Nunca Más: El Día Que Cuidé a Mi Nieto

—Mamá, por favor, no tengo a quién más recurrir. Mateo lleva toda la noche con fiebre y la guardería no lo acepta así. Paula tiene clases en la universidad y después va al salón de belleza. No puedo faltar al trabajo otra vez—. La voz de Lucía temblaba al otro lado del teléfono, y yo sentí cómo el peso de la responsabilidad caía sobre mis hombros.

No era la primera vez que me pedía un favor así, pero esta vez algo dentro de mí se rebeló. Tenía planes: mi cita con la cardióloga, la compra semanal, ese rato de café con mis amigas del barrio. Pero ¿cómo decirle que no a mi hija cuando la oigo tan rota? Suspiro, cierro los ojos y cedo: —Tráemelo, Lucía. Yo me encargo de Mateo hoy.

A las nueve y media, Lucía llega corriendo, con ojeras y el pelo recogido a toda prisa. Me da un beso fugaz y deja a Mateo en mis brazos. El niño está caliente como un horno y apenas abre los ojos. —Te dejo el Dalsy en la mochila. Si sube mucho la fiebre, me llamas—. Y se va sin mirar atrás.

Me quedo sola con Mateo en el salón. El silencio es denso, solo roto por su respiración pesada y algún que otro gemido. Me siento en el sofá y lo acuno, recordando cuando Lucía era pequeña y yo hacía lo mismo con ella. Pero ahora tengo setenta años, las fuerzas no son las mismas y el miedo a que le pase algo al niño me atenaza el pecho.

A media mañana, Mateo vomita sobre mi blusa favorita. No pasa nada, me digo, esto es normal. Lo cambio, limpio el sofá como puedo y le doy agua a sorbitos. Él me mira con esos ojos grandes y tristes que me parten el alma. Intento ponerle dibujos animados para distraerlo, pero solo quiere estar en mis brazos.

A las once, suena el teléfono. Es Paula:
—Abuela, ¿puedes plancharme la camisa blanca? Tengo una presentación en la uni y no me da tiempo.
—Paula, cariño, estoy con tu hermano enfermo. ¿No puedes plancharla tú?
—¡Jo, abuela! Siempre igual…
Cuelga antes de que pueda decir nada más.

Siento una punzada de rabia mezclada con tristeza. ¿En qué momento pasé de ser madre a ser la solución para todo? ¿Por qué nadie piensa en mí?

Mateo empieza a llorar desconsolado. Le tomo la temperatura: 39,2ºC. Le doy el jarabe y llamo a Lucía.
—¿Seguro que no deberíamos llevarlo al médico?
—Mamá, si le baja la fiebre con el Dalsy, mejor no moverlo. Si empeora me avisas.

Me siento impotente. Recuerdo cuando mi marido Enrique estaba enfermo y yo era la única que podía cuidarle. Nadie preguntaba cómo estaba yo. Ahora Enrique ya no está y siento su ausencia más que nunca.

A las dos de la tarde intento prepararme algo para comer. Mateo duerme en el sofá, pero apenas pruebo bocado porque cada vez que tose me sobresalto. El móvil vibra: es Lucía otra vez.
—¿Cómo está?
—Igual…
—¿Puedes recoger a Paula en la parada del bus? Lleva muchas cosas.

Respiro hondo para no gritar. ¿Es que nadie ve que no puedo con todo?

Salgo a la calle con Mateo en brazos envuelto en una manta. Hace frío y me duele la espalda. Paula sube al coche sin saludar apenas.
—¿Por qué traes al niño? Podría haberse quedado solo un rato…
La miro incrédula.
—¿Solo? Tiene fiebre alta, Paula.
Ella resopla y se pone los cascos.

De vuelta en casa, Mateo vuelve a vomitar. Paula se encierra en su cuarto sin ayudarme siquiera a cambiar las sábanas del niño. Me siento invisible.

A las cinco llega Lucía corriendo del trabajo.
—¿Qué tal todo?
—Mateo ha estado malito todo el día. He tenido que salir a por Paula con él enfermo…
Lucía suspira.
—Mamá, es que no tengo ayuda…

Me muerdo la lengua para no decirle que yo tampoco tengo ayuda. Que también estoy cansada, que también tengo miedo.

Cuando por fin se van, recojo los restos del día: sábanas sucias, platos sin fregar, mi blusa manchada de vómito. Me siento en el sofá vacío y lloro en silencio.

¿Por qué damos por hecho que las abuelas siempre estamos disponibles? ¿Por qué nadie pregunta cómo estamos nosotras? ¿Hasta cuándo vamos a ser las cuidadoras invisibles?

¿Y vosotras? ¿Os habéis sentido alguna vez así? ¿Dónde está el límite entre ayudar y olvidarse de una misma?