No soy la misma mujer: La historia de Mariola, que se niega a ser el fondo de la familia de otro
—¿Por qué siempre tengo que ser yo la que recoge los juguetes? —grité, con la voz quebrada, mientras el eco de mi pregunta se perdía entre los gritos de los niños y el zumbido del televisor encendido. Nadie me respondió. Zbyszko estaba en la terraza, fumando y mirando al horizonte como si el caos del salón no fuera con él. Agata, mi hijastra, se reía con su móvil pegado a la oreja, sentada en el sofá como si estuviera en su propia casa. Y yo… yo recogía los restos de otro fin de semana robado.
Me llamo Mariola y hace cinco años que me casé con Zbyszko, un hombre bueno, sí, pero incapaz de poner límites a su hija. Cuando nos conocimos, pensé que por fin había encontrado a alguien con quien construir una vida tranquila. Pero nunca imaginé que mi mayor lucha sería por defender mi propio espacio en mi propia casa.
Al principio, Agata venía sola los domingos a comer. Era incómodo, pero soportable. Luego llegaron sus hijos, Mateo y Lucía, dos terremotos de seis y cuatro años. Y con ellos, el desorden, los gritos y la sensación constante de estar de más. Los fines de semana dejaron de ser míos. El salón se llenaba de juguetes, migas de pan y peleas infantiles. Yo me convertí en la sombra que limpia, cocina y sonríe para no molestar.
—Mariola, ¿puedes hacerme un café? —me pidió Agata una tarde, sin apartar la vista del móvil.
—Claro —respondí por inercia, aunque por dentro sentía ganas de gritarle que se levantara y lo hiciera ella misma. Pero no lo hice. Porque siempre he sido la que evita los conflictos, la que prefiere callar antes que discutir.
Zbyszko me abrazaba por las noches y me decía: “Son solo niños, cariño. Ya crecerán”. Pero yo sentía que cada fin de semana me hacía más pequeña, más invisible. Empecé a evitar estar en casa los sábados por la tarde. Me refugiaba en la biblioteca del barrio o daba largos paseos por el parque, mirando a las familias felices y preguntándome si alguna vez yo tendría derecho a ser protagonista en mi propia vida.
Una noche, después de otro domingo agotador, me senté frente al espejo del baño y apenas me reconocí. Tenía ojeras profundas y el pelo recogido en un moño descuidado. Me pregunté en voz baja:
—¿Quién eres ahora, Mariola?
La respuesta no llegó. Solo sentí un nudo en la garganta y las lágrimas rodando por mis mejillas. No era la mujer alegre y segura que había sido antes de casarme. Ahora era una extraña en su propia casa.
La gota que colmó el vaso llegó una tarde de primavera. Había preparado una cena especial para Zbyszko: tortilla española, ensalada de tomate y un vino tinto que había guardado para una ocasión especial. Pero justo cuando íbamos a sentarnos a la mesa, Agata apareció sin avisar con los niños.
—Perdona, papá, ¿puedes quedarte con los peques un rato? Tengo una reunión urgente —dijo Agata mientras dejaba a Mateo y Lucía en el recibidor y salía corriendo sin esperar respuesta.
Zbyszko me miró con cara de súplica. Yo apreté los labios y asentí. La cena se enfrió mientras calmaba a Lucía, que lloraba porque quería ver dibujos animados, y recogía el zumo derramado por Mateo. Cuando por fin logré sentarme a la mesa, Zbyszko ya había terminado de cenar.
Esa noche no pude dormir. Sentí una rabia sorda creciendo dentro de mí. ¿Por qué tenía que aceptar siempre ser el fondo de la familia de otro? ¿Por qué nadie pensaba en mí?
Al día siguiente, decidí hablar con Zbyszko. Temblaba mientras preparaba el café.
—Zbyszko, necesito hablar contigo —dije con voz firme.
Él me miró sorprendido.
—¿Qué pasa?
—No puedo más —confesé—. Siento que no tengo espacio en mi propia casa. Cada fin de semana es lo mismo: Agata viene cuando quiere, deja a los niños aquí y yo… yo desaparezco. No quiero ser solo la mujer que limpia y cuida a los hijos de otros. Quiero ser tu pareja, quiero tener una vida juntos… pero así no puedo seguir.
Zbyszko guardó silencio unos segundos eternos.
—Mariola… sabes que Agata lo está pasando mal…
—¿Y yo? —le interrumpí— ¿Alguien piensa en cómo estoy yo?
Por primera vez vi duda en sus ojos.
—No quiero perderte —susurró él.
—Entonces ayúdame a no perderme yo —le respondí.
A partir de ese día las cosas cambiaron… un poco. Zbyszko empezó a poner límites: avisaba a Agata cuando no podíamos cuidar a los niños o le pedía que recogiera después de jugar. Pero el peso seguía ahí: la culpa por querer mi espacio, el miedo a parecer egoísta ante una familia que no era la mía.
Un domingo decidí marcharme sola al Retiro. Me senté bajo un árbol y escribí en mi diario:
“No soy la misma mujer que hace cinco años dijo ‘sí’. Ahora sé lo que es desaparecer poco a poco entre las paredes de una casa llena de voces ajenas. Pero también sé que tengo derecho a existir, a pedir respeto y a no ser solo el fondo borroso de la foto familiar.”
A veces me pregunto si alguna vez podré sentirme realmente en casa aquí. ¿Cuántas mujeres habrá como yo, luchando por no desaparecer tras las expectativas de otros? ¿Es egoísmo querer ser protagonista en tu propia vida?