Sacrificamos Todo por Nuestras Hijas: ¿Merecemos Este Desprecio?
—¿Otra vez con lo mismo, mamá?— gritó Lucía desde el pasillo, mientras yo recogía los platos de la cena. Su voz, cargada de fastidio, me atravesó como un cuchillo. Me quedé quieta, con las manos temblorosas sobre la loza barata que tanto me costó comprar hace años.
No era la primera vez que discutíamos. Desde que mis hijas se hicieron adultas, cada conversación terminaba en reproches o silencios incómodos. Mi marido, Antonio, me miró desde la mesa, sus ojos cansados reflejando el mismo dolor que sentía yo. Habíamos sacrificado todo por ellas: turnos dobles en la fábrica de conservas, vacaciones inexistentes, ropa remendada una y otra vez. Todo para que Lucía y Carmen pudieran estudiar en el colegio concertado del barrio, donde iban los hijos de los médicos y abogados.
Recuerdo las noches en las que Antonio y yo contábamos las monedas para pagar los libros de texto. «No pasa nada, María», me decía él, «ya comeremos lentejas otra semana más». Y así fue durante años. Yo me sentía orgullosa cuando veía a mis hijas con sus uniformes limpios, aunque fueran heredados de otras familias. Nunca les faltó nada esencial, aunque para nosotras todo fuera renuncia.
Pero ahora, Lucía apenas nos habla. Carmen vive en Madrid desde hace dos años y solo llama cuando necesita algo. La última vez fue para pedirnos dinero para el alquiler. «Es que aquí todo es carísimo, mamá», me dijo con voz dulce pero distante. Le enviamos lo poco que teníamos ahorrado para arreglar el baño, y otra vez pospusimos nuestras necesidades.
A veces me pregunto si hicimos mal en darles tanto. Si les enseñamos a valorar el esfuerzo o solo a exigir más. El otro día, mientras limpiaba la cocina, escuché a Lucía hablando por teléfono con una amiga:
—Mis padres son unos pesados. Siempre están recordando lo que hicieron por nosotras. Como si no fuera su obligación.
Me dolió más que cualquier herida física. ¿Obligación? ¿Acaso no fue amor lo que nos movió? ¿No fue miedo a que ellas sufrieran lo que nosotros sufrimos de pequeños?
Antonio intenta consolarme: «Son jóvenes, no entienden todavía. Cuando tengan hijos lo verán». Pero yo no estoy tan segura. El mundo ha cambiado tanto…
Hace unas semanas, tuvimos una comida familiar por el cumpleaños de Antonio. Carmen vino desde Madrid con su novio, un chico muy simpático pero con aires de superioridad. La conversación giró en torno a política, viajes y series de Netflix. Yo apenas entendía de qué hablaban. Cuando intenté contar una anécdota del trabajo, Carmen me interrumpió:
—Mamá, eso ya no interesa a nadie. Ahora hay otras cosas más importantes.
Sentí que me borraban de su mundo con una sola frase. Antonio apretó mi mano bajo la mesa, pero yo ya tenía un nudo en la garganta.
Después de comer, recogí los platos mientras escuchaba las risas de mis hijas en el salón. Me asomé y vi cómo Carmen le enseñaba fotos de su piso a Lucía en el móvil. Hablaban de muebles nuevos, de viajes a Lisboa… Yo nunca he salido de Castilla-La Mancha.
Esa noche discutimos fuerte con Lucía. Le pedí que ayudara más en casa y que respetara nuestras normas mientras viviera aquí. Ella explotó:
—¡No tenéis ni idea de cómo es la vida ahora! Os creéis que porque trabajasteis mucho ya podéis decidir sobre todo.
Me encerré en mi habitación y lloré como hacía años no lloraba. Antonio entró después y me abrazó en silencio.
A veces pienso en mi madre, en cómo discutíamos cuando yo era joven porque quería ir a la universidad y ella decía que era perder el tiempo para una mujer. ¿Estoy repitiendo sus errores? ¿O es que ahora los hijos ya no sienten gratitud?
El otro día fui al supermercado y me encontré con Pilar, una vecina de toda la vida. Me contó que su hijo se fue a Alemania y apenas le escribe. «Nos hemos quedado solos, María», me dijo con tristeza. «Parece que criar hijos es criar pájaros para que vuelen lejos y se olviden del nido».
Esa frase me persigue desde entonces.
Hoy he preparado cocido para cenar, como hacía mi abuela los domingos. Lucía ha llegado tarde y ni siquiera ha probado bocado; se ha encerrado en su cuarto con el portátil. Antonio y yo hemos cenado en silencio.
A veces me pregunto si algún día mis hijas entenderán todo lo que hicimos por ellas. Si valorarán los sacrificios o si solo recordarán nuestras carencias y errores.
¿De verdad merecemos este desprecio después de haberlo dado todo? ¿O es simplemente el precio de querer demasiado?
¿Vosotros también sentís que vuestros hijos os han dado la espalda? ¿En qué momento se rompió el lazo entre padres e hijos?