Nunca pensé que mi hijo se alejaría tanto: mi nuera me trata como una extraña
—¿Por qué no me avisasteis de que la niña tenía función en el colegio? —pregunté, con la voz temblorosa, mientras sostenía entre las manos la taza de café frío. Lucía ni siquiera levantó la vista del móvil. Álvaro, mi hijo, se limitó a encogerse de hombros desde el otro lado de la mesa.
—Mamá, fue algo del último momento… y además, solo podían ir dos personas por familia —dijo él, sin mirarme a los ojos.
Sentí cómo el suelo se abría bajo mis pies. ¿Desde cuándo mi presencia era un problema? ¿En qué momento me convertí en una invitada incómoda en la vida de mi propio hijo?
Me llamo Rosario, tengo 67 años y vivo en un pequeño piso en Vallecas desde que enviudé hace cinco años. Álvaro es mi único hijo. Lo crié sola durante años, trabajando de cajera en un supermercado y haciendo milagros para que nunca le faltara nada. Recuerdo cuando era pequeño y me abrazaba fuerte, prometiéndome que nunca me dejaría sola. Pero todo cambió cuando conoció a Lucía.
Lucía es una mujer elegante, siempre impecable, con una sonrisa perfecta y palabras medidas. Al principio pensé que era tímida conmigo, pero pronto entendí que simplemente no quería que yo formara parte de su vida. Cuando se casaron, me sentí feliz; por fin Álvaro tenía su propia familia. Pero poco a poco empecé a notar cómo las llamadas se espaciaban, las visitas se reducían y las excusas se multiplicaban.
—Rosario, ¿te importa si hoy no vienes a comer? Es que tenemos mucho lío con la niña —me decía Lucía por teléfono, con esa voz dulce que no admitía réplica.
Al principio intenté comprender. Todos tenemos derecho a nuestra intimidad, pensé. Pero después de siete años, cada vez que cruzo el umbral de su casa siento que estoy invadiendo un territorio ajeno. La última vez que fui, Lucía me recibió en la puerta con una sonrisa forzada.
—¡Hola, Rosario! Pasa… pero solo un ratito, ¿vale? Que estamos con mucho jaleo —me dijo mientras miraba el reloj.
La niña, mi nieta Paula, apenas me conoce. Cuando intento abrazarla, se esconde detrás de su madre. Álvaro observa la escena en silencio, como si no supiera qué hacer. Me duele ver cómo se ha convertido en un extraño para mí.
Una tarde de otoño, decidí hablar con él a solas. Le cité en una cafetería del barrio donde solíamos ir cuando era pequeño.
—Álvaro, ¿te pasa algo conmigo? —le pregunté, intentando contener las lágrimas.
Él suspiró y bajó la mirada.
—No es eso, mamá… Es que Lucía dice que a veces te entrometes demasiado. Que opinas sobre cómo educamos a Paula o sobre nuestra casa…
Me quedé helada. ¿Entrometerme? ¿Por querer saber cómo está mi nieta? ¿Por preguntar si necesitan ayuda?
—Solo quiero estar cerca de vosotros —susurré—. No tengo a nadie más.
Álvaro me miró con tristeza.
—Lo sé, mamá… Pero tienes que entender que ahora tengo mi propia familia.
Salí de la cafetería sintiéndome más sola que nunca. Caminé por las calles grises de Madrid preguntándome en qué había fallado. ¿Había sido demasiado protectora? ¿Demasiado exigente? ¿O simplemente sobraba en sus vidas?
Las Navidades fueron especialmente duras ese año. Me llamaron el día 24 por la mañana para decirme que cenarían con los padres de Lucía en Pozuelo y que ya nos veríamos otro día. Preparé una cena para dos y me senté sola frente al televisor, brindando por los recuerdos de cuando Álvaro era pequeño y todo parecía más sencillo.
Mi vecina Carmen vino a verme al día siguiente.
—Rosario, tienes que pensar en ti —me dijo—. Los hijos crecen y hacen su vida. No puedes quedarte esperando siempre a que te llamen.
Pero yo no sabía cómo dejar de esperar. Cada vez que sonaba el teléfono sentía un vuelco en el corazón. Cada vez que veía una foto de Paula en redes sociales —siempre con los padres de Lucía— sentía una punzada de celos y tristeza.
Un domingo cualquiera decidí ir al parque donde solían llevar a Paula. Los vi desde lejos: Lucía charlaba animadamente con su madre mientras Álvaro empujaba el columpio de la niña. Me acerqué despacio, temiendo interrumpir algo sagrado.
—¡Hola! —saludé con una sonrisa nerviosa.
Lucía me miró sorprendida.
—¡Ah! Rosario… No sabíamos que vendrías —dijo, y noté cómo su madre me observaba de arriba abajo.
Paula apenas me saludó antes de volver corriendo al tobogán. Me senté en un banco junto a Álvaro.
—¿Te quedas mucho rato? —me preguntó Lucía al cabo de un rato— Es que luego tenemos comida familiar…
Asentí y me marché antes de tiempo, sintiendo el peso del rechazo clavado en el pecho.
Esa noche lloré como hacía años no lloraba. Recordé todas las veces que renuncié a mis propios sueños por criar a Álvaro sola; todas las noches sin dormir cuando estaba enfermo; todos los cumpleaños organizados con ilusión aunque apenas llegara a fin de mes. ¿De qué servía tanto sacrificio si ahora era una extraña para él?
He intentado hablar con Lucía muchas veces, pero siempre responde con evasivas o frases corteses. Siento que nunca seré suficiente para ella; que mi presencia le molesta aunque no lo diga abiertamente. Y Álvaro… mi hijo parece atrapado entre dos mundos: el mío y el suyo propio.
A veces pienso en mudarme lejos, empezar de cero en otro sitio donde nadie me conozca ni espere nada de mí. Pero luego recuerdo la risa de Paula cuando era bebé y me aferro a la esperanza de que algún día querrá conocerme mejor.
Hoy escribo estas líneas desde mi cocina vacía, preguntándome si el amor materno puede realmente reparar lo que la vida ha roto. ¿Es posible reconstruir un vínculo cuando todo parece perdido? ¿O simplemente debo aprender a soltar y dejar ir?
¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Creéis que aún hay esperanza para una madre como yo?