No Pude Decirle la Verdad a Su Madre: Vivir con el Hijo de Mamá

—¿Por qué no puedes ser como Marta, la mujer de tu primo? Ella ya le ha dado dos nietos a su suegra —me espetó Rosario, su voz retumbando en la cocina mientras yo intentaba no romper el plato que tenía entre las manos.

Mi nombre es Carmen y, desde hace siete años, mi vida gira en torno a Alejandro y, por desgracia, también a su madre. Cuando nos casamos en la iglesia de San Isidro, en pleno centro de Madrid, pensé que lo más difícil sería acostumbrarme a los ronquidos de mi marido o a sus domingos de fútbol. Qué ingenua fui. Nadie me advirtió que, en realidad, me casaba con dos personas: Alejandro y Rosario.

La primera vez que Rosario entró en nuestra casa sin avisar, yo estaba en bata, con el pelo recogido y la cara sin maquillar. «Ay, hija, ¿así recibes a tu marido?», soltó con esa sonrisa que nunca llegaba a los ojos. Alejandro solo se encogió de hombros y siguió viendo la tele. Yo reí por compromiso. No sabía que ese sería el primero de muchos asaltos a mi intimidad.

Los años pasaron y la presión aumentó. «¿Y los niños para cuándo?», preguntaba Rosario cada Navidad, cada cumpleaños, cada vez que me veía. Al principio, respondía con evasivas. Luego, con mentiras piadosas: «Estamos esperando el momento adecuado». Pero la verdad era otra. Habíamos ido a clínicas, nos habíamos hecho pruebas y el diagnóstico era claro: infertilidad inexplicada. Alejandro no quería hablar del tema. «No hace falta que lo sepa mi madre», me decía cada vez que yo insinuaba contarle la verdad.

Una noche, después de otra discusión sobre las visitas inesperadas de Rosario, exploté:
—¡No puedo más! ¡No puedo seguir fingiendo! ¡No puedo soportar que me mire como si fuera menos mujer por no darle un nieto!
Alejandro bajó la mirada. «Es mi madre… No quiero decepcionarla».

En ese momento sentí una soledad tan profunda que me dolió el pecho. ¿Y yo? ¿No merecía yo también ser protegida?

Las cosas empeoraron cuando Rosario empezó a traerme folletos de clínicas de fertilidad. «Mira, hija, nunca se sabe… A veces el problema es solo cuestión de fe». Yo apretaba los dientes y sonreía. Alejandro nunca decía nada. Era como si su madre hablara por los dos.

Una tarde de otoño, mientras llovía sobre los tejados de Lavapiés, Rosario apareció sin avisar. Me encontró llorando en la cocina. Se sentó frente a mí y me miró fijamente.
—Dime la verdad, Carmen. ¿Es culpa tuya o de Alejandro?
Sentí un nudo en la garganta. Podría haberle contado todo: las noches en vela, los tratamientos fallidos, el dolor de cada negativo. Pero miré a Alejandro, que asomó por la puerta con cara de súplica. No pude hacerlo.
—No lo sé, Rosario —mentí—. A veces las cosas no salen como uno quiere.
Ella suspiró y se levantó sin decir nada más.

Esa noche dormí en el sofá. Alejandro intentó acercarse pero yo ya no podía mirarle igual. Sentía rabia, tristeza y una culpa que no era mía.

Pasaron los meses y la distancia entre nosotros creció. Alejandro seguía siendo el hijo perfecto para su madre y el marido ausente para mí. Yo empecé a salir más con mis amigas, a buscar espacios donde pudiera respirar sin sentirme juzgada.

Un día, mi amiga Lucía me preguntó:
—¿Por qué sigues ahí? ¿Por qué permites que te traten así?
No supe qué responderle. ¿Por amor? ¿Por miedo? ¿Por costumbre?

La gota que colmó el vaso llegó una tarde de verano. Rosario organizó una comida familiar e invitó a toda la familia menos a mí. «Es solo para los de sangre», le dijo a Alejandro por teléfono. Él fue igualmente.

Esa noche le esperé despierta.
—¿Por qué has ido? —le pregunté cuando entró por la puerta.
—Es mi madre… No podía decirle que no.
—¿Y yo? ¿Cuándo vas a elegirnos a nosotros?
Alejandro no respondió. Se fue a dormir sin mirar atrás.

Esa noche tomé una decisión. Al día siguiente empaqué mis cosas y me fui al piso de Lucía. Lloré durante horas pero sentí un alivio inmenso. Por primera vez en años podía respirar.

Alejandro vino a buscarme días después.
—Carmen, vuelve a casa. Mi madre está muy preocupada.
Me reí amargamente.
—¿Y tú? ¿Tú lo estás?
No supo qué decirme.

Hoy vivo sola en un pequeño piso en Malasaña. A veces me encuentro con Rosario en el mercado y me mira como si hubiera perdido algo valioso. Quizás sí lo perdió: una nuera sumisa dispuesta a cargar con culpas ajenas.

A veces me pregunto si hice bien en callar aquella tarde en la cocina. Si debí contarle la verdad a Rosario o si fue mejor proteger a Alejandro hasta el final. Pero sobre todo me pregunto: ¿cuántas mujeres más viven atrapadas entre el amor y el deber? ¿Cuántas callan para no romper una familia que ya está rota?