No soy la criada de la familia: el día que dije basta

—¿Puedes venir mañana a las ocho? —La voz de Lucía, mi nuera, sonaba seca al teléfono, como si estuviera pidiendo un café y no mi tiempo.

Miré el reloj. Eran las diez de la noche y yo ya estaba en bata, con los pies hinchados después de pasar todo el día cuidando de mis nietos. Mi hijo, Álvaro, trabajaba hasta tarde y Lucía tenía una reunión importante. Otra vez. Otra vez yo, Marisa, la abuela disponible, la que nunca dice que no.

—¿Mañana? —dije, intentando que no se notara el cansancio en mi voz—. Es que tengo cita con el médico a las nueve…

—Bueno, pero puedes venir antes y luego vuelves, ¿no? Es solo un rato —insistió ella, sin un atisbo de agradecimiento.

Colgué y me quedé mirando el móvil. Sentí una punzada en el pecho. ¿En qué momento había dejado de ser la madre de Álvaro para convertirme en la niñera gratuita de Lucía? ¿Cuándo mi ayuda se había convertido en una obligación?

Recordé cuando nació Paula, mi primera nieta. Lucía lloraba de agotamiento y yo me ofrecí a quedarme las noches para que pudiera dormir. Lo hice con gusto, porque era mi familia. Pero con los años, lo que empezó como un gesto de amor se transformó en una rutina impuesta: llevar y recoger a los niños del colegio, hacer la compra, prepararles la merienda…

Una tarde, mientras doblaba ropa en su salón, escuché a Lucía hablando por teléfono:

—Sí, sí, no te preocupes. Mi suegra está aquí todo el día. Es como tener una asistenta gratis —rió.

Sentí cómo se me encogía el estómago. No era la primera vez que lo decía. Y cada vez que lo escuchaba, una parte de mí se rompía un poco más.

Esa noche, cuando Álvaro llegó del trabajo, intenté hablar con él.

—Hijo, estoy un poco cansada últimamente… Quizá debería venir menos días…

Él ni siquiera levantó la vista del móvil.

—Mamá, Lucía y yo confiamos en ti porque sabemos que los niños están bien contigo. Además, tú tienes tiempo —dijo, como si fuera lo más natural del mundo.

Me fui a casa llorando. No por el cansancio físico, sino por sentirme invisible. Por darlo todo y no recibir ni un «gracias».

Pasaron semanas. Cada vez me costaba más levantarme por las mañanas. Empecé a tener dolores de cabeza y a perder el apetito. Mi hermana Carmen me decía:

—Marisa, tienes que poner límites. No eres su criada.

Pero yo no sabía cómo hacerlo sin sentirme culpable. En España, la familia es sagrada. ¿Cómo iba a decirles que no?

Un día, mientras recogía a Paula del colegio, la niña me miró y dijo:

—Abuela, ¿por qué siempre estás cansada?

No supe qué responderle. Esa noche apenas dormí. Me di cuenta de que estaba enseñando a mis nietos que una mujer debe sacrificarse siempre por los demás.

Al día siguiente, Lucía me llamó temprano:

—Marisa, ¿puedes quedarte esta tarde también? Tengo pilates y luego una cena con unas amigas.

Sentí cómo algo dentro de mí se rompía definitivamente.

—No puedo —respondí con voz temblorosa.

Hubo un silencio incómodo al otro lado.

—¿Cómo que no puedes? ¿Tienes algo más importante?

Respiré hondo.

—Sí. Yo misma. Necesito descansar. Y necesito que entendáis que no puedo seguir así.

Lucía colgó sin despedirse. A los pocos minutos me llamó Álvaro:

—Mamá, ¿qué ha pasado? Lucía está muy enfadada.

Por primera vez en años, le hablé claro:

—Lo que ha pasado es que estoy agotada y siento que nadie lo ve. Os quiero mucho, pero necesito tiempo para mí. No soy vuestra empleada.

Hubo otro silencio largo.

—Mamá… no sabía que te sentías así —dijo al fin.

Durante días no supe nada de ellos. Me sentí culpable y liberada al mismo tiempo. Empecé a salir a caminar por el parque, a leer novelas que tenía olvidadas en la estantería y a tomar café con Carmen sin mirar el reloj.

Una tarde recibí un mensaje de Paula: «Abuela, ¿puedes venir a jugar conmigo? Te echo de menos». Se me hizo un nudo en la garganta. Fui a verla, pero esta vez solo una hora y después me despedí con un beso.

Poco a poco, Lucía empezó a saludarme con más respeto. Álvaro me preguntaba cómo estaba antes de pedirme favores. No fue fácil al principio; hubo discusiones y silencios incómodos en las comidas familiares. Pero aprendí a decir «no» sin sentirme mala madre o mala abuela.

Hoy miro atrás y me doy cuenta de lo importante que fue aquel día en que dije basta. Porque si yo no me cuido, ¿quién lo hará?

¿Hasta cuándo vamos a permitir que nos tomen por invisibles solo porque somos mujeres y madres? ¿Cuándo aprenderemos a poner límites sin miedo al qué dirán?