¿Qué hago ahora? Mi hijo eligió el peor camino: La noche en que conocí a su futuro suegro borracho
—¡Mamá, por favor, compórtate!— me susurró Sergio mientras subíamos las escaleras del viejo edificio en Chamberí. Yo apretaba el ramo de flores con tanta fuerza que casi rompía los tallos. Mi hijo, mi pequeño, iba a casarse y hoy conocería por fin a la familia de Lucía, su prometida. Pero algo en mi pecho no me dejaba respirar tranquila.
La puerta se abrió antes de que pudiéramos llamar. Una mujer menuda, con el pelo recogido y una sonrisa nerviosa, nos recibió: —¡Bienvenidos! Soy Carmen, la madre de Lucía. Pasad, por favor.—
El piso olía a cocido y a colonia barata. Sergio me miró, buscando mi aprobación. Yo asentí, aunque por dentro sentía un nudo en el estómago. Caminamos hasta el salón, donde Lucía nos esperaba con los brazos abiertos. Pero lo que me heló la sangre fue ver al hombre sentado en el sillón, con la camisa desabrochada y una copa medio vacía en la mano.
—¡Hombre! ¡La madre del novio!— exclamó él, levantándose tambaleante. Sus ojos rojos y su voz pastosa no dejaban lugar a dudas: estaba borracho. Sergio se tensó a mi lado.
—Papá, por favor…— murmuró Lucía, avergonzada.
Intenté sonreír y le tendí la mano, pero él la ignoró y me abrazó con fuerza, empapándome con el olor a alcohol. —Aquí todos somos familia, ¿no?— gritó, riendo solo.
La cena fue un desastre. El padre de Lucía, Antonio, no paraba de interrumpir, contar chistes groseros y hablar de política como si estuviéramos en un bar de barrio. Carmen intentaba salvar la situación sirviendo más vino y cambiando de tema, pero era inútil. Sergio apenas probó bocado; Lucía tenía los ojos vidriosos.
En un momento dado, Antonio se levantó bruscamente y gritó: —¡Un brindis por los novios! ¡Que no cometan las mismas cagadas que sus padres!— Todos reímos nerviosos. Yo sentí una punzada en el pecho.
Cuando por fin salimos a la calle, Sergio caminaba en silencio. Yo no podía más:
—¿De verdad vas a casarte con Lucía? ¿Has visto en qué familia te vas a meter?—
Él se detuvo en seco.—Mamá, no es culpa de Lucía. Ella odia esa situación más que nadie.—
—Pero Sergio…—
—¡Basta!— gritó él, con lágrimas en los ojos.—Siempre has querido controlarlo todo. ¡Déjame vivir mi vida!—
Me quedé sola bajo la lluvia fina de Madrid, viendo cómo mi hijo se alejaba. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
Esa noche no dormí. Recordé todas las veces que intenté proteger a Sergio: cuando le defendí en el colegio, cuando le ayudé a elegir carrera, cuando le animé a dejar a su primera novia porque «no era para él». ¿Y si esta vez me estaba equivocando? ¿Y si mi miedo era solo eso: miedo?
Pasaron los días y Sergio apenas me hablaba. Carmen me llamó una tarde:
—María, siento mucho lo del otro día. Antonio está enfermo… lleva años luchando con el alcoholismo. Lucía lo pasa fatal.—
Sentí vergüenza por haber juzgado tan rápido. Pero también rabia: ¿cómo iba mi hijo a ser feliz en una familia así?
Un domingo cualquiera, Sergio vino a casa. Se sentó frente a mí y habló con voz temblorosa:
—Mamá, sé que tienes miedo. Yo también lo tengo. Pero amo a Lucía y quiero estar con ella. No puedo abandonarla por culpa de su padre.—
Le miré a los ojos y vi al niño que fui incapaz de soltar durante años. Quise abrazarle y decirle que todo iría bien… pero no podía mentirle.
—Sergio, solo quiero que seas feliz.—
Él sonrió débilmente.—Eso intento.—
La boda fue sencilla, en un pequeño ayuntamiento cerca del Retiro. Antonio llegó tarde y borracho; Carmen lloraba en silencio; Lucía temblaba de emoción y miedo. Yo sentí una mezcla de orgullo y terror al ver a mi hijo dar ese paso.
Hoy, meses después, sigo preguntándome si hice bien en no intervenir más. Lucía y Sergio luchan cada día contra las sombras del pasado de su familia política. A veces pienso que debí hacer más; otras veces creo que solo así aprenderán a ser fuertes juntos.
¿Hasta dónde debe llegar una madre para proteger a su hijo? ¿Dónde está el límite entre cuidar y controlar? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?