Padre en la sombra: El peso de una huida
—¿De verdad te vas a ir ahora, Diego? —La voz de Lucía temblaba, pero sus ojos ardían de rabia y miedo.
No respondí. Sentí el frío del pomo en la mano y el peso invisible de todo lo que estaba dejando atrás. Afuera llovía sobre las calles estrechas de Córdoba, y yo, como un cobarde, crucé el umbral sin mirar atrás. Aquella noche, cuando supe que Lucía esperaba trillizos, el vértigo me devoró. No era solo el miedo a ser padre, era el terror a no estar a la altura, a repetir los errores de mi propio padre, que siempre fue una sombra en mi vida.
Durante años viví como un fantasma en Madrid. Cambié de trabajo cada pocos meses: camarero en Lavapiés, reponedor en un supermercado de Vallecas, incluso probé suerte como repartidor de Glovo. Cada vez que veía a un padre con sus hijos en el parque, sentía una punzada en el pecho. Pero nunca tuve valor para volver. Mi madre me llamaba cada Navidad:
—Diego, hijo, Lucía sigue preguntando por ti. Los niños ya van al colegio…
Colgaba rápido. No podía soportar la culpa.
El tiempo pasó y mi vida se volvió una rutina sin sentido. Hasta que un día recibí una carta. Era de Lucía. Su letra seguía siendo firme:
“Diego, los niños preguntan por ti. No sé si mereces verlos, pero ellos merecen respuestas. Si te queda algo de valor, ven.”
No dormí esa noche. Al amanecer compré un billete de tren y regresé a Córdoba. El barrio seguía igual: las persianas medio bajadas, los vecinos cotilleando desde los balcones. Caminé hasta la casa donde una vez fui feliz y llamé al timbre con manos temblorosas.
Abrió la puerta una niña de ojos grandes y pelo rizado.
—¿Eres Diego? —preguntó con una mezcla de curiosidad y desconfianza.
Asentí. Detrás de ella aparecieron dos niños más, idénticos a ella. Sentí que el aire me faltaba.
Lucía apareció al fondo del pasillo. Había envejecido, pero seguía teniendo esa fuerza en la mirada.
—¿Qué haces aquí? —preguntó seca.
—He venido a pedir perdón —balbuceé—. Sé que no tengo derecho…
—Tienes razón —me interrumpió—. No tienes derecho. Pero ellos sí tienen derecho a saber quién eres.
Me senté en el salón mientras los niños me observaban como si fuera un extraño. Me preguntaron cosas sencillas: “¿Por qué te fuiste?”, “¿Dónde has estado?”, “¿Nos querías?”. Cada pregunta era una puñalada.
—Me fui porque tenía miedo —confesé—. No sabía cómo ser padre. Pero eso no es excusa.
Lucía me miró con lágrimas contenidas.
—Yo también tuve miedo, Diego. Pero no me fui.
El silencio se hizo pesado entre nosotros. Los niños jugaban con sus muñecos en la alfombra, ajenos al drama que nos ahogaba.
Esa noche dormí en el sofá. Escuché a Lucía llorar en su habitación y sentí que nunca podría reparar el daño hecho. Por la mañana preparé el desayuno para los niños: tostadas con tomate y aceite, como hacía mi madre cuando era pequeño.
Poco a poco, los niños empezaron a acercarse. Me preguntaron si sabía jugar al parchís y si podía ayudarles con los deberes de matemáticas. Me esforcé por estar presente, aunque sentía que caminaba sobre cristales rotos.
Una tarde, mientras paseábamos por la ribera del Guadalquivir, uno de los niños —Miguel— me tomó de la mano.
—¿Te vas a volver a ir?
Me detuve y lo miré a los ojos.
—No pienso volver a huir —le prometí—. Si vosotros me dejáis quedarme…
Lucía nos observaba desde unos metros atrás. Se acercó y me habló en voz baja:
—No sé si podré perdonarte algún día, Diego. Pero ellos te necesitan. Y yo… yo también necesito cerrar esta herida.
Las semanas pasaron y empecé a reconstruir mi vida junto a ellos. No fue fácil: los vecinos murmuraban al verme por el barrio; mi madre apenas podía mirarme sin llorar; Lucía mantenía la distancia, aunque a veces notaba que su mirada se suavizaba cuando jugaba con los niños.
Un domingo por la tarde, mientras preparábamos una tortilla de patatas juntos, Lucía se sentó a mi lado.
—¿Sabes cuál fue tu mayor error? —me preguntó sin mirarme— No fue irte… fue no confiar en que juntos podíamos con todo.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Crees que algún día podréis perdonarme?
Ella suspiró.
—El perdón no es un regalo, Diego. Es un camino largo… pero si quieres recorrerlo con nosotros, tendrás que demostrarlo cada día.
Ahora escribo estas líneas desde la misma casa donde una vez huí del miedo y la responsabilidad. Cada día intento ser mejor padre y mejor hombre para ellos. Sé que nunca podré borrar el pasado, pero quizá pueda construir algo nuevo sobre las ruinas de mis errores.
A veces me pregunto: ¿Cuántos padres hay como yo, escondidos tras su propio miedo? ¿Y cuántos hijos esperan respuestas que nunca llegan? ¿Merecemos todos una segunda oportunidad?