Sombras de amor: Cómo rompí el favoritismo familiar en la boda de mi hermana Elena

—¿Por qué siempre tiene que ser Elena? —susurré, apretando los puños en el baño del restaurante, mientras el bullicio de la boda se colaba por debajo de la puerta. Mi reflejo en el espejo me devolvía una mirada cansada, los ojos hinchados de tanto contener lágrimas. Afuera, mi madre reía con los invitados, mi padrastro, Tomás, no dejaba de alabar a Elena, y yo… yo era solo la hermana de la novia, la que nadie recordaría mañana.

Desde que mamá se casó con Tomás, cuando yo tenía doce años, sentí que mi sitio en casa se desvanecía. Él nunca fue cruel, pero su cariño era selectivo. Elena, con su sonrisa fácil y su carácter dulce, se convirtió en la hija perfecta. Yo era la rebelde, la que discutía, la que no encajaba en sus planes de familia feliz. Y hoy, en su gran día, todo ese favoritismo se hacía más evidente que nunca.

—¡Lucía! ¿Estás ahí? —La voz de mi madre me sacó del trance—. ¿Puedes ayudarme con el velo de Elena? Se le ha enganchado.

Respiré hondo y salí. Elena estaba rodeada de amigas, todas perfectas en sus vestidos color lavanda. Cuando me vio, sonrió con esa mezcla de ternura y lástima que tanto odiaba.

—Gracias por venir, Lu —me dijo bajito—. Sé que estas cosas te agobian.

«Estas cosas». Como si el problema fuera mío y no de ellos. Le arreglé el velo en silencio, sintiendo las miradas de todos sobre mí.

Durante la ceremonia, Tomás pronunció un discurso que me atravesó como un cuchillo:

—Elena siempre ha sido la luz de esta familia. Su generosidad y alegría nos han unido a todos…

No mencionó mi nombre ni una sola vez. Ni siquiera una palabra para reconocerme. Sentí cómo la rabia me subía por la garganta. Miré a mamá; evitó mi mirada.

En el banquete, los invitados brindaban por los novios. Yo me refugié en una esquina con mi copa de vino. Mi prima Marta se acercó:

—¿Estás bien? Pareces triste.

—¿Tú también lo notas? —pregunté, con una risa amarga—. Aquí solo existe Elena.

Marta suspiró.

—No eres invisible, Lucía. Pero si no dices nada, nadie va a cambiar.

Sus palabras me dieron vueltas en la cabeza mientras veía a Tomás bailar con Elena bajo las luces cálidas del salón. Algo dentro de mí se rompió.

Me acerqué a mamá y Tomás cuando terminaron el baile.

—¿Puedo decir algo? —pregunté, temblando.

Tomás asintió, incómodo. Todos los ojos se volvieron hacia mí cuando tomé el micrófono.

—Hoy es un día muy especial para Elena —empecé—. Pero también para mí. Porque he pasado años sintiéndome fuera de esta familia. Siempre he admirado a mi hermana, pero también he sentido que nunca podría estar a su altura…

Vi a mamá morderse el labio; Tomás frunció el ceño.

—No busco reproches —continué—. Solo quiero decir que yo también formo parte de esta familia. Que tengo derecho a sentirme querida y vista. Que no quiero seguir siendo solo «la otra hija».

El silencio era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Elena se acercó y me abrazó fuerte.

—Lo siento, Lu —susurró—. Nunca quise que te sintieras así.

Tomás se aclaró la garganta.

—Lucía… No sabía que te sentías así. Quizá no he sabido demostrarte lo importante que eres para nosotros.

Las palabras no borraron años de dolor, pero al menos eran un comienzo. Mamá me tomó la mano y lloró conmigo.

Esa noche bailé con Elena como cuando éramos niñas, riéndonos hasta dolernos la tripa. Por primera vez en mucho tiempo sentí que tenía un lugar en mi propia familia.

Ahora me pregunto: ¿Cuántas veces callamos por miedo a romper la armonía? ¿Cuántos Lucías hay en cada familia española esperando ser vistos? ¿Y tú… te has sentido alguna vez invisible entre los tuyos?