«Necesito un respiro» – Cómo me quedé sola con mi hija recién nacida y mis propios miedos
—No puedo más, Marta. De verdad, no puedo —me dijo Sergio aquella noche, con la voz quebrada y los ojos rojos de cansancio. Lucía lloraba en la cuna, su llanto agudo rebotando en las paredes del piso de Vallecas. Yo temblaba, con el camisón manchado de leche y ojeras que me llegaban hasta el alma.
—¿Y qué quieres que haga? —le respondí, casi sin voz—. ¿Que deje de ser madre? ¿Que desaparezca?
Él se pasó las manos por el pelo, desesperado. —Vete unos días a casa de tus padres. Yo… necesito pensar. No puedo con esto. No sé si quiero seguir así.
Me quedé helada. ¿Así? ¿Así cómo? ¿Con una hija recién nacida? ¿Con noches sin dormir y pañales sucios? ¿Con la vida patas arriba porque una personita depende de ti para todo? No supe qué decirle. Solo sentí cómo se me rompía algo por dentro.
Al día siguiente, hice la maleta con manos temblorosas. Mi madre vino a buscarme en su Seat Ibiza azul, preguntando poco y abrazando mucho. Lucía dormía en el capazo, ajena a todo menos a mi olor y mi pecho. Yo iba en el asiento de copiloto mirando por la ventanilla, viendo pasar los bloques grises y los bares cerrados, preguntándome en qué momento mi vida se había convertido en esto.
En casa de mis padres, todo era igual que siempre: el reloj de cuco en el pasillo, el olor a café por las mañanas, la tele puesta con el volumen demasiado alto. Pero yo ya no era la misma. Me sentía una intrusa, una niña grande con un bebé en brazos y un marido que no quería estar conmigo.
Las primeras noches fueron un infierno. Lucía lloraba sin parar y yo lloraba con ella. Mi madre intentaba ayudarme, pero yo solo quería a Sergio. O más bien, quería que Sergio quisiera estar con nosotras. Que luchara. Que no huyera.
Una tarde, mientras le daba el pecho a Lucía sentada en el sofá del salón, mi padre se sentó a mi lado. No es hombre de muchas palabras, pero ese día me miró serio y me dijo:
—Hija, nadie te enseña a ser madre ni a ser esposa. Pero si ese chico te quiere dejar sola ahora… tienes que pensar en ti y en la niña.
Me dolió oírlo. Porque yo no quería pensar en mí. Quería que todo volviera a ser como antes: las risas tontas con Sergio, los paseos por El Retiro, los planes para decorar la habitación de la niña. Pero ya nada era igual.
Pasaron los días y Sergio apenas llamaba. Cuando lo hacía, era para preguntar por Lucía, nunca por mí. Sentí rabia, tristeza y una soledad tan grande que a veces me costaba respirar. Empecé a preguntarme si había hecho algo mal, si era demasiado exigente o demasiado torpe como madre.
Una noche, después de dormir a Lucía tras horas de mecerla en brazos, bajé al portal para tomar aire. Llamé a Sergio desde allí, con el corazón encogido.
—Sergio… ¿vas a venir a vernos? —pregunté casi susurrando.
Hubo un silencio largo al otro lado.
—No lo sé, Marta. Estoy muy perdido. No sé si esto es lo que quiero para mi vida.
Sentí que me desplomaba por dentro. Colgué sin decir nada más y subí las escaleras arrastrando los pies.
Los días siguientes fueron una mezcla de rutinas agotadoras: biberones, pañales, paseos cortos por el barrio con Lucía dormida en el carrito y miradas curiosas de las vecinas. Mi madre intentaba animarme:
—Marta, eres fuerte. Siempre lo has sido. No necesitas a nadie para salir adelante.
Pero yo no quería ser fuerte. Quería ser feliz. Quería una familia.
Un domingo por la tarde, Sergio apareció sin avisar. Llevaba barba de varios días y ojeras profundas.
—¿Podemos hablar? —me dijo desde la puerta del salón.
Mi madre se llevó a Lucía al dormitorio y nos dejó solos.
—No sé qué me pasa —empezó él—. Me siento ahogado… No puedo con la responsabilidad… Me da miedo fallaros.
—¿Y crees que yo no tengo miedo? —le respondí entre lágrimas—. Pero aquí estoy, luchando cada día por nuestra hija… y por nosotros.
Se quedó callado mucho rato. Luego bajó la cabeza.
—No sé si puedo ser el padre que Lucía necesita… ni el marido que tú mereces.
Sentí rabia y compasión al mismo tiempo. Le cogí la mano.
—Nadie sabe hacerlo perfecto desde el principio. Pero huir no es la solución.
Esa noche se fue sin darme una respuesta clara. Y yo entendí que quizá tendría que empezar a imaginarme un futuro diferente al que soñé.
Han pasado semanas desde entonces. Sergio llama de vez en cuando pero sigue sin decidirse. Yo he aprendido a cuidar sola de Lucía, a pedir ayuda cuando la necesito y a dejar de culparme por lo que no puedo controlar.
A veces me pregunto si alguna vez volveremos a ser una familia o si solo éramos dos personas asustadas intentando hacer lo correcto sin saber cómo.
¿De verdad se puede estar tan sola dentro de un matrimonio? ¿Cuántas mujeres más sienten este vacío y este miedo cada noche? ¿Y tú… alguna vez has sentido que tu vida se desmorona justo cuando más necesitas apoyo?