Papá, ¿de verdad esperas que te abra la puerta?
—¿Por qué ahora, papá? ¿Por qué después de tantos años? —le pregunté, con la voz temblorosa y la mirada fija en el suelo, mientras él, con su maleta vieja y su chaqueta raída, esperaba en el umbral de mi piso en Vallecas.
No hubo respuesta. Solo ese silencio incómodo que siempre llenó nuestra casa antes de que él se marchara. Tenía diez años cuando desapareció sin dejar rastro, llevándose consigo las risas de mamá y la poca estabilidad que nos quedaba. Crecí viendo a mi madre partirse la espalda limpiando casas ajenas, mientras yo aprendía a hacerme el desayuno y a fingir que no me dolía su ausencia.
Ahora, veinte años después, mi padre volvía. No para pedirme perdón, ni para saber si era feliz. Venía porque la vida —y la ley— le obligaban a buscar refugio en mí. “Según la Ley de Dependencia, tienes que acogerme”, me soltó sin rodeos, como si fuera una factura más que pagar.
—No puedes aparecer así, como si nada —le dije, conteniendo las lágrimas—. No sabes nada de mí. Ni siquiera sabes que mamá murió hace tres años.
Vi cómo sus ojos se humedecían por un instante. ¿Era culpa? ¿Remordimiento? ¿O solo miedo a quedarse solo?
—Lo siento, Lucía. Sé que no tengo derecho a pedirte nada… pero no tengo a dónde ir —susurró.
Me quedé helada. ¿Qué se supone que debía hacer? ¿Negarle un techo al hombre que me dio la vida? ¿O abrirle mi casa y revivir cada herida que su abandono dejó?
Esa noche no dormí. Escuchaba su tos desde el sofá del salón, donde decidió instalarse sin preguntar. Mi marido, Álvaro, me miraba con preocupación.
—No tienes por qué cargar con esto —me dijo en voz baja—. No le debes nada.
Pero yo sí sentía que le debía algo. O quizá era al revés: él me debía una infancia, una familia, una explicación. Y ahora, por culpa de una ley absurda y una sociedad que no entiende lo que es el dolor familiar, tenía que decidir entre mi paz y su supervivencia.
Los días siguientes fueron un desfile de recuerdos amargos. Cada vez que veía a mi padre en la cocina, removiendo el café como si buscara respuestas en el fondo de la taza, recordaba las noches en que esperaba su regreso sentada junto a la ventana. Cada vez que intentaba hablarme de fútbol o del tiempo, sentía ganas de gritarle todo lo que me había callado durante años.
Una tarde, mientras fregaba los platos, exploté:
—¿Por qué te fuiste? ¿Por qué nunca llamaste? ¿Sabes lo difícil que fue para mamá y para mí?
Él bajó la cabeza. Se le escapó una lágrima.
—Era un cobarde. Me sentía ahogado… No supe ser padre ni marido. Pensé que estaríais mejor sin mí.
—¡Pues te equivocaste! —grité—. Nos destrozaste.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros. Pero esta vez era diferente. Había dicho en voz alta lo que llevaba años guardando.
Las semanas pasaron y la convivencia se volvió insoportable. Mi padre apenas salía del salón; yo evitaba mirarle a los ojos; Álvaro empezaba a perder la paciencia.
Una noche, después de una discusión por una tontería —el mando de la tele—, mi padre se levantó y dijo:
—Me iré mañana. No quiero ser una carga.
Pero entonces vi algo en su rostro: miedo. Miedo real a quedarse solo en la calle. Y sentí lástima… pero también rabia por tener que sentir lástima.
Al día siguiente, mi hermana Marta vino a casa. Ella siempre fue más fría con papá; nunca le perdonó del todo.
—¿Y ahora qué hacemos? —me preguntó en la cocina—. Si se va, acabará en un albergue… O peor.
—No lo sé —le respondí—. No sé si puedo perdonarle… pero tampoco quiero cargar con esta culpa toda mi vida.
Marta suspiró y me abrazó. Por primera vez en mucho tiempo, lloramos juntas por todo lo perdido.
Esa noche, me senté junto a mi padre en el sofá. Él miraba una foto antigua de cuando éramos una familia.
—Papá… No sé si puedo perdonarte —le dije—. Pero tampoco quiero verte sufrir así. Podemos intentar convivir… pero tienes que entender que esto va a ser difícil para todos.
Él asintió en silencio y me cogió la mano con timidez. Por primera vez desde que volvió, sentí un atisbo de paz.
No sé si algún día podré perdonarle del todo. No sé si algún día dejaré de preguntarme cómo habría sido mi vida si él no se hubiera ido. Pero sí sé que las heridas familiares no se cierran con leyes ni obligaciones: solo con tiempo… y mucha valentía.
¿Vosotros habríais abierto la puerta? ¿Se puede perdonar todo cuando el pasado duele tanto?