No soy como las otras abuelas: el eco de un amor olvidado

—No eres como las otras abuelas, abuela. Me das vergüenza —me dijo Lucía, mi nieta, con la voz temblorosa y los ojos clavados en la pantalla de su móvil. Sentí un frío recorrerme la espalda, como si alguien hubiera abierto de golpe la ventana en pleno enero madrileño. Me quedé callada, con las manos apretadas sobre el delantal, mientras el olor a cocido se mezclaba con el sabor amargo de sus palabras.

No supe qué responder. ¿Cómo se responde a eso? ¿Cómo le explico a Lucía que yo también fui joven, que también soñé con ser otra persona, con tener una vida distinta? Que mi juventud quedó enterrada entre pañales, noches en vela y la mirada dura de mi suegra, Carmen, que siempre me recordaba que «una mujer decente no levanta la voz ni sale sola a la calle».

Lucía tiene dieciséis años y vive en un mundo que no entiendo. Se pinta las uñas de colores imposibles, escucha música que me resulta estridente y habla de cosas que me suenan a chino: influencers, likes, stories. Yo apenas sé usar el WhatsApp para mandarle fotos del perro a mi hija Marta. Pero lo intento. De verdad que lo intento.

—¿Por qué dices eso, hija? —le pregunté al fin, con un hilo de voz.

Lucía suspiró y rodó los ojos, como si le pesara tener que explicarme algo tan obvio.

—Porque no eres moderna. No sabes nada de lo que me gusta. No tienes ni idea de TikTok. Y siempre estás hablando del pasado, de cuando todo era mejor. Mis amigas tienen abuelas que van al gimnasio, que viajan solas, que se visten bien… Tú solo sabes hacer croquetas y ver novelas.

Sentí una punzada en el pecho. ¿Eso es todo lo que soy para ella? ¿Una vieja pasada de moda?

Me encerré en la cocina y lloré en silencio. No quería que Marta me viera así. Ella ya tiene bastante con su trabajo en el hospital y su marido, Antonio, que apenas aparece por casa desde que lo ascendieron. Siempre pensé que cuando fuera mayor tendría tiempo para mí, para mis cosas. Pero la vida se me fue entre los dedos cuidando de todos menos de mí misma.

Esa noche no pude dormir. Me levanté y abrí la caja de fotos antiguas. Allí estaba yo, con veinte años, en la playa de Benidorm con mi primer novio, Manuel. Sonreía como si el mundo fuera mío. Pero Manuel murió en un accidente antes de que pudiéramos casarnos. Después llegó Julián, mi marido durante cuarenta años. Un hombre bueno pero frío, incapaz de decir «te quiero» sin tartamudear.

Pensé en todas las veces que callé para no molestar, en los sueños que guardé en un cajón porque «no eran para mujeres como yo». Y ahora mi nieta me reprocha no ser moderna.

Al día siguiente intenté acercarme a Lucía. Le pregunté por sus estudios, por sus amigas, por esa música tan rara que escucha. Me miró con desconfianza al principio, pero luego se relajó un poco.

—¿Tú nunca quisiste hacer algo diferente? —me preguntó de repente.

Me sorprendió su interés. Dudé antes de responder.

—Sí, hija. Quise ser maestra. Pero mi padre decía que las mujeres debían casarse pronto y cuidar de la familia. Así era antes.

Lucía frunció el ceño.

—Eso es muy injusto.

Asentí y sentí cómo una lágrima me resbalaba por la mejilla.

—Lo sé. Pero así era la vida entonces.

Durante semanas nuestra relación fue un tira y afloja constante. Marta intentaba mediar entre nosotras, pero estaba agotada y apenas tenía tiempo para sentarse a cenar con nosotras. Antonio seguía ausente y Lucía cada vez más encerrada en su mundo digital.

Un día escuché a Lucía llorar en su habitación. Dudé si entrar o no, pero al final llamé suavemente a la puerta.

—¿Puedo pasar?

No respondió, pero abrí despacio y la vi hecha un ovillo sobre la cama.

—¿Qué te pasa, hija?

—Nada —murmuró sin mirarme.

Me senté a su lado y le acaricié el pelo como hacía cuando era pequeña.

—A veces es más fácil hablar con alguien que ha pasado por mucho —le dije suavemente.

Lucía sollozó más fuerte.

—Me han hecho bullying en clase… Por ser diferente. Por no encajar —confesó al fin.

Sentí una mezcla de rabia e impotencia. Quise abrazarla fuerte y decirle que todo pasaría, pero solo pude apretar su mano.

—Ser diferente duele —le susurré—. Pero también te hace fuerte. Yo tampoco encajé nunca del todo. Ni siquiera ahora.

Nos quedamos así un rato largo, en silencio, compartiendo el peso de nuestras soledades.

A partir de ese día algo cambió entre nosotras. Lucía empezó a contarme pequeñas cosas: una canción nueva, una anécdota del instituto, una foto graciosa del perro. Yo le enseñé a hacer croquetas y ella me enseñó a usar Instagram (aunque sigo sin entenderlo del todo).

Marta nos miraba desde la puerta con una sonrisa cansada pero agradecida. Antonio seguía ausente, pero ya no importaba tanto: habíamos encontrado un pequeño refugio la una en la otra.

A veces pienso en todo lo que perdí por miedo o por costumbre. En los sueños rotos y las palabras no dichas. Pero también pienso en lo que aún puedo dar: amor, paciencia y un poco de esa sabiduría antigua que no cabe en ninguna red social.

Ahora Lucía me abraza antes de irse al instituto y me llama «abuela vintage» con cariño. No soy moderna ni falta que me hace: soy su abuela y eso basta.

¿De verdad tenemos que parecernos a los demás para ser queridos? ¿O basta con ser nosotros mismos y esperar a que alguien vea nuestro valor? ¿Vosotros qué pensáis?