¿Por qué la abuela ya no viene? Una historia sobre el silencio que duele
—¿Mamá, cuándo viene la abuela? —pregunta Sofía, mi hija pequeña, mientras se asoma por la ventana, como si esperara ver a su abuela Carmen aparecer en cualquier momento con su bolso de flores y una bolsa de magdalenas.
No sé qué responderle. Hace seis meses que Carmen no cruza nuestra puerta. Vive a tres calles, pero la distancia parece ahora un océano. Mi marido, Álvaro, finge leer el periódico, pero sé que escucha cada palabra. El silencio entre nosotros pesa tanto como el que hay entre Carmen y yo.
Recuerdo la última vez que vino. Fue en marzo, justo antes de Semana Santa. Habíamos discutido por una tontería: el menú del domingo. Yo quería hacer una paella vegetariana porque Sofía no come carne, pero Carmen insistía en su receta de siempre, con conejo y pollo. La conversación subió de tono, las palabras se volvieron cuchillos y, al final, Carmen se marchó dando un portazo. Pensé que al día siguiente todo volvería a la normalidad, como siempre. Pero no volvió.
—¿Por qué no viene la abuela? —insiste Sofía.
—Está ocupada, cariño —miento, sintiendo cómo la culpa me aprieta el pecho.
Álvaro me mira de reojo. Sé que me culpa, aunque nunca lo diga en voz alta. Él es hijo único y Carmen lo crió sola tras enviudar joven. Siempre han sido inseparables. Pero desde aquella discusión, ni siquiera él ha conseguido que su madre vuelva a casa.
Por las noches, cuando los niños duermen y la casa se llena de ese silencio espeso, me pregunto en qué momento se rompió todo. ¿Fue solo por una paella? ¿O había algo más acumulado bajo la superficie? Recuerdo las veces que Carmen me corregía delante de los niños: “Lucía, así no se plancha una camisa”, “Lucía, los niños necesitan más disciplina”. Yo tragaba saliva y sonreía, intentando mantener la paz. Pero dentro de mí crecía un resentimiento sordo.
Una tarde de mayo, decidí llamarla. El teléfono sonó largo rato antes de que contestara.
—¿Sí?
—Hola, Carmen… Soy yo, Lucía.
Silencio.
—¿Qué quieres?
—Solo quería saber cómo estás… Los niños te echan mucho de menos.
—Estoy bien. Dales recuerdos —dijo seca, y colgó.
Me quedé mirando el móvil con las manos temblorosas. Álvaro entró en la cocina y me vio llorar en silencio. Se acercó y me abrazó sin decir nada.
Los días pasaban y la ausencia de Carmen se hacía más grande. Los domingos eran especialmente duros. Antes venía siempre a comer; ahora la mesa parecía demasiado grande para nosotros cuatro. Sofía empezó a dibujar a su abuela en todos sus cuadernos: una señora sonriente con gafas y un vestido azul. Diego, mi hijo mayor, dejó de preguntar por ella; simplemente guardó silencio y se encerró más en sí mismo.
Un sábado por la mañana, mientras hacía la compra en el mercado de San Miguel, vi a Carmen al fondo del pasillo de frutas. Dudé si acercarme o no. Al final me armé de valor.
—Hola, Carmen.
Ella me miró con frialdad.
—Buenos días.
—¿Podemos hablar?
—No tengo nada que decirte —respondió sin mirarme a los ojos.
Sentí una punzada en el estómago. Quise decirle tantas cosas: que la echábamos de menos, que los niños preguntaban por ella cada día, que yo también necesitaba a mi familia cerca… Pero las palabras se me atragantaron.
Esa noche le conté a Álvaro lo que había pasado. Él suspiró y dijo:
—Mamá es muy orgullosa… Pero tú también podrías ceder un poco.
—¿Ceder en qué? ¿En dejarme pisotear siempre?
Discutimos hasta tarde. Al final me fui a dormir llorando, sintiendo que todo era culpa mía.
Pasaron las semanas. El verano llegó y con él las fiestas del barrio. Los niños insistieron en ir a ver los fuegos artificiales. Mientras caminábamos hacia la plaza Mayor, vi a Carmen sentada sola en un banco. Sofía corrió hacia ella antes de que pudiera detenerla.
—¡Abuela!
Carmen se levantó y abrazó a Sofía con fuerza. Por un instante vi lágrimas en sus ojos. Diego se quedó atrás, dudando.
Me acerqué despacio.
—Carmen…
Ella me miró fijamente.
—No quiero discutir más —dijo con voz temblorosa—. Solo quiero ver a mis nietos.
Sentí cómo se me aflojaban las piernas.
—Yo tampoco quiero discutir —susurré—. Solo quiero que volvamos a ser una familia.
Nos quedamos allí paradas unos segundos eternos, hasta que Sofía nos cogió de la mano a las dos.
—¿Vamos juntas a ver los fuegos? —preguntó con esa inocencia que solo tienen los niños.
Carmen asintió y caminamos juntas hacia la plaza. No hablamos mucho esa noche, pero sentí que algo se había roto… o quizá empezaba a curarse.
Ahora han pasado dos semanas desde aquel reencuentro. Carmen viene algunos días a casa; no todos, pero algunos. Todavía hay silencios incómodos y heridas abiertas, pero los niños vuelven a reír cuando ella está cerca.
A veces me pregunto si podré perdonar del todo o si ella podrá hacerlo conmigo. ¿Cuántas familias viven atrapadas en silencios como el nuestro? ¿Cuánto daño puede hacer el orgullo antes de que sea demasiado tarde?