¿Por qué siempre tengo que ser yo la que cede? – La historia de una joven madre en Madrid

—¿Otra vez llegas tarde, Lucía? —La voz de mi suegra, Carmen, retumbó en el pasillo del piso antiguo de Lavapiés. El llanto de Mateo, mi hijo de apenas tres meses, se mezclaba con el eco de sus palabras. Yo, con las manos temblorosas y el abrigo aún puesto, apenas podía responder.

—He tenido que esperar al pediatra, Carmen. No podía dejar a Mateo solo —susurré, intentando no romperme delante de ella.

—Siempre tienes una excusa. Si Juan estuviera aquí, esto no pasaría —me espetó, mirándome con ese gesto que mezcla lástima y desprecio.

Juan, mi pareja durante seis años, se había marchado dos semanas después de que naciera nuestro hijo. Una noche cualquiera, mientras yo amamantaba a Mateo en la penumbra del salón, me dijo que no podía más. Que no estaba preparado para ser padre. Que necesitaba tiempo. Y desapareció. Desde entonces, Carmen venía cada día a “ayudarme”, aunque en realidad parecía más interesada en juzgar cada uno de mis movimientos.

Recuerdo la primera vez que me sentí realmente sola. Fue una mañana lluviosa de noviembre. Miraba por la ventana mientras Mateo dormía en mis brazos y pensaba: “¿Cómo he llegado hasta aquí?” Había dejado mi trabajo como administrativa en una gestoría para cuidar a mi hijo, convencida de que Juan y yo formaríamos una familia feliz. Pero la realidad era otra: facturas acumulándose en la mesa del comedor, noches sin dormir y una soledad que me ahogaba.

Mi madre vivía en Albacete y no podía venir a Madrid tan a menudo como quisiera. Mi padre había fallecido hacía años. Mi única amiga de verdad era Marta, pero últimamente ni siquiera ella parecía entenderme.

—Lucía, tienes que salir más. No puedes dejar que esto te hunda —me decía Marta por teléfono mientras yo intentaba calmar a Mateo.

—No es tan fácil —le respondía—. No tengo fuerzas ni para ducharme algunos días.

—Pues búscalas. O acabarás perdiéndolo todo —sentenció ella antes de colgar.

Aquella frase me dolió más de lo que esperaba. ¿Perderlo todo? ¿Acaso no lo había perdido ya?

Las semanas pasaban y cada día era una batalla: con Carmen, con las facturas, conmigo misma. Una tarde, mientras intentaba dormir a Mateo, escuché a Carmen hablando por teléfono en la cocina:

—Esta chica no sabe ser madre. Si Juan no vuelve pronto, voy a tener que hacer algo —decía en voz baja.

Sentí una punzada de rabia y miedo. ¿Qué quería decir con “hacer algo”? ¿Podría quitarme a mi hijo? La ansiedad me atenazó el pecho y esa noche apenas pude dormir.

Al día siguiente, decidí ir al centro de salud mental del barrio. Me atendió una psicóloga llamada Beatriz. Le conté todo: el abandono de Juan, la presión de Carmen, la soledad, el miedo constante a equivocarme.

—Lucía, lo que sientes es normal. Pero necesitas apoyos reales. ¿Has pensado en pedir ayuda a los servicios sociales? —me preguntó con voz suave.

—No quiero que piensen que no puedo cuidar de mi hijo —le respondí entre lágrimas.

—Pedir ayuda no es un fracaso. Es un acto de valentía —me aseguró.

Salí de allí con una mezcla de alivio y vergüenza. ¿De verdad era tan débil?

Esa noche, mientras acunaba a Mateo y escuchaba el murmullo lejano del tráfico madrileño, recordé las palabras de mi madre: “Lucía, eres más fuerte de lo que crees”. Pero yo no me sentía fuerte. Me sentía invisible.

Un sábado por la tarde, Marta vino a casa con una bolsa llena de comida casera.

—He pensado que podríamos cenar juntas y ver una peli —dijo sonriendo forzadamente.

Durante la cena, le conté lo que había escuchado a Carmen.

—No puedes dejar que te pisotee así —me dijo Marta—. Tienes derechos como madre. Y si hace falta, yo te ayudo a buscar un abogado.

Por primera vez en meses sentí un atisbo de esperanza. Quizá no estaba tan sola como pensaba.

A los pocos días, Juan apareció por sorpresa. Llamó al timbre mientras yo daba el pecho a Mateo.

—Lucía… tenemos que hablar —dijo desde el umbral, con la mirada baja.

Le dejé pasar al salón. Carmen llegó poco después y la tensión se podía cortar con un cuchillo.

—He estado pensando mucho —empezó Juan—. Sé que te he fallado. Pero no sé si estoy preparado para volver…

Carmen intervino enseguida:

—Lo mejor sería que Mateo se quedara conmigo unos días. Así podréis aclararos los dos.

Sentí cómo la rabia me subía por dentro.

—¡Mateo es mi hijo! No pienso separarme de él —grité sin poder contenerme.

Juan me miró sorprendido; Carmen puso cara de mártir.

—No quiero discutir más —dije al borde del llanto—. Si no vais a ayudarme de verdad, prefiero estar sola.

Juan se marchó sin decir palabra. Carmen también se fue esa noche, murmurando algo sobre “madres irresponsables”.

Durante los días siguientes sentí miedo… pero también una extraña sensación de libertad. Empecé a ir al grupo de apoyo para madres solteras del centro social del barrio. Allí conocí a otras mujeres como yo: Ana, que había criado sola a dos hijos; Pilar, que luchaba contra la depresión; y Rosa, que había perdido su trabajo pero seguía adelante por su hija.

Poco a poco empecé a recuperar fuerzas. Volví a buscar trabajo desde casa y Marta venía cada semana para ayudarme con Mateo o simplemente escucharme llorar cuando lo necesitaba.

Un día recibí una carta certificada: Juan quería solicitar la custodia compartida. El miedo volvió con fuerza… pero esta vez no estaba sola. Marta me acompañó al abogado y juntas preparamos mi defensa.

El juicio fue duro: Carmen declaró en mi contra; Juan apenas me miraba a los ojos. Pero el juez escuchó mi historia y valoró mis esfuerzos por salir adelante sola.

Finalmente, el juez dictaminó que Mateo viviría conmigo y Juan tendría visitas supervisadas hasta demostrar su implicación real como padre.

Aquella noche lloré como nunca antes: por el miedo pasado, por la soledad… pero también por la esperanza recuperada.

Hoy Mateo tiene un año y sonríe cada vez que le canto nanas en el pequeño salón donde empezó todo este caos. Sigo teniendo miedo muchas veces… pero también sé que puedo con ello.

A veces me pregunto: ¿Por qué siempre somos las mujeres las que tenemos que ceder? ¿Hasta cuándo tendremos que demostrar nuestra valía como madres? ¿Alguien más se ha sentido así alguna vez?