugio. Soy cajera en un supermercado del barrio y cada día es igual: clientes impacientes, compañeros indiferentes y un jefe que solo sabe gritar. Cuando llego a casa por las noches, me tumbo en la cama y miro el techo desconchado, preguntándome si esto es todo lo que me espera.
Una tarde, mientras intento arreglar la lavadora que gotea sin parar, escucho golpes en la puerta. Es doña Carmen otra vez.
—¿Sabes que el agua está bajando al piso de abajo? ¡Vas a inundar todo el edificio! —grita sin esperar respuesta.
Intento explicarle que estoy haciendo lo posible, pero no me escucha. Siento cómo la rabia y la impotencia me suben por la garganta como un nudo imposible de deshacer.
Esa noche llamo a mamá. Le cuento lo que pasa, esperando una palabra de apoyo. Pero solo recibo silencio al otro lado.
—Lucía, tienes que aprender a apañarte sola —dice finalmente—. Yo también tengo mis problemas.
Cuelgo y me siento más sola que nunca.
Los días pasan y la tensión crece. Un domingo por la mañana, encuentro pintadas en mi puerta: “Rara”, “Vete”. Me tiemblan las piernas. Bajo corriendo a buscar a don Antonio.
—No hagas caso, hija. La gente es mala —me dice mientras limpia las letras con disolvente.
Pero no puedo evitar sentirme atrapada. Cada vez salgo menos de casa. Me asomo a la ventana y veo a los vecinos charlando en corro, compartiendo risas que parecen cuchillos lanzados hacia mí.
Una noche escucho gritos en el piso de arriba. Es la familia de los Fernández, discutiendo como siempre. Me doy cuenta de que no soy la única con problemas aquí, pero eso no me consuela. Al contrario: me hace sentir aún más insignificante.
Un día recibo una carta de papá. No es más que una postal con una foto de Benidorm y una frase escrita deprisa: “Espero que estés bien”. La dejo sobre la mesa sin abrirla del todo.
En el supermercado, una clienta habitual, doña Pilar, se fija en mis ojeras.
—¿Te encuentras bien, Lucía? —pregunta con voz suave.
Por un momento siento ganas de llorar y contarle todo, pero solo sonrío y asiento con la cabeza.
Esa noche decido salir a caminar por el barrio. Las calles están llenas de vida: niños jugando al fútbol, parejas discutiendo en voz baja, ancianos sentados en los bancos hablando del tiempo. Me siento ajena a todo eso, como si estuviera viendo una película desde fuera del cristal.
Al volver al portal, veo a doña Carmen sentada en las escaleras hablando con otra vecina.
—Esa chica no encaja aquí —dice en voz alta, mirándome directamente a los ojos.
Subo corriendo las escaleras y cierro la puerta tras de mí con fuerza. Me derrumbo en el suelo y lloro hasta quedarme sin lágrimas.
Al día siguiente encuentro una nota bajo mi puerta: “Si necesitas hablar, estoy en el 2ºB. —Marina”.
No conozco a Marina, pero su letra es cálida y redonda. Paso horas dudando si llamar o no a su puerta. Finalmente reúno valor y subo al segundo piso.
Marina es una mujer joven, con el pelo corto y sonrisa tímida. Me invita a pasar y me ofrece un café.
—Te he visto muchas veces sola —dice—. Yo también llegué aquí sin conocer a nadie. No es fácil empezar de cero.
Por primera vez en meses siento que alguien me entiende. Hablamos durante horas sobre nuestras vidas, nuestros miedos y sueños rotos.
A partir de ese día empiezo a salir más de casa. Marina me presenta a otros vecinos jóvenes que tampoco encajan del todo en este bloque lleno de miradas viejas y prejuicios antiguos. Poco a poco empiezo a sentirme menos invisible.
Pero los muros siguen ahí: los chismes, las miradas reprobatorias, los susurros cuando paso por el pasillo. A veces pienso en marcharme lejos, empezar otra vez en otro lugar donde nadie conozca mi historia ni el dolor que arrastro.
Sin embargo, cada vez que dudo, recuerdo las palabras de Marina: “No eres tú la rara; es este sitio el que aún no ha aprendido a aceptar lo diferente”.
Hoy escribo esto sentada junto a la ventana abierta, escuchando el bullicio del barrio mezclado con mis propios pensamientos. Sigo luchando contra esos muros invisibles que me rodean, pero ya no estoy completamente sola.
¿Será posible encontrar algún día un hogar donde pueda ser yo misma sin miedo? ¿Cuántos más como yo estarán ahora mismo tras sus propias paredes invisibles esperando ser vistos?