“No haces nada en todo el día”: Mi lucha por el respeto durante la baja por maternidad

—¡Lucía, de verdad, no entiendo cómo puedes estar tan cansada si no haces nada en todo el día!—. La voz de Sergio retumbó en el pasillo, justo cuando yo intentaba dormir a Martina, que llevaba más de una hora llorando. Sentí cómo la rabia y la tristeza se mezclaban en mi pecho, pero no dije nada. No podía. Si abría la boca, solo saldrían lágrimas.

Me llamo Lucía y hace seis meses que estoy de baja por maternidad. Antes trabajaba como administrativa en una gestoría del centro de Madrid, pero desde que nació Martina, mi mundo se redujo a los 70 metros cuadrados de nuestro piso en Vallecas. Cada día es una batalla: contra el cansancio, contra la soledad, contra la sensación de que todo lo que hago es invisible.

Recuerdo cuando Sergio y yo soñábamos con tener una familia. Hablábamos de paseos por El Retiro, meriendas en casa de mis padres en Alcorcón, risas y fotos felices. Pero la realidad es otra. Desde que Martina llegó, apenas duermo tres horas seguidas. Me despierto con su llanto, le doy el pecho, cambio pañales, lavo ropa manchada de leche y puré, cocino lo que puedo entre gritos y canciones infantiles. A veces ni me ducho hasta la tarde.

Pero para Sergio, todo eso no cuenta. Él sale temprano a trabajar, vuelve cansado y espera encontrar la casa recogida, la cena lista y una mujer sonriente. No ve las horas que paso meciéndola en brazos porque tiene cólicos, ni los momentos en los que me siento en el suelo del baño a llorar porque me siento sola. No ve cómo me esfuerzo por mantenerme entera cuando mi madre me llama y me pregunta si necesito ayuda, pero no quiero preocuparla.

Una tarde, después de otra discusión absurda sobre el desorden del salón, exploté:

—¿De verdad piensas que no hago nada? ¿Crees que esto es fácil?— le grité mientras sostenía a Martina en brazos.

Sergio me miró con esa mezcla de incomprensión y fastidio que tanto odio.

—No digo que sea fácil, Lucía, pero yo también trabajo todo el día y no me quejo tanto— respondió encogiéndose de hombros.

Me sentí diminuta. Como si mis días no valieran nada. Como si cuidar de nuestra hija fuera un privilegio y no un trabajo agotador. Esa noche no pude dormir. Me levanté varias veces solo para mirar a Martina y preguntarme si algún día alguien valoraría todo esto.

Las semanas pasaron y la distancia entre Sergio y yo creció. Empezó a llegar más tarde a casa, a salir con sus amigos los viernes. Yo me quedaba sola con Martina, viendo series en silencio para no despertarla. Mis amigas del trabajo dejaron de llamarme; supongo que pensaban que estaba demasiado ocupada o demasiado cambiada.

Un día, mi vecina Carmen llamó a la puerta. Tiene dos hijos adolescentes y siempre tiene palabras amables para mí.

—¿Cómo estás, Lucía?— preguntó al verme con ojeras y el pelo recogido en un moño desordenado.

No pude evitarlo: rompí a llorar delante de ella.

—Estoy agotada, Carmen. Siento que nadie entiende lo difícil que es esto. Sergio cree que estoy aquí tumbada viendo la tele todo el día…

Carmen me abrazó fuerte.

—Eso nos ha pasado a todas, hija. Pero tienes que hablarlo con él. No puedes dejar que te haga sentir menos.

Esa noche esperé a que Sergio llegara. Martina dormía por fin y yo tenía preparado un café frío sobre la mesa.

—Tenemos que hablar— le dije sin rodeos.

Le conté todo: mi cansancio, mi soledad, mi miedo a perderme a mí misma entre pañales y biberones. Le hablé del dolor de sentirme invisible, del esfuerzo diario por mantenernos a flote.

Sergio me escuchó en silencio. Por primera vez vi en sus ojos algo parecido al arrepentimiento.

—No sabía que te sentías así… Yo solo… Estoy agobiado también, Lucía. El trabajo va fatal y siento que te estoy fallando como marido y como padre.

Nos abrazamos entre lágrimas contenidas. No solucionamos todo esa noche, pero fue un comienzo.

Poco a poco empezamos a repartirnos las tareas. Sergio se levantaba alguna noche para calmar a Martina; los fines de semana cocinábamos juntos mientras ella dormía la siesta. Incluso salimos un par de veces solos gracias a mi madre.

Pero el camino hacia el reconocimiento fue largo. La familia de Sergio seguía preguntando cuándo volvería yo al trabajo «de verdad»; mis amigas seguían hablando de ascensos y viajes mientras yo solo podía pensar en si Martina comería bien ese día.

A veces me pregunto si alguna vez dejaré de sentirme juzgada por elegir cuidar de mi hija durante sus primeros años. Si algún día la sociedad entenderá que criar a un hijo es tan valioso como cualquier empleo remunerado.

Hoy Martina tiene casi un año y empieza a dar sus primeros pasos. Cuando la veo reírse conmigo en el parque o abrazarse fuerte a mi cuello después de una pesadilla, sé que todo este esfuerzo ha valido la pena.

Pero aún me duele recordar aquellas palabras: «No haces nada en todo el día». ¿Cuántas mujeres más las escuchan cada día? ¿Cuándo aprenderemos a valorar lo invisible?

¿Y tú? ¿Alguna vez has sentido que tu esfuerzo no se ve? ¿Qué harías tú en mi lugar?